El patrimonio de los planes de pensiones cerró septiembre en 144.492 millones, un 4,7% más.
La cifra, difundida esta semana con el cierre del tercer trimestre, deja una foto incómoda: más patrimonio y menos ahorro nuevo. El sector acumula un volumen que no veía desde hace años mientras las aportaciones netas siguen por debajo de los niveles previos a 2022. El patrimonio sube; el ahorro privado, no.
Con 144.492 millones de euros bajo gestión, el conjunto de planes individuales y de empleo se sitúa en máximos de la serie reciente. La estadística oficial la lleva la Dirección General de Seguros y Fondos de Pensiones, que publica cada trimestre el detalle por tipo de plan, por gestora, y por tipo de partícipe. Inverco, la patronal del sector, difunde además su propia estadística trimestral de fondos y planes.
El patrimonio sube por mercado, no por aportaciones
Conviene separar dos cosas que el titular del trimestre mezcla. Una: cuánto dinero nuevo entra. Dos: cuánto valen las carteras que ya estaban dentro. El 4,7% de crecimiento se explica casi por completo por la segunda. La revalorización de la renta variable y de la renta fija en los últimos doce meses ha hecho el trabajo que las aportaciones no hacen.
Las aportaciones netas, en cambio, llevan tres ejercicios prácticamente planas. Los partícipes que ya estaban mantienen sus planes; los que podrían entrar, no entran. Es el patrón clásico de un producto que depende del ciclo y de la nómina: cuando el mercado sube, el patrimonio crece sin que nadie firme nada; cuando corrige, el volumen cae y la entrada de dinero tampoco repunta. El diagnóstico es simple.
Un plan de pensiones que solo crece cuando sube la bolsa no es un instrumento de ahorro, es una cartera con ventajas fiscales menguantes.
La fiscalidad recortada se lleva 2.300 millones del ahorro privado
El segundo dato del trimestre es menos amable. Desde 2022, los cambios fiscales han detraído 2.300 millones de euros al ahorro privado canalizado a planes de pensiones, según los cálculos que maneja el sector. La palanca es conocida: el límite de aportación con derecho a deducción en el IRPF se recortó hasta los 1.500 euros anuales para los planes individuales.
El efecto no fue recaudatorio. Fue de sustitución. Una parte del ahorro que iba a planes migró a otros vehículos con mejor tratamiento o, simplemente, a cuenta corriente. Los cálculos difundidos por Estrategias de Inversión apuntan a una caída del 65% en la inversión en planes individuales desde 2019, un desplome que no se corresponde con la evolución de la renta disponible de las familias en ese mismo periodo.

Hay un matiz que conviene no perder. El producto no se ha vuelto malo; se ha vuelto caro en términos de oportunidad. Con la deducción recortada, el ahorrador compara y encuentra alternativas: fondos indexados, depósitos a plazo, deuda pública. Ninguna ofrece la misma disciplina de largo plazo, pero todas ofrecen liquidez. Y la liquidez, en una economía con salarios ajustados, pesa más que la letra pequeña fiscal.
Un tercer pilar con mucho patrimonio y poco flujo
Hay una paradoja que recorre todo el debate sobre las pensiones. El sistema público discute su sostenibilidad mientras el privado acumula récord de patrimonio y récord de desconfianza. El volumen sube; la adhesión, no. Esa brecha importa más de lo que parece, porque el tercer pilar no se construye con revalorizaciones, se construye con nóminas que aportan mes a mes durante treinta años.
El diseño tampoco ayuda. Un límite de 1.500 euros anuales con derecho a deducción deja fuera a buena parte de las rentas medias que podrían beneficiarse de un producto verdaderamente de largo plazo. Para el asalariado con base liquidable alta, la ventaja fiscal se ha vuelto marginal. Para el que gana menos, el incentivo nunca fue suficiente. El resultado es un producto que capta bien entre quien ya ahorraba y mal entre quien debería empezar.
La contraparte es la industria. Menos flujo nuevo significa guerra por el patrimonio existente, con comisiones a la baja y una concentración creciente en las grandes gestoras de origen bancario, que dominan la distribución por red comercial. Los planes de empleo de promoción pública, llamados a compensar esa brecha, avanzan a un ritmo inferior al que se anunció. Sin aportación empresarial relevante, no hay milagro posible.
Mi lectura es menos optimista que la que venderá el sector en enero. El patrimonio seguirá creciendo mientras los mercados acompañen, y ese es un crecimiento prestado. La prueba llegará con la primera corrección seria: si el volumen cae a la vez que las aportaciones netas, el diagnóstico habrá quedado claro. La cita, entonces, será con el dato de cierre de 2026, que se publicará a finales de enero de 2027.
Hasta entonces, la cifra de 144.492 millones seguirá citándose como señal de salud del ahorro privado español. Es una lectura cómoda y, en parte, engañosa. Un sistema que engorda por mercado y adelgaza por aportaciones no está creciendo: está esperando.





