Me resulta paradójico que, tras casi una década de gobiernos que prometían fortalecer el Estado del bienestar, la confianza en la Hacienda pública esté en mínimos históricos. Según el último análisis de Juan Ramón Rallo, casi uno de cada cuatro españoles cree hoy que todos viviríamos mejor si no pagáramos impuestos. Un dato demoledor extraído de un documento de trabajo del Instituto de Estudios Fiscales (IEF) —dependiente del Ministerio de Hacienda— que Rallo ha desgranado en su canal de YouTube con su habitual contundencia.
Un descontento fiscal que no para de crecer
Los números cantan. En 2025, el 24% de los encuestados está bastante o muy de acuerdo con la afirmación de que viviríamos mejor sin ningún tributo. Un porcentaje que, como subraya Rallo, casi duplica el 15% registrado en 2018, cuando Pedro Sánchez llegó al Gobierno tras la moción de censura. Lo más llamativo es la trayectoria: en 2019 ese rechazo al sistema tributario se desplomó al 8%, pero desde entonces ha escalado sin pausa —16% en 2020, 22% en 2021 y ahora 24%— hasta convertirse en el segundo valor más alto desde que hay registros (1997), solo superado por un pico en el año 2000 que el economista atribuye a un posible artefacto estadístico.
Paralelamente, la percepción de Hacienda como institución necesaria para la sociedad ha tocado fondo: un 79% defiende su función, el mínimo de la serie histórica, mientras que un 21% —más de uno de cada cinco— aborrece directamente al fisco. Rallo enfatiza que estos dos indicadores se mueven de forma coherente y consolidada, sin saltos aislados que puedan atribuirse a coyunturas pasajeras.
Ocho años de izquierda que no han calado
El analista recuerda que Sánchez lleva ocho años en Moncloa, seis de ellos en coalición con partidos a su izquierda: primero Podemos y después Sumar. Formaciones que basan su propuesta electoral en más y mejores servicios públicos financiados con impuestos más altos, especialmente sobre los más acaudalados. La lógica, dice Rallo, es que si esa gestión hubiera sido medianamente exitosa, los ciudadanos mostrarían ahora mayor apego al Estado proveedor. Sin embargo, la encuesta del IEF dibuja el escenario contrario: la ciudadanía se ha vuelto más escéptica hacia la utilidad de los impuestos justo bajo el mandato que más los ha reivindicado.
La paradoja de pagar más y recibir menos
Rallo sostiene que la explicación no es ideológica, sino práctica. La recaudación impositiva está en maximos historicos —con diferencia—, pero la calidad de los servicios públicos no ha mejorado en proporción; es más, podría haberse deteriorado gravemente. Enumera ejemplos: listas de espera interminables en la sanidad pública, con independencia del color político autonómico; edificios e infraestructuras cada vez más degradados y disfuncionales; una nula capacidad de respuesta del Estado ante inundaciones, incendios o la crisis migratoria; y una construcción de vivienda pública en mínimos históricos mientras el acceso a la vivienda se convierte en una de las peores crisis de la historia reciente de España.
Precisamente esa brecha entre lo que se paga y lo que se recibe alimenta el desencanto. Para Rallo, el mensaje implícito de los encuestados es muy claro: si el coste fiscal no se traduce en beneficios tangibles, cada vez más gente preferiría no pagar nada y renunciar a esos servicios.
‘Para lo poco que recibo y lo mucho que pago, más preferiría no recibir nada y tampoco pagar nada’
— Sentimiento que, según Juan Ramón Rallo, resume la postura de esos ciudadanos
Más allá de la ideología: un cálculo práctico
El economista se apresura a matizar que este fenómeno no convierte a los españoles en liberales libertarios. La mayoría, cree, no ha interiorizado una filosofía política determinada; simplemente hace un análisis coste‑beneficio y concluye que el trato no compensa. “Probablemente esas mismas personas estarían de acuerdo con pagar impuestos si recibieran más y mejor”, apunta Rallo, subrayando que la raíz del malestar es la deficiente ejecución del gasto público, no una fe inquebrantable en el Estado mínimo.
Contexto y señales de alarma
El documento de trabajo del IEF no es una encuesta aislada: se enmarca en una serie histórica que el Ministerio de Hacienda viene actualizando periódicamente. Que los datos de 2025 muestren un repunte justo cuando la presión fiscal alcanza cotas récord —la recaudación por IRPF, IVA e impuestos especiales no deja de crecer— debería encender todas las alarmas en el Ejecutivo. Además, el deterioro de los servicios públicos es un clamor social que trasciende las siglas: las quejas por las demoras sanitarias y la falta de vivienda asequible dominan las conversaciones cotidianas de millones de ciudadanos.
Implicaciones para el debate fiscal
Las cifras que desmenuza Rallo plantean una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto puede sostener un Gobierno de izquierdas un discurso de ampliación del gasto público cuando su propia base electoral empieza a dudar de que los impuestos merezcan la pena? Si casi un cuarto de la población ya prefiere un escenario sin tributos, el relato de la “pedagogía fiscal” parece haber fracasado estrepitosamente. La tendencia, además, no da señales de agotarse, lo que podría erosionar aún más el consenso en torno al Estado del bienestar y abrir paso a propuestas políticas mucho más radicales —por la derecha o por la izquierda— en futuras citas electorales.
Me atrevo a pensar que, al final, la gestión de Sánchez y sus socios está haciendo más por difundir el desencanto hacia el Estado y los impuestos que cualquier prédica liberal. La paradoja es mayúscula: un Ejecutivo que aspiraba a consolidar lo público está cosechando, según los datos que cita Rallo, un escepticismo fiscal sin precedentes en la España democrática. ¿Seguirán los partidos de izquierda ignorando esta señal de sus propios votantes?




