4Despiste normal o señal de alarma: las claves que los separan (y por qué un episodio aislado no es un diagnóstico)
Que a alguien se le quede un nombre en la punta de la lengua o no recuerde dónde dejó las llaves forma parte del envejecimiento normal: el cerebro procesa más despacio y esos lapsus suelen resolverse solos o con una pista. La clave no está en el olvido en sí, sino en si se recupera, en si afecta al día a día y en si va a más. Las señales que aconsejan consultar son otras: repetir la misma pregunta aunque ya se haya respondido, perder el hilo de una conversación o quedarse a mitad de frase sin saber cómo seguir, olvidar de forma permanente charlas recientes o citas médicas, o no encontrar palabras con una frecuencia creciente. Cuando esos fallos se repiten, persisten, se agravan y empiezan a interferir en tareas cotidianas como gestionar el dinero, seguir una receta conocida o moverse por un barrio propio, ya no hablamos de un despiste puntual.
Un episodio aislado no es un diagnóstico. Ninguna prueba permite etiquetar a nadie con alzhéimer por un mal día, entre otras cosas porque el estrés, el duelo, el insomnio, una depresión, una medicación inadecuada o un déficit de vitamina B12 o de tiroides producen olvidos reversibles. Por eso la evaluación incluye la historia clínica, la información de un familiar o persona de confianza, pruebas breves como el MMSE, el MoCA o el test AD8 y, si hace falta, una batería neuropsicológica que mida memoria episódica, lenguaje, atención y funciones ejecutivas. Solo cuando existe un cambio objetivo respecto al nivel previo y sostenido en el tiempo se plantea un deterioro cognitivo leve, una antesala en la que en torno al 10%-15% de los casos progresa a demencia al año, aunque otros se mantienen estables o mejoran. Los biomarcadores de amiloide y tau, en líquido cefalorraquídeo o sangre, afinan el pronóstico, pero no sustituyen al juicio clínico.



