Estados Unidos se ha aliado con Elon Musk y Mark Zuckerberg para frenar en el G20 la regulación de la inteligencia artificial. La reunión de ministros de Comercio que se celebra esta semana en Carolina del Norte se ha convertido en la plataforma desde la que Washington presiona a las grandes economías para que eviten nuevas normas sobre IA generativa.
He seguido la información publicada por El Periódico y, más allá del hecho, lo que subraya es una coordinación explícita entre el Gobierno estadounidense y Silicon Valley. La Casa Blanca está promoviendo los denominados Principios de Carolina entre potencias como China, Brasil, Alemania, Japón, Francia o Arabia Saudita. El objetivo es conseguir un compromiso para no elaborar leyes que limiten el desarrollo de modelos de IA generativa.
No es una posición unánime. En la primera jornada entre el sector y los ministros del G20, Demis Hassabis, de Google DeepMind, pidió pruebas de seguridad antes de comercializar sistemas. Tom Brown, cofundador de Anthropic, Sam Altman, de OpenAI, y Jensen Huang, de Nvidia, también han tenido presencia en la agenda de esta semana. Aun así, la balanza visible está inclinada hacia quienes defienden menos reglas.
La ofensiva de Washington, con Musk y Zuckerberg al frente
Los dos nombres más visibles de la presión estadounidense son Elon Musk y Mark Zuckerberg. Musk ha reiterado sus críticas a la normativa tecnológica de la Unión Europea y ha acusado a Bruselas de frenar el progreso de las nuevas tecnologías.
«Es necesario contar con un entorno relativamente libre de regulaciones, lo que significa que, por defecto, las novedades deben ser legales y no ilegales.» — Elon Musk, consejero delegado de Tesla y SpaceX, encuentro del G20 en Carolina del Norte, septiembre de 2026
Zuckerberg, por su parte, ha pedido a los países del G20 que no adopten leyes que restrinjan el lanzamiento de modelos de IA de pesos abiertos. Es una posición alineada con el interés de Meta por posicionar sus sistemas de código abierto frente a competidores cerrados. No es solo ideología: es estrategia de mercado.
Mientras tanto, la delegación estadounidense ha contado con Howard Lutnick, secretario de Comercio, para articular el mensaje ante los ministros. El argumento económico de fondo es que el liderazgo estadounidense en IA depende de no repetir errores regulatorios que, según esta corriente, han frenado otras tecnologías.
El frente europeo: el AI Act en el punto de mira
El movimiento del G20 tiene un destinatario claro: la Unión Europea y su marco regulatorio europeo de la inteligencia artificial. El AI Act europeo se ha convertido en la referencia normativa más ambiciosa y, para muchos actores estadounidenses, en un obstáculo a la competitividad global.
Lo que me llama la atención es que Washington no se limita a defender a sus empresas en casa. Trata de exportar un estándar de no intervención antes de que la regulación europea se consolide como referente mundial. Si el G20 compra los Principios de Carolina, Bruselas quedará aislada en su apuesta por la supervisión preventiva.
Hay una contradicción relevante. Mientras Musk y Zuckerberg piden menos normas, Hassabis reclama exactamente lo contrario para la seguridad pública. Los ministros están escuchando dos relatos opuestos dentro de la propia industria estadounidense.

Qué implica este pulso para el ciclo regulatorio global
He analizado este movimiento como una extensión de la guerra comercial y tecnológica que Estados Unidos lleva meses librando con la Unión Europea. La diferencia es que ahora el terreno no son los aranceles ni los chips: es la arquitectura normativa de la inteligencia artificial.
El precedente no es nuevo. Estados Unidos ya utilizó foros multilaterales para suavizar reglas financieras internacionales en ciclos anteriores. Lo específico de 2026 es que el sector privado participa con nombre y apellido, no como lobista de fondo, sino como actor visible en la agenda ministerial.
Veo un riesgo para Europa: si la UE se queda sola en la defensa del control preventivo, sus empresas podrían sufrir desventajas competitivas sin conseguir a cambio un estándar de seguridad global. Pero también veo una oportunidad: la demanda de sistemas de IA auditables y seguros no desaparece por la ausencia de norma; sencillamente puede trasladarse a los compradores institucionales.
La condición que seguiré de cerca es la declaración final del G20. Si incluye una cláusula de no regular la IA generativa, la disputa entre Washington y Bruselas dejará de ser bilateral para convertirse en una división formal entre bloques.
🌍 El impacto en España y Europa
El impacto directo sobre el Euríbor y las hipotecas variables españolas es, por ahora, prácticamente nulo: no hay una decisión de política monetaria detrás de este movimiento. La conexión financiera llegaría solo si la tensión regulatoria escala hasta afectar a los flujos de inversión o a las expectativas de inflación global.
- Para las empresas españolas que desarrollan o utilizan IA, la presión de Washington puede retrasar la armonización europea y alargar la incertidumbre sobre qué modelo seguir.
- Para los consumidores, una menor supervisión global no abarata productos; simplemente transfiere riesgos de seguridad y privacidad a los usuarios.
- Para el BCE, el riesgo inflacionista derivado de un choque comercial por la regulación tecnológica es limitado, pero no despreciable si se traduce en aranceles sobre servicios digitales.




