Aprobar oposiciones con IA en menos de dos meses ya no es una rareza en España. El último caso viral lo firma una funcionaria que sacó su plaza de C1 en un ayuntamiento apoyándose en ChatGPT.
El fenómeno, recogido por El Economista, apunta a un cambio de fondo en la preparación de exámenes públicos. La media ronda los seis y los doce meses si el aspirante aprueba a la primera. Hay convocatorias que consumen años, cuando no se quedan a medio camino. La IA generativa promete comprimir ese calendario a semanas.
Claves de la operación
- El temario se comprime de meses a semanas. La herramienta no memoriza por el opositor, pero filtra qué artículos de una ley son imprescindibles y en qué orden estudiarlos.
- El negocio de las academias preparadoras entra en cuestión. Un sector que vive de vender temarios, clases y simulacros ve cómo parte de su propuesta se vuelve replicable con una suscripción mensual.
- El debate se traslada a la calidad del proceso selectivo. Si un examen se desmonta en ocho semanas con un asistente conversacional, la prueba empieza a cuestionarse como filtro de mérito.
El temario que la IA comprime en ocho semanas
Paloma, como se identifica en su propio testimonio difundido en redes, no había estudiado nada cuando salió la fecha de su examen. Optó por ChatGPT. Primero generó podcasts con todos los temas que entraban en la prueba. Después subió las leyes y el temario completos a ChatGPT y pidió al modelo que identificara los artículos que debía saberse sí o sí.
Con esa criba, dosificó el contenido y localizó los exámenes de otras convocatorias de ayuntamientos cercanos. La IA le fabricó refritos con los que practicar. En menos de dos meses, la plaza estaba aprobada y el puesto es fijo.
El patrón se repite en foros y vídeos de opositores que ya han aprobado. La IA no sustituye la memoria ni el esfuerzo, pero cambia dónde se coloca el esfuerzo. Quien sabe preguntar ahorra semanas de lectura en diagonal. Quien no, se queda con la misma montaña y la misma ansiedad.
El mérito nunca estuvo en leer más páginas, sino en saber cuáles dejaban de importar antes del examen.
El negocio de las academias preparadoras se tambalea
La preparación de oposiciones sostiene en España un mercado de formación con miles de alumnos anuales. Los cursos presenciales y online de las academias clásicas pueden superar los 1.500 euros al año, según los precios que ellas mismas publican, y su valor se apoya en tres patas: selección del temario, simulacros de examen y disciplina impuesta.
La IA se lleva dos de las tres. La criba de artículos que antes hacía un preparador con años de experiencia ahora la resuelve un asistente en una tarde. Los refritos de exámenes se generan en minutos. Lo que no automatiza es la constancia: alguien que te llame si no entregas el tema el jueves.
Esa es la grieta por la que respira el sector. Las academias que sobrevivan venderán rendición de cuentas y comunidad. Las que sigan cobrando por fotocopias y cronogramas tienen un problema de precios difícil de defender.

Falta por ver el efecto agregado. Si el atajo se populariza, el número de aprobados por convocatoria no sube necesariamente, pero cambia el perfil del aspirante que llega al examen. Más eficiente con la herramienta. Menos curtido en el temario largo.
El riesgo de medir el atajo y no el conocimiento
Conviene mirar el marco. El acceso al empleo público en España se rige por los principios de igualdad, mérito y capacidad, recogidos en el Estatuto Básico del Empleado Público, aprobado en 2015. Ese texto fija que el sistema selectivo ordinario es la oposición, y que su diseño corresponde a cada convocatoria. Nada en esa norma impide que un aspirante use IA para estudiar, igual que nada impidió durante décadas usar resúmenes, esquemas, o academias privadas.
Ahí está la contradicción que el fenómeno destapa. El modelo filtra por frecuencia, no por jerarquía normativa. Un asistente que te dice qué artículos caen más suele acertar, pero también puede inventar la numeración de una ley o mezclar el contenido de dos normas parecidas. El opositor que se fía sin verificar estudia con un mapa que tiene calles falsas.
En paralelo, el mismo aparato que forma aspirantes se despliega en la administración. Los grandes contratos de digitalización pública recaen en nombres del IBEX 35 como Indra, a través de Minsait, o Telefónica Tech. Son las mismas compañías que instalan asistentes para atención al ciudadano. La herramienta que ayuda a aprobar es la que después revisa expedientes. La frontera entre una cosa y la otra es delgada.
Observamos un problema de diseño, no de moral. Si el examen premia la memorización que la IA ya externaliza, el filtro deja de medir lo que dice medir. La reacción previsible de los tribunales será subir el peso de la prueba práctica, la oral y el supuesto real, donde no basta con reconocer el artículo correcto. Es la vía que ya ensayan algunos cuerpos técnicos, y la que evita que la plaza se la lleve quien domina el prompt y no el contenido.
El detalle que seguirá abierto es si el INAP y los tribunales cambian los formatos antes de que la próxima oferta de empleo público vuelva a llenar aulas y suscripciones. Un asistente como ChatGPT, por una suscripción mensual modesta, no va a sustituir al preparador que paga nóminas. Pero le obliga a demostrar por qué cuesta cien veces más.




