Las estalagmitas de Atapuerca desvelan milenios de clima y presencia humana en Burgos

El análisis de cuatro estalagmitas en Cueva Mayor combina dataciones, geoquímica y tomografía para distinguir procesos naturales y hogueras humanas. Las láminas oscuras funcionan como un archivo climático con huella arqueológica.

Cuatro estalagmitas de Atapuerca guardaban láminas negras que nadie había sabido leer hasta ahora. Un equipo del Museo de la Evolución Humana las ha convertido en un archivo natural de milenios de clima y de presencia humana en la sierra de Atapuerca. El hallazgo aparece descrito en la revista Journal of Quaternary Science.

Las láminas oscuras de las estalagmitas de Atapuerca han sido, pese a su valor, muy poco estudiadas. En las galerías de las Estatuas y del Silo, dentro de Cueva Mayor, los investigadores seleccionaron cuatro estalagmitas. Sobre ellas aplicaron una aproximación multidisciplinar que combina dataciones radiométricas, análisis petrográficos y geoquímicos, microscopía electrónica y tomografía computarizada, según informó el Museo de la Evolución Humana en una nota de prensa.

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Un archivo climático escondido en capas negras

El método permitió diferenciar cuatro tipos de láminas negras y, sobre todo, distinguir entre las relacionadas con procesos naturales y las que conservan evidencias de actividad humana. No es un matiz menor: hasta ahora la mayoría de estas capas se miraban como una mancha más en la roca.

Algunas láminas erosivas muestran la disolución de la calcita ya formada. En ciertos periodos el crecimiento de la estalagmita se ralentizó o se interrumpió. Otras capas registran lo contrario: el agua arrastró partículas del suelo y del exterior, con minerales, arcillas y materia orgánica que quedaron incorporadas a la superficie mineral.

Esa doble señal tiene una lectura climática directa. Las láminas erosivas más acusadas son compatibles con periodos relativamente áridos y con interrupciones relevantes del goteo. Otras se formaron en condiciones muy húmedas, con un aumento de la infiltración de agua hacia el interior del sistema kárstico.

Las estalagmitas se comportan así como un libro de piedra. Cada lámina negra funciona como una página que registra lo que ocurría fuera y dentro de la cueva, una suerte de anillos de árbol minerales a escala milenaria.

La misma estalagmita guarda dos relatos: el clima que la hizo crecer y el humo de quienes encendieron fuego a su lado.

Lo que el agua y el fuego dejaron escrito en la calcita

clima Atapuerca

El agua contó una parte de la historia. Algunas láminas erosivas presentan evidencias de disolución y erosión de la calcita que ya se había formado, asociadas a periodos en los que el crecimiento de la estalagmita se ralentizó o se interrumpió. Posteriormente, el agua pudo transportar hasta la cueva partículas procedentes del suelo y del exterior, como minerales, arcillas y materia orgánica, que quedaron incorporadas a la superficie de la estalagmita.

Esa doble señal tiene una lectura climática directa. Algunas de las láminas erosivas son compatibles con periodos relativamente áridos y con interrupciones importantes del crecimiento. Otras se relacionan con condiciones muy húmedas y con un aumento de la infiltración de agua. Las estalagmitas se comportan así como un libro de piedra en el que cada lámina funciona como una página de la historia ambiental.

La huella humana llegó en forma de diminutas partículas de hollín y fragmentos de carbón vegetal. Proceden de procesos de combustión en el interior de Cueva Mayor y, en este contexto arqueológico, se interpretan como fuegos encendidos por grupos humanos. Estas capas coinciden con fases ya documentadas de intensa ocupación de las cavidades durante el Neolítico y la Edad del Bronce.

El estudio revela así que una misma estalagmita puede conservar dos tipos de información. Por un lado, la respuesta de la cueva a los cambios ambientales y climáticos; por otro, la huella directa de quienes la habitaron o utilizaron. Las estalagmitas no sustituyen al registro arqueológico tradicional: lo complementan con una señal que los huesos y las herramientas no siempre conservan.

Por qué importa más allá de Atapuerca

El trabajo no se limita a describir láminas. Propone un sistema de clasificación basado en las características microscópicas, mineralógicas y geoquímicas de estas capas. Esa es su principal contribución: ofrecer una plantilla replicable para estudiar otros sistemas kársticos del mundo, incluso allí donde la arqueología apenas ha podido establecer cronologías precisas.

Conviene ser prudente. La interpretación del hollín como fogata humana se apoya en el contexto arqueológico previo de Cueva Mayor y no en un único marcador químico. Sin embargo, la combinación de dataciones radiométricas, microscopía electrónica y tomografía reduce la ambigüedad típica de este tipo de señales sedimentarias.

El subsuelo de Atapuerca se vuelve aún más complejo al revelar que una misma formación mineral puede guardar a la vez la respuesta del clima y la huella de quienes encendieron fuego. Mirar una estalagmita ya no es mirar una roca: es asomarse a dos archivos superpuestos. Y ese enfoque no se queda en Burgos: puede servir para interrogar cuevas de otros continentes.

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: Las láminas negras de cuatro estalagmitas de Cueva Mayor registran cambios climáticos e hidrológicos y restos de combustión asociados a presencia humana del Neolítico y la Edad del Bronce.
  • Dónde: Galerías de las Estatuas y del Silo, Cueva Mayor, sierra de Atapuerca, Burgos.
  • Institución responsable: Museo de la Evolución Humana, con publicación en Journal of Quaternary Science.
  • Cuándo: Publicado en 2026, con capas estudiadas correspondientes al Neolítico y la Edad del Bronce.
  • Impacto a futuro: Aporta un sistema de clasificación replicable para reconstruir clima y ocupación humana en otros sistemas kársticos.

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