Rallo avisa: quemar la deuda pública de Francia es ‘parásita e injusta’ y traerá inflación

Francia paga ya más por financiarse que España y la extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon responde con una propuesta incendiaria: quemar la deuda pública en manos del BCE. Juan Ramón Rallo explica por qué esa operación equivaldría a un impuesto opaco sobre todos los ahorradores

Francia ya paga más por financiarse que España y, lejos de buscar cómo cuadrar las cuentas, la extrema izquierda francesa tiene una idea que suena a fogata: quemar la deuda pública. Juan Ramón Rallo analiza en su canal por qué esa propuesta de Jean-Luc Mélenchon no es un truco de magia contable, sino un impuesto opaco con factura en forma de inflación.

El punto de partida lo pone el mercado. Rallo recuerda que, primera vez desde 2008, el tipo de interés del bono francés a diez años ha superado el 4%. La comparación con España es elocuente: el Tesoro español se financia en estos momentos alrededor del 3,6%. Dicho de otro modo, París paga casi medio punto más que Madrid por colocar su deuda.

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Francia rompe la barrera del 4%

La razón no es un misterio. Según el economista, la deuda pública española ronda el 100% del PIB, mientras que la francesa ya se sitúa por encima del 115% y sigue aumentando. El verdadero problema no es solo lo que Francia debe hoy: es lo que seguirá debiendo mañana si no ataja un déficit público superior al 5% del PIB. Ese exceso de gasto sobre ingresos se traduce en una prima de riesgo francesa que, según Rallo, ha llegado a superar incluso a la española.

La ocurrencia de Mélenchon: fuego a los títulos

Ante ese panorama, lo lógico sería que la clase política francesa se tomara en serio el equilibrio presupuestario, ya fuese subiendo ingresos o recortando gastos. No parece el plan de Mélenchon. El líder de la extrema izquierda gala propone algo distinto: dado que el Banco Central Europeo ha comprado una parte de la deuda francesa —el político habla de cerca de un 18% en el Banco de Francia—, bastaría con acudir al banco central, retirar esos títulos y prenderles fuego. Desaparecen y nadie se da por enterado, viene a sostener.

Por qué el BCE no es el Estado francés

Rallo desmonta la idea por partes. El primer error es de manual: el BCE no es el Estado francés. Francia es uno de sus accionistas, pero la institución es una entidad separada. El economista lo ilustra con una analogía doméstica: si un accionista de un banco tuviera una hipoteca con esa entidad, no podría exigir que le cancelaran la deuda por el mero hecho de ser propietario de una parte. Si el banco accediera, estaría generando un agujero patrimonial que pagarían todos los accionistas, no solo el hipotecado.

Aun así, Rallo concede que el problema principal no es ese. Pide hacer el ejercicio más favorable para Mélenchon: imaginar que la deuda la hubiera comprado un hipotético Banco de Francia contra emisión de francos. Cuando un banco central compra deuda pública, no guarda el título en un cajón; crea moneda nueva que pasa a circular. Esa moneda es el pasivo del banco central y el título de deuda es el activo que lo respalda. Si el banco quisiera retirar liquidez, le bastaría con vender el título al mercado y reabsorber la moneda. A largo plazo, el pago de intereses y principal por parte del Estado retira dinero de circulación y devuelve estabilidad al valor de la moneda. Ese flujo de retorno es justo lo que permite que el euro no se deprecie sin remedio.

Si quemas el activo del banco central pero dejas el pasivo en circulación, lo que se hunde es el valor del dinero de los ciudadanos. Esa no es una propuesta inocua: es un impuesto encubierto.

— Juan Ramón Rallo

El activo arde pero el pasivo sigue vivo

Ahí está el segundo error, el definitivo. Si Francia quemara los títulos que posee el BCE, los activos del banco central pasarían a valer cero, pero sus pasivos —los euros en nuestros bolsillos— seguirían circulando. Mélenchon, apunta Rallo, no ha propuesto quemar también los billetes de los ciudadanos. El resultado sería idéntico al de una empresa cuyos acreedores descubren que sus activos han desaparecido: el valor de su deuda se hunde. Con una moneda sucede lo mismo. Si hay la misma cantidad de euros persiguiendo unos activos que ya no existen, el euro se deprecia.

Dicho de otra forma, quemar la deuda francesa no sería magia: sería un impuesto opaco sobre todos los tenedores de euros de la eurozona. Rallo sostiene que la operación produciría inflación y una socialización de pérdidas entre ciudadanos y empresas, mientras el Estado francés vería aliviada su carga financiera. El canal lo resume con crudeza: todos los ahorradores de la eurozona se empobrecerían para que Francia deba menos. No es solidaridad; es un proceso parasitario con peor transparencia que una subida de impuestos.

Un impuesto opaco sobre los ahorradores

La propuesta de Mélenchon puede sonar excéntrica, pero aterriza en un momento delicado para Francia. Los tipos del bono francés no superaban el 4% desde la crisis financiera, cuando la eurozona encaraba sus primeros test de estrés. La diferencia con España, además, tiene una lectura incómoda para París: los inversores ya no tratan a Francia como un refugio perfecto dentro de la moneda común. El BCE mantiene un balance gigantesco y, aunque ha ido reduciendo sus compras, buena parte de la deuda soberana europea sigue en sus libros. La idea de cancelar deuda pública comprada por bancos centrales no es nueva en la izquierda europea, pero Rallo recuerda que Francia no tiene banco central propio con el que ejecutar una quita: comparte política monetaria con otros diecinueve países.

El espejo español y el contexto de la eurozona

Para un ahorrador español, la advertencia tiene una traducción concreta. Si la quita se materializara, no haría falta que el Gobierno de turno aprobara una subida de impuestos: la factura llegaría por la vía de los precios. Rallo insiste en que la estabilidad del euro depende de que los bancos centrales puedan reabsorber la liquidez que emiten. Romper ese mecanismo por una decisión unilateral francesa pondría en juego la credibilidad de la moneda común. La alternativa, cuadrar presupuestos o reestructurar deuda con reglas claras, es menos vistosa que una hoguera, pero no convierte el ahorro de millones de ciudadanos en combustible.

La metáfora del fuego vende bien en un mitin. El problema financiero de Francia no se resuelve sin embargo con una ceremonia contable. La pregunta que deja el vídeo de Rallo es pertinente: si quemar deuda es tan fácil, ¿quién paga la factura? La respuesta, en su análisis, es incómoda: quienes tienen euros en la cartera. Por eso conviene mirar dos veces antes de encender la mecha.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Juan Ramón Rallo en YouTube.

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