Marc Vidal abre su último análisis con una imagen incómoda: dos territorios alemanes que no comparten casi nada votaron el mismo domingo y eligieron a dos ganadores opuestos. En Berlín, la capital y ciudad más cosmopolita del país, se impuso la izquierda postcomunista con un 24,5% de los votos. A dos horas en coche, en un estado rural, más pobre y más envejecido, ganó la extrema derecha con un 37%. La tesis del creador es que el fenómeno no se explica por lo que ocurre en cada sitio, sino por lo único que ambos comparten: unos partidos que llevan dos décadas gobernando juntos y que ya no suman la mitad.
El relato habitual se queda en los titulares de siempre: sube la ultraderecha, la culpa es de la inmigración, el otro territorio es un país distinto. Vidal concede que cada una de esas frases tiene algo de razón y sostiene que todas esconden lo verdaderamente importante: lo que suman los partidos que ya no ganan. Por eso propone una operación que casi nadie hace la noche electoral. En vez de mirar el primer puesto, mirar la tabla entera y sumar.
Dos alemanias que votan en direcciones opuestas
Berlín es un estado de más de tres millones y medio de habitantes donde más de ocho de cada diez hogares viven de alquiler. Allí la izquierda postcomunista se llevó el 24,5% y los socialdemócratas, que gobernaron la ciudad más de veinte años seguidos, cayeron hasta alrededor de un 12%. Los verdes rondaron el 15%. En el estado rural, con un tercio de millón menos de vecinos que en 1990 y la segunda población más vieja del país, la AfD alcanzó el 37% y el partido del canciller se hundió hasta un 5,5%, su peor resultado en ochenta años de historia.
Nada de esto se explica por la apatía. La participación subió diez puntos y llegó al 73% en Berlín y al 78% en el estado rural. Vota más gente y vota esto. Para Vidal, ese detalle desmonta la teoría de que la abstención haya favorecido a unos u otros: el trasvase es real y va hacia los extremos.
La cifra que se repite: 47, 46,5 y 46
Y aquí llega el número que vertebra todo el análisis. Si se suman los tres partidos que sostienen el consenso alemán —democristianos, socialdemócratas y verdes—, el resultado es 47 y 46,5 en los dos territorios que acaban de votar. En la última encuesta federal de INSA, esos mismos tres partidos firman un 46%. Tres lugares que no se parecen en nada producen casi la misma cifra, y para el creador eso no es una coincidencia local: es la medida de un sistema entero.
‘Han conseguido que la única forma de votar un cambio sea votar fuera de esos partidos e irse a los extremos’.
— Marc Vidal
La velocidad del desplome es lo que más llama la atención. En Berlín esos tres partidos sumaban el 65% en febrero de 2023: han perdido dieciocho puntos en tres años y medio. En el estado rural pasaron del 59% en 2021 a menos de la mitad. A escala federal, la encuesta de la televisión pública alemana de este mes recoge que el 84% de los alemanes está insatisfecho con su gobierno, incluidos muchos votantes de los partidos que lo forman. El propio canciller calificó la noche electoral de desastre.
Un andamio de veinte años delante del edificio
La trampa, según Vidal, tiene fecha de inicio. El 18 de septiembre de 2005 las urnas dejaron un empate casi perfecto entre democristianos y socialdemócratas, y la salida fue una gran coalición. De los dieciséis años de Merkel, doce fueron de gran coalición; y desde mayo de 2025 Alemania vuelve a estar gobernada por otra. El voto sirve para elegir un gobierno y para despedirlo. Cuando los dos grandes rivales gobiernan juntos, la segunda función desaparece. Si estás descontento no puedes castigar al gobierno votando a su adversario, porque el adversario está sentado en el mismo Consejo de Ministros.
El SPD cayó del 34% al 23% tras su primera legislatura como socio menor en 2009, y cuatro años después nació Alternativa por Alemania. Vidal apoya la lectura en el politólogo irlandés Peter Mair, autor de Gobernar el vacío: los partidos europeos se retiraron de la sociedad para instalarse dentro del Estado, y hoy dependen menos de sus votantes que de su acceso al gobierno. Pactar con el rival, en ese esquema, funciona como un seguro.
De Roma a Viena: el mecanismo sí viaja
Para demostrar que no es una rareza alemana, el creador retrocede a la Roma de 1992. La democracia cristiana ganaba con el 29,7% y llevaba en todos los gobiernos desde 1945 gracias a un acuerdo tácito que mantenía al Partido Comunista fuera del poder. Como la alternancia era imposible, nadie pagaba factura política, y en doce años la deuda pública pasó de rondar el 56% del PIB a superar el 100%. En enero de 1994, menos de dos años después de su victoria, la democracia cristiana se disolvió. La democracia siguió; el sistema de partidos, no.
En Austria, el FPÖ ganó las elecciones de 2024 con casi un 29% y la respuesta fue la primera coalición de tres partidos de su historia: más socios dentro, más andamiaje. Pero el mismo partido enseña la otra mitad de la lección. En 1999 sacó un 26,9%, entró en el gobierno y tres años después se quedó con un 10%. Gobernar desgasta y quedarse fuera engorda. La izquierda postcomunista baja del 9,9% al 7,5% donde gobierna y se dispara hasta el 24,5% en Berlín, donde lleva tres años en la oposición. Es el mapa que el politólogo italiano Giovanni Sartori describió ya en 1976: el centro gobierna aunque no convenza, se debilita y pierde votos de forma persistente hacia los dos extremos a la vez.
Qué significa esto para España y para tu bolsillo
España entra en el retrato por derecho propio. PP y PSOE sumaban el 84% de los votos en 2008 y el 51% en 2015; en 2023 remontaron hasta el 65%. El vaciado no es exclusivo de Alemania, pero tampoco es irreversible. Vidal propone dos pruebas para saber si un país va por ese camino: que los problemas que más preocupan lleven una década sin resolverse gobierne quien gobierne, y que los grandes rivales se parezcan tanto entre sí que castigar a uno votando al otro no cambie gran cosa. Donde se cumplen las dos, el voto se marcha fuera. Más alla de las siglas, el coste aterriza en cosas que se pueden contar: una electricidad industrial que cuesta el doble o el triple que la del competidor, uno de cada seis empleos del automóvil en riesgo, y reformas de pensiones aplazadas para no romper la coalición de turno.
La salida que plantea el creador es casi decepcionante por lo simple: un sistema deja de necesitar andamios el día que vuelve a resolver algo. Y mientras eso no ocurra, cada elección será un plebiscito sobre a quién frenar y ninguna sobre qué hacer.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Marc Vidal en YouTube.





