5Recorta la siesta si empieza a retrasar la hora de dormir
La siesta es el hábito veraniego que más directamente compite con la nueva hora de acostarse: en vacaciones se alarga, se desplaza hacia media tarde y a veces roza la cena, mientras que con la vuelta al cole la hora de levantarse es fija y madrugadora. Cada minuto de siesta mal colocada empuja la hora de dormir hacia adelante y recorta el descanso nocturno justo cuando más se necesita energía para el aula. El pediatra Gonzalo Pin, coordinador del grupo de sueño y cronobiología de la Asociación Española de Pediatría y responsable de la Unidad del Sueño del Hospital Quirónsalud de Valencia, recuerda que hasta los cinco años la siesta es «un derecho» del niño: los pequeños acumulan la presión de sueño más rápido que los adultos y necesitan descargarla a mediodía para consolidar la memoria y el desarrollo cognitivo. El matiz está en el momento: si la siesta se hace demasiado pegada a la hora de acostarse, retrasa la necesidad de dormir por la noche. Por eso la pauta no es prohibirla, sino recortarla y recolocarla.
Recortar significa, en la práctica, acortar la duración y adelantar el inicio de la siesta de forma gradual, en la misma lógica de pasos de 15 a 30 minutos que se aplica al resto del horario de sueño, no suprimirlas de golpe. Cada niño abandona la siesta a su ritmo, normalmente entre los tres y los cinco años, y retirarla antes de que el cerebro esté preparado puede favorecer los terrores nocturnos o provocar el efecto contrario al buscado: un niño excesivamente cansado concilia peor el sueño y descansa de forma más agitada. La señal de que toca intervenir es objetiva: si el pequeño tarda más de lo habitual en dormirse por la noche, la siesta prolongada de la tarde suele ser la primera pieza que ajustar; una siesta de tres horas al final del día deja sin presión de sueño a las ocho de la tarde. En los niños ya escolarizados, en cambio, la siesta debe ser breve, temprana y nunca una excusa para trasnochar.



