6Empieza a ajustar el horario diez días antes, no la víspera
Ahora ya no te sirve, pero esperar a la víspera del primer día de clase para adelantar la hora de dormir es la receta perfecta para un mal arranque de curso. El reloj biológico, ese ciclo circadiano que regula cuándo sentimos sueño y cuándo despertamos, no se reprograma con un interruptor: responde a cambios graduales de diez o quince minutos al día, como recuerdan los especialistas en sueño infantil. Si un niño que en agosto se ha acostado a medianoche intenta dormirse a las nueve de golpe, lo más probable es que pase horas dando vueltas en la cama, frustrado, y que el cuerpo siga pidiendo el despertar tardío justo cuando suena el despertador. Ese choque se conoce como jet lag escolar y se traduce en lo que describen los pediatras: cansancio, irritabilidad, apatía, falta de concentración y ansiedad durante las primeras semanas. Adelantar el sueño no es cuestión de voluntad, sino de tiempos fisiológicos, y por eso la regla que repiten psicólogos y pediatras es empezar la transición con diez días de margen y nunca la noche anterior.
¿Por qué diez días y no tres? Porque a ese ritmo de quince minutos diarios, esa ventana permite adelantar el despertar y el acostarse hasta dos horas sin sobresaltos, justo el desfase que suele acumularse en vacaciones. El plan, que recomiendan desde la Unidad de Sueño de Quirónsalud hasta la Asociación Española de Pediatría, no se limita a la cama: hay que mover también las comidas, la cena y el momento de apagar las pantallas, porque el organismo lee todas esas señales juntas para saber qué hora es. Esa antelación permite hacerlo en escalones suaves cada dos o tres días, sin prisas ni castigos, y ser constantes también el fin de semana, porque una noche de trasnoche echa por tierra el avance de varios días. Como argumenta la psicóloga Silvia Álava, los niños no son máquinas que se reprogramen de un día para otro: necesitan procesar el cambio, y la constancia de los adultos en esos días previos, acostándose ellos también antes y sin quejas, es lo que convierte el madrugón del primer día en una rutina asumida en lugar de una batalla diaria.



