La inteligencia artificial ya no es una promesa del futuro ni un concepto reservado a expertos en tecnología. Es una realidad cotidiana que convive con millones de personas sin que estas lo adviertan. Melina Masnatta, educadora, investigadora y emprendedora social, lleva casi dos décadas trabajando en la intersección entre tecnología y educación, y tiene mucho para decir al respecto.
Fundadora de Impacto Educativo, Masnatta recorre escuelas desarrollando programas que exploran el vínculo entre aprendizaje y cultura digital. En este artículo te contaremos cuál es la visión de la profesional sobre el uso y el abuso de la IA en ámbitos escolares.
La inteligencia artificial que ya usamos sin saberlo

Uno de los puntos más contundentes que plantea Masnatta es que la discusión sobre la inteligencia artificial en el aula parte de una premisa equivocada. La gente no se da cuenta de que ya está usando inteligencia artificial todos los días», señala. Cuando visita instituciones que aseguran no utilizar estas herramientas, su respuesta es directa: «¿Tenés WhatsApp? Abrilo. Ya la estás usando».
Este desconocimiento no es menor. Para la especialista, comprender que detrás de cada plataforma digital existe una corporación con intereses concretos es el primer paso hacia un uso más consciente y crítico de la tecnología. No se trata de rechazarla ni de adoptarla sin cuestionamientos, sino de entender qué hay detrás de cada decisión algorítmica. «Con que te vayas a leer los términos y condiciones, le ganás al 80% de las personas que hay en el ecosistema», afirma.
La inteligencia artificial, en ese sentido, funciona como un espejo que amplifica tanto las fortalezas como las deudas históricas del sistema educativo. La inteligencia emocional, el pensamiento crítico y la construcción colectiva del conocimiento son dimensiones que siempre estuvieron pendientes y que hoy, con la irrupción de estas herramientas, se vuelven urgentes.
Delegar en la tecnología procesos cognitivos que deberían construirse desde la incomodidad y el debate genuino es, para Masnatta, uno de los riesgos más silenciosos del presente.
El aula como espacio irreemplazable en la era digital
Lejos de alentar un tecnopesimismo paralizante, Masnatta defiende el valor del encuentro presencial con una firmeza que sorprende en alguien tan inmersa en el mundo digital. «El espacio y tiempo educativo sirven un montón», insiste. Lo que se rompió, según ella, no es la escuela en sí misma sino el contrato social que la sostenía: esa certeza compartida de para qué sirve estar en un aula.
La inteligencia artificial puede ser una aliada poderosa si se le asigna un propósito educativo claro. Masnatta lo comprobó en su propia práctica docente cuando diseñó experiencias gamificadas para sus estudiantes usando herramientas de programación accesibles. El resultado no fue solo mayor atención, sino datos concretos sobre los distintos ritmos de aprendizaje de cada persona, información que le permitió diseñar clases verdaderamente personalizadas.
Sin embargo, advierte sobre la trampa de la personalización algorítmica que ofrecen muchas plataformas comerciales. «Te meten lo adictivo como si fuera el TikTok pero para aprender matemática, y eso no es así», dice. Aprender implica atravesar la frustración, encontrar la propia voz, construir identidad. Procesos que la inteligencia artificial puede acompañar, pero jamás reemplazar.
El desafío, entonces, no es tecnológico sino profundamente cultural. Implica que docentes, familias y comunidades asuman un rol activo frente a herramientas que ya están instaladas en la vida cotidiana. Implica también, según Masnatta, recuperar algo que los algoritmos no pueden fabricar: el vínculo humano, la pregunta genuina, el encuentro. Eso que una maestra de tercer grado le regaló a ella cuando le dijo, ante un librito sobre cómo cambiar el planeta, simplemente: «Bueno, hacé algo con esto».





