Hay cifras que no se quedan en el papel. Se sienten. Como ese momento en el que estás en la gasolinera, miras el surtidor y piensas: “¿pero esto no estaba más barato hace nada?”. No sabes exactamente cuánto ha subido… pero lo notas. Y eso es, en esencia, lo que ha pasado este marzo con la inflación en España.
El IPC ha subido hasta el 3,4%. Dicho así, puede sonar a dato frío. Pero si lo miras de cerca, son 1,1 puntos más que en febrero… y eso ya empieza a pesar. ¿El motivo principal? Energía y carburantes. Detrás, un escenario internacional revuelto que, como casi siempre, termina colándose en la vida diaria sin pedir permiso.
El golpe silencioso del transporte y la energía

Aquí no hay demasiadas sorpresas: el transporte ha sido el gran protagonista. Por sí solo ha explicado buena parte de la subida, con 0,787 puntos del total. Y dentro de ese grupo, los combustibles han ido claramente al alza.
El dato que más llama la atención es el del gasóleo. Venía bajando… y de repente sube un 17,9% en marzo. La gasolina también se encarece, aunque más suavemente, un 4,8%. En conjunto, hablamos de un aumento del 8,6% interanual. Traducido: llenar el depósito cuesta más.
La energía tampoco se queda atrás. La electricidad sube un 4,3%, mientras que el gas natural da un pequeño respiro con una bajada del 5,8%. Pero claro, el equilibrio no siempre compensa. El resultado es que el hogar también siente el impacto, con el grupo de vivienda aportando parte de esa subida general. Lo que pasa fuera en mercados, conflictos, decisiones globales…acaba entrando en casa casi sin llamar.
La cesta de la compra: un pequeño rompecabezas
Si bajamos al súper, la cosa cambia… pero no del todo. Hay una ligera calma, sí. La inflación en alimentos se sitúa en el 2,7%, algo menos que en febrero. Pero ojo, porque aquí hay matices. Y muchos.
Por ejemplo, los huevos. Suben un 21,2%. La carne de vacuno, un 13,7%. Son cifras que, sinceramente, no pasan desapercibidas. Y no es casualidad: coinciden con el primer mes del conflicto en Irán, que ha tensionado ciertos mercados.
Ahora bien, no todo sube. Frutas, hortalizas y otras carnes han aflojado el ritmo. Incluso hay básicos como la pasta, los cereales o las legumbres que han bajado en comparación con el año pasado. Es como hacer la compra con una balanza invisible: unas cosas pesan más, otras menos… y nunca sabes muy bien en qué lado va a caer.
Lo que no se ve… también cuenta

Luego está esa otra inflación, la que llaman “subyacente”. La que no incluye energía ni alimentos frescos. Esa que muchos economistas miran casi como si fuera un termómetro de fondo. En marzo ha subido hasta el 2,9%, un poco más que el mes anterior.
Y también están esos factores más cotidianos, casi invisibles. El cambio de temporada, por ejemplo. Empieza a llegar el buen tiempo, se renueva el armario, salimos más… y los precios de ropa, restaurantes y hoteles suben. En términos mensuales, el IPC ha crecido un 1,2%. No es solo la gasolina, vaya.
Además, no todas las regiones lo viven igual. Madrid lidera con un 4,1%, seguida de Galicia con un 3,8%. En cambio, Ceuta y Melilla se quedan por debajo del 3%. Diferencias pequeñas sobre el papel… pero que, en el día a día, se notan.
Una realidad que se siente

Desde el Ministerio de Economía insisten en que las medidas fiscales están ayudando a contener el golpe. También destacan el papel de las energías renovables como escudo frente a estos vaivenes internacionales. Y es verdad, en parte amortigua… pero no lo elimina.
Porque al final, y aquí es donde todo cobra sentido, la inflación no es solo un número en una tabla. Es esa sensación de que todo cuesta un poco más. Ese café que sube unos céntimos. Ese ticket del súper que ya no baja como antes.
Y aunque hay muchas cosas que no controlamos, entender lo que hay detrás ayuda. Aunque sea un poco. Porque cuando sabes de dónde viene el golpe, al menos sabes cómo mirarlo. Y eso, en tiempos como estos, ya es algo.





