Bajas voluntarias Microsoft para 60.000 empleados: el despido encubierto que impulsa la IA

Microsoft ofrece salida voluntaria a 60.000 empleados en cuatro países dos días antes de presentar resultados. Marc Vidal sostiene que la fórmula evita los trámites del despido colectivo y que el daño real lo sufre quien ya no consigue entrar en el sector.

El 26 de octubre, un correo de la dirección de personal de Microsoft aterrizó en 60.000 buzones repartidos por cuatro países. No anunciaba un despido: ofrecía una puerta de salida. En su último análisis, Marc Vidal sostiene que esa amabilidad tiene truco, y que las bajas voluntarias Microsoft funcionan en la práctica como la versión barata de un despido colectivo.

La oferta alcanza a empleados de Estados Unidos, Canadá, India y Reino Unido. Con 223.000 trabajadores al cierre de junio, la compañía estaría tocando a algo más de una cuarta parte de su plantilla mundial. Quien acepte cobra la indemnización estándar y se marcha. Y en el mismo mes, la empresa seguía contratando a quien levanta naves llenas de servidores y seguía comprometiendo cifras de doce dígitos en construirlas. Las dos cosas a la vez, en la misma compañía, en la misma hoja de resultados.

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Vidal recuerda que no es la primera vez este año. En abril se ofreció algo parecido a quienes estaban en edad de jubilarse, unos 8.150 empleados, y lo aceptó más de un tercio. En julio llegaron los despidos forzosos, esos que no se eligen. La nueva invitación se envió dos días antes de la presentación de resultados trimestrales, un detalle que el presentador subraya porque no le parece casual.

Un correo amable que evita la palabra despido

El argumento económico que despliega es el de la selección adversa. Cuando la empresa deja elegir, se marcha quien tiene dónde ir, y se queda sentado quien no encontraría trabajo mañana. Por eso las compañías suelen preferir señalar ellas con el dedo a quien tiene que irse. Si Microsoft escoge la vía voluntaria es, según su lectura, por otra razón: una salida voluntaria no activa los procedimientos de un despido colectivo, con sus avisos previos y sus negociaciones. El coste se concentra en un trimestre, se presenta como cargo extraordinario y el mercado lo lee como disciplina. Y no hay imágenes de gente saliendo con una caja de cartón, porque técnicamente se van ellos.

Del sueldo al centro de datos

El análisis se detiene en qué se protege y qué se suelta. Quedan fuera los equipos de centros de datos, los de seguridad y buena parte de la fuerza comercial y de marketing. Dentro están Xbox, Windows, Copilot y finanzas. La lectura de Vidal es que se blinda la infraestructura física y se suelta la capa de oficina, la que organiza, reporta y documenta. Esa capa se va porque su producto, la información ordenada, ha dejado de ser un bien escaso.

Las cifras que acompañan al movimiento están en la contabilidad. La directora financiera cifró en la llamada de julio la inversión prevista en infraestructura de inteligencia artificial para 2026: 175.000 millones de dólares. Y en el segundo trimestre el flujo de caja libre cayó un 23% interanual, hasta 19.600 millones.

No se está sustituyendo a un trabajador por una máquina: se está cambiando un tipo de coste por otro, gasto corriente en nóminas por inversión en capital.

— Marc Vidal

Gasto corriente frente a activo amortizable

Ahí está, para el presentador, el intercambio real. Una nómina se repite cada mes y hay que justificarla cada trimestre; un centro de datos se compra una vez, se amortiza durante años y se enseña en el balance. La consecuencia desborda a una sola empresa: el dinero de las nóminas paga seguridad social y sostiene el consumo de un barrio concreto, mientras que el centro de datos devuelve el retorno a quien puso el capital y, una vez construido, emplea a muy poca gente por cada euro invertido.

Y no va de una única compañía. Amazon eliminó 16.000 puestos corporativos en enero y, sumando rondas anteriores, acumula alrededor de 30.000, mientras mantiene la contratación en almacén y en la nube. Vidal concede que existe una explicación más simple —sobrecontratación en la pandemia y corrección posterior con etiqueta de IA para vender mejor— y admite que esa lectura tiene parte de razón. No hay pruebas, dice, de que una máquina haya ocupado esos puestos. Pero las dos cosas pueden ser ciertas a la vez y el resultado para quien abre el correo no cambia.

El primer peldaño que se cerró en el software

El tramo más incómodo del vídeo es el que mira a 2021. Entonces había gente dejando la hostelería para meterse en un bootcamp de programación de unos meses y las empresas se peleaban por perfiles junior. Cinco años después, el mapa es otro. Según el analisis de Indeed Hiring Lab de julio, en el primer trimestre solo el 4,5% de las ofertas de desarrollo de software en Estados Unidos eran de nivel de entrada, la proporción más baja de todos los sectores que esa casa mide, mientras el 69,3% correspondía a puestos senior. Las ofertas de software subieron casi un 15% desde finales de febrero de 2025, con el conjunto del mercado cayendo un 7%, pero el 71% de esa subida fue a parar a perfiles con experiencia.

