Rallo: el pacto petróleo Venezuela entrega al Pentágono el 35% de una petrolera por 100 años

Juan Ramón Rallo desgrana el pacto petrolero de Trump con el chavismo: cien años de explotación, 35% para el Pentágono y una democracia venezolana convertida en estorbo. Un análisis de claves económicas y políticas.

Imagina que una congresista republicana publica un tuit demoledor contra la dictadura venezolana y, sesenta minutos después, lo borra para sustituirlo por un elogio al acuerdo que esa misma dictadura acaba de firmar. Eso, cuenta Juan Ramón Rallo en su último análisis, es la radiografía perfecta del pacto petrolero que Donald Trump ha sellado con el chavismo por cien años.

María Elvira Salazar, congresista por Florida y voz habitualmente crítica con el régimen de Nicolás Maduro, escribió primero que Delcy Rodríguez era una dictadora en funciones y que sin democracia no hay acuerdo duradero. Una hora después, el tuit desapareció. En su lugar apareció otro: el acuerdo es una gran noticia para Estados Unidos y para el pueblo venezolano. Rallo toma ese giro como punto de partida para desmenuzar lo que de verdad contiene el pacto y qué intereses protege.

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Un botín petrolero con sello del Pentágono

El contenido del acuerdo es, según Rallo, un botín a la vista. El gobierno venezolano entrega a una empresa privada, North America Blue Energy Partners (Navep), la explotación durante 100 años de 17 campos petroleros en la faja del Orinoco y el lago de Maracaibo, con reservas probadas de unos 65.000 millones de barriles. Para dimensionar la cifra, el economista recuerda que todas las reservas probadas de Estados Unidos suman alrededor de 46.000 millones de barriles. Esos 65.000 millones representan, añade, una quinta parte de las reservas probadas venezolanas.

La sorpresa, explica Rallo, no es el volumen, sino quién controla Navep. No se trata de una petrolera tradicional como Exxon. Es una compañía ligada a Alejandro Betancourt, empresario venezolano apodado el bolicho, que, según el analista, se enriqueció con contratos eléctricos a dedo durante el chavismo de Hugo Chávez y ha sido investigado por blanqueo de capitales en Suiza y España. El esquema de control no se queda ahí: el 35% del capital de Navep pasaría a manos del Pentágono, el Departamento de Estado adquiriría el derecho a comprar a precio de coste el 20% de toda la producción y Estados Unidos se reservaría además un derecho de tanteo sobre el 80% restante. Para rematar, Washington podría vetar a los consejeros de Navep y tutelar cómo se gastan dentro de Venezuela los impuestos y regalías derivados del crudo.

Rallo lo tiene claro: no es una operación humanitaria. En su lectura, la intervención militar estadounidense nunca tuvo como finalidad liberar al pueblo venezolano; en el mejor de los casos, esa liberación podría ser un efecto colateral. Estados Unidos, insiste, actúa como potencia geopolítica que mueve ficha para excluir a rivales como Rusia y China del tablero petrolero venezolano. El acuerdo, sostiene, encaja en esa lógica de dominio, no en la de democratizar.

Este acuerdo vuelve la democracia menos probable en Venezuela que antes.

— Juan Ramón Rallo

Un crudo extrapesado que no fluye ni da dinero

La siguiente parada del análisis es económica. Rallo advierte de que el petróleo venezolano no es el gran negocio que muchos imaginan. La mayor parte de esos 65.000 millones de barriles es crudo extrapesado con consistencia de alquitrán. Para extraerlo hay que inyectar vapor, para transportarlo hay que mezclarlo con nafta que Venezuela ya no produce y que debe importar, y para venderlo hay que pasarlo por un mejorador que lo convierte en crudo sintético. El resultado es un barril con fuertes descuentos frente al Brent, solo apto para unas pocas refinerías del mundo.

Según recoge Rallo, la explotación venezolana solo resulta rentable si el Brent cotiza en torno a los 80 dólares. Hoy ronda los 90, pero las inversiones a largo plazo no se deciden con el precio del momento, sino con las expectativas para las próximas décadas. Y esas expectativas están por debajo de ese umbral. Además, el propio secretario de Energía de Trump pronostica que Venezuela producirá más de 3 millones de barriles diarios en ocho o diez años, cuando hoy ni siquiera alcanza el millón. La prensa especializada calcula que harían falta 53.000 millones de dólares solo para impedir que la producción siga cayendo, y otros 140.000 millones en quince años para elevarla a 1,5 millones. Nada de ello, recuerda Rallo, cuadra con un botín rápido.

Por qué esto aleja la democracia

El giro más duro del análisis llega con la política. Rallo argumenta que, precisamente porque el acuerdo se firma a 100 años y no se rentabiliza en el corto plazo, a Estados Unidos le conviene mantener en Venezuela un gobierno títere antes que uno surgido de elecciones libres. Cualquier futuro gobierno venezolano con un mínimo de soberanía tendría incentivos para revocar o renegociar un pacto tan lesivo. Con una dictadura estable eso no ocurre: el chavismo ha demostrado, según Rallo, que no tiene ideales antiimperialistas, sino vocación de mafia dispuesta a aliarse con el ‘otro gran demonio’ si eso le garantiza seguir robando.

El analista va más lejos. Si Trump, u otro republicano con su misma lógica, quiere preservar ese botín a cien años, le resultará más cómodo sostener a la oligarquía chavista —bajo la fórmula mientras me dejes seguir robando, yo te dejo robar a ti— que arriesgarse a que unas elecciones libres pongan en el poder a un gobierno radical que vuelva a nacionalizar la industria. Ahí reside, insiste, la gran tragedia: la democracia venezolana se ha convertido de la noche a la mañana en un estorbo para Washington.

El polvorín que puede estallar

Rallo cierra su comentario con una advertencia sobre el descontento popular. El pueblo venezolano, expoliado durante décadas, vio con cierta esperanza la intervención de Trump como una posible emancipación. Ahora, dice, empieza a descubrir que ese objetivo era secundario y que puede chocar con los intereses económicos de Estados Unidos. Si el régimen de Delcy Rodríguez —o su sucesor— recupera dinero gracias al petróleo y reactiva sus redes clientelares, el malestar puede anestesiarse temporalmente. Pero ese descontento sigue ahí y, en su opinión, puede convertirse en un polvorín.

¿Qué haría Washington si las calles se levantan y amenazan con tumbar a la dictadura con la que acaba de firmar? La pregunta queda abierta. Rallo deja en el aire si el gobierno de Trump acabaría aliado con el chavismo para reprimir las protestas. Lo único claro, concluye, es que el equilibrio entre la mafia chavista y el trampismo es mucho más inestable de lo que muchos suponen. El pacto puede ser un botín jugoso en el papel, pero sobre el terreno se asienta sobre un barril de pólvora.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Juan Ramón Rallo en YouTube.


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