Donald Trump exige a la Reserva Federal recortar los tipos o romperá acuerdos con un centenar de países. La amenaza sitúa al nuevo presidente del banco central, Kevin Warsh, ante la presión más dura desde 2018.
Un pulso monetario con eco comercial
El mandatario se apoya en los datos de empleo de agosto para presionar al banco central. El informe, publicado este viernes por el Departamento de Trabajo de EE.UU., recoge la creación de 162.000 puestos, muy por encima de los 50.000 que esperaba Wall Street. En julio se destruyeron 30.000.
Desde su red social, Trump ha lanzado sus exigencias en mayúsculas: ‘BAJEN LOS TIPOS O DEJARÉ DE COMERCIAR CON LOS PAÍSES CON LOS QUE TENEMOS DÉFICIT’. Acto seguido ha reivindicado que ‘deberíamos tener los TIPOS MÁS BAJOS que cualquier país del mundo, como en los viejos tiempos’.
La amenaza comercial es directa: cortará lazos con el centenar de países que mantienen superávit frente a Estados Unidos. ‘¡Es mejor que los aranceles!’, ha reivindicado. La referencia no es casual, ya que Trump mantiene una batalla comercial global desde hace meses para reducir el déficit.
La Fed, dividida entre congelar o subir
En la Reserva Federal, no obstante, la lectura es muy distinta. Los gobernadores siguen divididos entre mantener los tipos inalterados o comenzar a subirlos para contener la inflación. Un recorte como el que exige Trump no aparece en las deliberaciones actuales.
El contexto justifica la cautela. La subida de los carburantes, tras medio año de cierre del estrecho de Ormuz por la guerra de Irán, y un coste de la deuda en máximos de casi 20 años alimentan las voces partidarias de subir los tipos. El buen dato de empleo da alas a esa posición.
La Casa Blanca, en cambio, sostiene que el buen tono del mercado laboral invita a mantener el precio del dinero sin cambios. Son dos lecturas opuestas de la misma cifra, y ambas alimentan la incertidumbre. Los inversores adelantan ya un otoño complicado para los activos de riesgo.
La presión de Trump sitúa a la Reserva Federal ante un dilema: ceder y perder credibilidad o resistir y tensar aún más el comercio global.
El pulso a la independencia monetaria
El precedente es claro. En su anterior mandato, Trump ya presionó a Jerome Powell para que bajara los tipos mientras la economía mostraba síntomas de alza de precios. Aquella estrategia no logró doblegar al banco central, pero sí sembró un debate sobre los límites de la influencia política. Hoy la situación es más delicada, porque la amenaza comercial añade una presión que trasciende la política monetaria.
Mi lectura es que la Reserva Federal no puede permitirse ceder. Si Kevin Warsh acepta un recorte sin justificación macroeconómica, perderá de inmediato la confianza de los mercados de deuda. El coste de financiación podría subir en lugar de bajar, justo lo contrario de lo que busca Trump. La independencia del banco central es un activo que cotiza en la prima de riesgo del dólar.
La contradicción es evidente: el mismo informe de empleo que Trump celebra como señal de fortaleza es el que apuntala el argumento de quienes defienden subir los tipos. Una economía que crea empleo con fuerza no necesita estímulos, y recortar en este contexto acercaría a la inflación. El riesgo de estanflación no es menor con los fletes disparados y Ormuz cerrado.
La reunión del 16 de septiembre marcará el siguiente capítulo. No espero una rebaja, pero sí un pulso más duro en la comunicación. Si Trump cumple su amenaza y rompe lazos comerciales con un centenar de países, el golpe sería asimétrico: menor crecimiento global, más incertidumbre en las cadenas de suministro y mayor presión sobre los activos de riesgo. La bolsa podría pagar la factura de este choque entre fiscal y monetario.