Abajo el aire está aún más raro. La Reserva Federal de Nueva York sitúa el paro de los recién titulados en informática en el 7%, frente al 4,2% del conjunto de graduados. El Stanford Digital Economy Lab calcula que el empleo de los jóvenes de 22 a 25 años en las ocupaciones más expuestas a la IA está un 19% por debajo de donde estaría al ritmo de sus compañeros en ocupaciones menos expuestas. Los trabajadores con experiencia no tienen esa brecha: la profesión crece, pero crece por arriba.

La aritmética del junior lo explica. Un recién salido cuesta dinero durante año y medio antes de devolver valor: alguien senior tiene que revisarle el código y rehacer lo que entrega mal. Antes, ese tramo era la formación que la empresa aceptaba porque no había otra forma de fabricar el senior que necesitaría después. Ahora la máquina cubre ese tramo a coste marginal casi cero, y cuando el consejo mide en trimestres mientras formar a alguien se mide en años, la decisión es automática. El resultado lo resume el presentador con una idea incómoda: no se ha ahorrado un sueldo, se ha cerrado la fábrica de seniors.

El refugio de los oficios y su trampa

Mientras la puerta del software se estrecha, en España el Observatorio de las Ocupaciones del SEPE coloca a albañiles, electricistas, fontaneros, soldadores y mecánicos entre las ocupaciones con más dificultades para cubrir vacantes. Vidal lo enlaza con Michael Polanyi y su idea de conocimiento táctico: sabemos más de lo que podemos contar, y reconocer por el ruido que una caldera va a dar problemas no cabe en ningún procedimiento. Lo que cabe en un manual es automatizable; el resto, de momento, no. Ese ‘de momento’ es importante, avisa, porque el conocimiento tácito solo es caro de replicar mientras nadie encuentre la forma de replicarlo.

Y señala una trampa de la que casi nadie avisa: si media generación de universitarios desplazados decide reciclarse hacia los oficios, la escasez que hoy sostiene esos sueldos se corregirá sola, y con ella la ventaja. El refugio funciona mientras sea refugio de unos pocos.

Quién paga las pensiones si el sueldo deja de ser el canal

Aquí el vídeo abandona la empresa y entra en el país. El acuerdo del último siglo se sostiene sobre una idea simple: el salario es el canal por el que se reparte la ganancia de la tecnología y, a la vez, la base sobre la que se financia el Estado. Un euro de nómina genera cotización e IRPF el mes en que se paga y en el país donde está el trabajador. Un euro de centro de datos genera algo parecido solo mientras hay obra, y buena parte se marcha fuera en chips y equipos. Cuando el edificio ya está en pie, lo que llega a la caja pública llega tarde y por otra puerta. Si ese canal se estrecha, falta base imponible justo cuando más gasto social hay que pagar con una pirámide demográfica que se ha dado la vuelta.

Vidal repasa las alternativas y no salva ninguna: el impuesto a los robots se debatió en el Parlamento Europeo en 2017 y se descartó; la renta básica lleva una década en el debate sin pasar de ahí; la reducción de jornada reparte el trabajo que queda pero no toca la base fiscal. Mientras tanto, el reglamento europeo de inteligencia artificial de 2024 regula con detalle lo que puede hacer la máquina y casi nada sobre quién paga la factura de a quién desplaza.

El riesgo troceado y entregado a cada uno

La pieza central, a su juicio, es otra. Una decisión que siempre había sido de la empresa, con sus contrapartidas y sus procedimientos, se convierte en una decisión del propio trabajador. Es el mismo movimiento del falso autónomo, de la flexibilidad o del reparto: un riesgo colectivo troceado y entregado a cada uno para que lo gestione solo, en su cocina. Ese es el contrato social que se está escribiendo, no el que se negocia en ningún sitio. Y conviene decirlo con la honestidad de quien reconoce el matiz: cada transición tecnológica anterior terminó creando más empleo del que destruyó, pero esas transiciones tardan una generación en completarse y la factura no se reparte mientras tanto. La paga siempre una cohorte concreta, con nombre y apellidos, que no llegó al otro lado.

Para el lector de este medio, la implicación práctica es menos épica de lo que suena y más urgente. El criterio editorial que propone el vídeo sirve como brújula individual: si el valor que aportas consiste en saber cosas que ya están documentadas, ese valor acaba de caer de precio. Lo que el mercado paga ahora es criterio, y el criterio se construye equivocándose cien veces en tareas pequeñas y supervisadas. Al eliminar esas tareas porque las hace un algoritmo, no se ha ahorrado un sueldo, se ha cortado la cadena de transmisión. De ahí que el propio Vidal subraye la habilidad que no aparece en ningún convenio: encargar bien, acotar el problema, verificar el resultado y firmar lo que sale. Lo difícil es verificar, porque hace falta criterio para detectar el error en un texto escrito con una seguridad que no se corresponde con su fiabilidad. La firma sigue siendo tuya, y eso es justo lo que la máquina no puede hacer.

El cierre del análisis apunta a un cálculo corto de miras. Dentro de cinco o seis años, las compañías que hoy ahorran cerrando la entrada pagarán carísimo un perfil senior que nadie ha fabricado. Y la pregunta que deja flotando funciona como test personal: ¿se puede escribir el manual completo de tu puesto de trabajo? Si la respuesta es sí, ese manual ya está en algún sitio y alguien lo ejecuta por menos dinero.

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Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Marc Vidal en YouTube.


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