Israel abrió los colegios el martes 27 de octubre y, según los datos que se comentaban en directo, la participación electoral apuntaba a alta. Nadie en la mesa de Negocios TV tenía el padrón a mano para saber a qué bloque le conviene una mayor afluencia a las urnas. La conversación se fue rápido a otra pregunta: si Benjamín Netanyahu sigue siendo el único capaz de sostener una cúpula de hierro que, de tanto golpearla, empieza a mostrar grietas.
El espacio de geopolítica del canal reunió al analista internacional Paco Arnau y a Renan Vega, especialista en relaciones internacionales. Los dos partieron de una coincidencia incómoda: lo que se dirime en estos comicios no es tanto un giro de política como la permanencia del mismo rumbo.
Qué se juega Netanyahu con el recuento abierto
Arnau fue directo al interés personal del primer ministro. Mantener el poder no es solo conservar el cargo, sino también frenar el calendario judicial: las causas por corrupción que arrastra quedan, en su lectura, en suspenso mientras siga al frente del gobierno. A eso se suma la continuidad de una política exterior de mano dura hacia el pueblo palestino y hacia vecinos como Líbano.
Su escepticismo sobre las elecciones israelíes va más allá de los papeles del despacho. Sostiene que la sociedad israelí ha sido moldeada por décadas de adoctrinamiento y que la distancia entre los partidos con capacidad de gobernar es menor de la que sugiere la campaña. Como prueba, cita sondeos realizados durante la guerra en Gaza que situaban el apoyo a la política del gobierno en torno al ochenta por ciento de la población, con la salvedad de las formaciones que representan a la minoría árabe. Advirtió además de un detalle que puede decidir la formación de la coalición de gobierno: si los bloques no suman por sí solos, el socio disponible es la ultraderecha religiosa.
Conviene subrayar que estas son sus tesis, expuestas como opinión en el programa y no como dato verificado. Arnau no ocultó su pesimismo e incluso defendió que una solución al conflicto pasaría por la disolución del Estado de Israel, una afirmación que pertenece a su análisis y que no equivale a un pronóstico compartido por la mesa.
El 7 de octubre como arma electoral
Vega desplazó el foco a la seguridad. Recordó que Netanyahu acumula unos diecinueve años en el poder y que su campaña intenta algo llamativo: presentarse como la solución a una crisis de seguridad ocurrida bajo su propio mandato. El ataque del 7 de octubre de 2023 fue, dijo, el mayor fracaso de la inteligencia israelí en su historia contemporánea, y desde entonces tres años de operaciones en Gaza, Líbano y enfrentamientos con Irán no han arrojado los objetivos que se habían fijado al inicio.
De ahí su tesis central: en política, cuanto mayor es la amenaza, mayor es la necesidad del dirigente que promete combatirla. La guerra deja de ser únicamente una herramienta exterior y pasa a ser un activo interno, un instrumento de supervivencia política. Y eso reordena todo lo demás, incluido el vínculo con Washington.
‘La guerra deja de ser solamente un instrumento de política exterior y se convierte también en un instrumento de supervivencia política’.
— Renan Vega, experto en relaciones internacionales, en Negocios TV
El coste fiscal de una guerra sin victorias
El punto económico apenas aparece en la campaña y, sin embargo, condiciona el resultado. Vega citó una estimación del Banco de Israel: la contienda iniciada en octubre de 2023 podría tener un coste fiscal de entre 300.000 y 350.000 millones de séqueles, sin contar los desembolsos posteriores de la campaña contra Irán. La deuda pública ronda el 60% del producto interior bruto.
La paradoja que describió es precisa: un país puede conservar una enorme capacidad militar y, al mismo tiempo, ver erosionarse su autonomía económica. Financiar operaciones, reservistas movilizados e infraestructura crítica exige mantener la confianza de los acreedores, y esa confianza no se sostiene indefinidamente con un frente abierto.
Trump, Irán y dos calendarios electorales
Netanyahu ha convertido su relación personal con Donald Trump en uno de sus principales argumentos de campaña, hasta el punto de sugerir que habría margen para nuevas operaciones contra Irán si continúa gobernando. Pero el calendario se cruza: Trump se enfrenta a elecciones legislativas el 3 de noviembre y su administración ha descartado nuevos ataques antes de esa fecha. Dos citas con las urnas, dos dirigentes con intereses propios y una guerra con ramificaciones económicas que ya afectan a toda la región.
Eisenkot, el rival que viste el mismo uniforme
Los sondeos dibujan un empate técnico con el ex jefe del ejército Gadi Eisenkot, quién en algunas encuestas aparece incluso por delante. Arnau lo compara con Ariel Sharon: otro militar convertido en político, síntoma de un sistema que se militariza a través de la guerra permanente. Su conclusión es que un cambio de inquilino no alteraría la esencia de la política israelí, porque el factor definitorio sigue siendo el respaldo económico y militar de Estados Unidos y sus socios europeos. Mencionó, como ejemplo de las contradicciones occidentales, los contratos de armamento que España mantiene con Israel mientras su gobierno critica la ofensiva.
Vega matizó el escenario. Con un dirigente formado en el ejército, lo probable no es un giro estratégico sino un cambio de táctica: menos presión directa sobre gobiernos y más activación de milicias en Irak, Irán o Líbano. También puso en duda que Netanyahu merezca toda la autoría intelectual de la oleada de guerras en la región, una atribución que, a su juicio, se le concede con demasiada generosidad.
Una región que ya no se parece a la de 2023
El riesgo geopolítico no se mide solo en frentes abiertos. Arabia Saudí, Turquía y otras potencias regionales han desarrollado capacidades financieras, industriales y de seguridad que hace tres años eran mucho menores. La hipótesis de Vega es que el principal problema estratégico de Israel puede acabar siendo su dificultad para adaptarse a un entorno donde el poder económico pesa tanto como el militar. Ganar unas elecciones, ganar una guerra y construir un orden político sostenible son, recordó, tres cosas distintas.
Para el lector esto tiene una traducción concreta. La campaña israelí se libra sobre una cúpula de hierro agrietada: un escudo militar intacto en apariencia, una economía que pierde margen y una coalición que, para sumar, depende de sus socios más extremos. Si el resultado es un empate, la formación de gobierno no resolverá la parálisis, solo la aplazará. Y cada mes de interinidad encarece la factura de una guerra que nadie sabe cómo cerrar.
La pregunta que queda flotando no es quién ganará el recuento, sino cuánto tiempo más puede sostenerse un modelo que convierte la amenaza en capital electoral. Mientras llega la respuesta, la región sigue moviéndose y el margen de maniobra se estrecha.
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