Benjamin Netanyahu ya no es un activo electoral para nadie. Esa es la tesis que Paco Arnau defiende en su última intervención en Negocios TV, a una semana de las elecciones de medio mandato en Estados Unidos y con el frente israelí todavía candente. El analista sostiene que Donald Trump mantiene un apoyo deliberadamente tibio al primer ministro israelí porque identificarse con él no da votos: los quita.
Un apoyo tibio que se explica en las urnas
En la entrevista, Arnau descarta que la frialdad de Washington sea una cuestión de convicción personal. La explica por aritmética electoral: el presidente necesita conservar a los republicanos que rechazan la guerra con Irán y, al mismo tiempo, evitar que ese conflicto reactive al votante demócrata. Cada gesto hacia Netanyahu se mide, por tanto, con el censo en la mano y no con el mapa de Oriente Medio.
El analisis del programa va más allá del caso concreto. Según Arnau, lo que se dirime en estos comicios no es solo quién controla la Cámara de Representantes o el Senado, sino cuánto pesa en campaña una guerra que la mayoría de la sociedad estadounidense nunca quiso. Ese desgaste, afirma, se traslada directamente a las papeletas y castiga a quien aparezca asociado con ella.
El lobby proisraelí, el poder que no pasa por las urnas
Arnau sitúa el mando real en otro lugar. Describe un lobby proisraelí de carácter bipartidista, con capacidad para financiar campañas de representantes y senadores en las dos formaciones, que habría dejado de ser un coto exclusivo del voto judío tradicionalmente demócrata para operar con comodidad en todo el arco parlamentario. Ese entramado, dice, acaba decidiendo la política estadounidense hacia Israel y forma parte de lo que llama el poder duro del país, el económico y el legislativo.
Como prueba señala la guerra con Irán. Sostiene que el gobierno israelí arrastró a Washington a un conflicto que no interesaba a la economía estadounidense, que ha resultado ruinoso también para Europa y para el conjunto de Occidente, y que no ha logrado ninguno de sus objetivos. Para el analista, ese episodio es una muestra más de hasta dónde llega la influencia del lobby en el Capitolio y en amplios sectores económicos.
De ahí su conclusión sobre el cartel electoral: el respaldo a las políticas de Netanyahu en la región ha desembocado en una crisis energética mundial, un balance que, en su opinión, no suma votos en ningún distrito y sí resta en los estados indecisos, donde cada punto de inflación se convierte en un argumento de campaña.
‘A nadie le interesa identificarse con Netanyahu. Ha sido un desastre para Estados Unidos: una crisis energética mundial y eso no da votos, los quita.’
— Paco Arnau, en Negocios TV
Irán, la guerra que Trump prometió cerrar
El analista recuerda que Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo terminar guerras y firmar acuerdos, y que ese discurso le granjeó apoyos decisivos frente a los demócratas. Ahora, argumenta, ofrece lo contrario: no ha cerrado el conflicto ucraniano y ha agudizado el iraní. El resultado es que buena parte del electorado que lo votó por su promesa pacifista se siente defraudado.
Sobre el peso de la opinión pública, Arnau se muestra escéptico. Recuerda que en 2003 cerca de medio millón de personas marchó en Washington contra la invasión de Irak y que la invasión se produjo igualmente, y que el rechazo social a Vietnam no detuvo ni la guerra ni el reclutamiento. La movilización, sostiene, no ha torcido por sí sola una decisión de política exterior en Estados Unidos.
El petróleo, el canal por el que la guerra llega al bolsillo
El vínculo entre el frente israelí y el precio del crudo es, en el análisis de Arnau, la parte que toca más rápido al ciudadano común. Un conflicto abierto en la región encarece la energía, y ese encarecimiento se transforma en inflación y en malestar electoral. Por eso insiste en que la factura de la guerra no se paga solo en los presupuestos de Defensa.
El compromiso de asistencia militar estadounidense con Israel, que el propio invitado cifra en torno a 4.000 millones de dólares anuales, se ha visto acompañado de partidas extraordinarias desde octubre de 2023. Ese flujo de dinero es el reverso de otra tesis habitual: quien fabrica el armamento, firma los contratos, aprueba los presupuestos y ejerce el veto en Naciones Unidas es Washington, no Tel Aviv.
El matiz incómodo: Washington no es una víctima
En ese punto, otra de las voces del programa introduce una objeción que Arnau no discute. Se observa a menudo la relación entre ambos países como si fueran dos proyectos independientes y como si Estados Unidos fuera una potencia inocente secuestrada por intereses ajenos. El reparo es histórico: el país se construyó mediante expansión territorial, desplazamiento de poblaciones indígenas y uso sistemático de la violencia, de modo que la lógica colonial que se reprocha a Israel resulta extraordinariamente familiar en su propia tradición.
La consecuencia de ese razonamiento es que culpar solo al lobby también resulta cómodo para Washington, porque le permite presentarse como víctima de una influencia externa mientras conserva la iniciativa. Esa es, quizá, la parte más incómoda de todo el análisis: el problema no sería una potencia capturada, sino un complejo militar-financiero que comparte lógica, intereses y relato con su principal aliado regional.
Lo que el votante debe mirar más allá del titular
La lectura que se desprende del programa es que el resultado de las legislativas de noviembre cambiará poco la política exterior estadounidense. Arnau lo dice sin rodeos: ni demócratas ni republicanos van a alterar el rumbo, porque el poder efectivo está repartido entre el Pentágono, el FBI, el aparato federal y los lobbies que bloquean o impulsan leyes en el Capitolio. Si Trump pierde las mayorías, será un obstáculo, no un giro.
Para el lector eso significa dos cosas. La primera es que las elecciones israelíes y las estadounidenses se leen cada vez más como un mismo tablero: Netanyahu funciona como variable electoral en ambos países y la participación se mueve según cuánto pese su figura en la papeleta. La segunda es que el petróleo seguirá siendo el termómetro más fiable del conflicto, por encima de los discursos de campaña y de las fotos oficiales.
Queda una pregunta abierta. Si identificarse con Netanyahu no da votos y el entramado que lo sostiene no responde ante las urnas, ¿qué tendría que ocurrir para que la política estadounidense hacia Israel cambiara de rumbo? El análisis lo deja caer, pero no lo responde.
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