¿Por qué Europa no crea gigantes tecnológicos? ARM, de 32.000 a 265.000 millones, lo explica

El cofundador de ARM, Hermann Hauser, analiza en CNBC las barreras que impiden que las startups europeas escalen hasta convertirse en colosos globales, mientras su propia criatura alcanza una valoración de 265.000 millones de dólares.

Europa tiene startups. Muchas. Pero cuando miro el ranking de las mayores tecnológicas del mundo, el Viejo Continente brilla por su ausencia. ARM Holdings es la excepción que confirma la regla: nacida en Cambridge, vendida a SoftBank por 32.000 millones de dólares en 2016, hoy supera los 265.000 millones en bolsa. ¿Por qué no hay más ARMs? Hermann Hauser, cofundador de Acorn Computers —la cuna del primer chip ARM— ha intentado responder a esa pregunta en una reciente entrevista con CNBC International.

El nacimiento de un gigante: de Acorn a ARM

La historia de ARM es casi un cuento de hadas tecnológico. En los años 70, Hauser cofundó Acorn Computers y dentro de aquella empresa se diseñó un procesador revolucionario: bajo consumo, alto rendimiento, perfecto para una era que aún no existía. Aquel diseño se convirtió en el corazón de la mayoría de los smartphones que hoy llevamos en el bolsillo. La arquitectura ARM licencia sus planos a fabricantes de todo el mundo, y su presencia es ubicua en la electrónica de consumo.

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ARM se independizó de Acorn y, con el tiempo, se convirtió en la joya de la corona que SoftBank adquirió por 32.000 millones. La valoración actual, por encima de los 265.000 millones en agosto de 2026, demuestra que Europa sí puede alumbrar colosos… siempre que no los venda demasiado pronto. Hauser, que vivió el proceso desde dentro, recordó durante la conversación que la venta a SoftBank generó polémica en el Reino Unido, pero que el capital japonés permitió a ARM acelerar su expansión sin perder su esencia británica.

La eterna asignatura pendiente: ¿por qué Europa no crea colosos?

Hauser no tiene una respuesta única, pero durante la entrevista desgranó varias capas. La primera es la financiación. Las startups europeas encuentran capital semilla y de series A con relativa facilidad, pero cuando necesitan rondas de cientos de millones para escalar globalmente, el dinero escasea. El inversor lo resume con crudeza: en Europa sobra talento, pero falta ambición financiera.

El otro gran obstáculo, según su análisis, es la fragmentación del mercado. Una empresa que nace en Francia, Alemania o España se topa con barreras regulatorias y culturales que convierten la expansión intraeuropea en un laberinto. Mientras tanto, una startup de California opera en un mercado doméstico de 330 millones de personas que hablan el mismo idioma y comparten moneda.

Europa tiene el talento y la capacidad científica, pero le falta la ambición y el capital paciente para construir gigantes globales.

— Hermann Hauser, en CNBC International

El inversor explicó que no se trata solo de dinero público. La cultura europea tiende a penalizar el fracaso mucho más que la estadounidense, y ese miedo inhibe a los emprendedores a la hora de apostar fuerte por ideas disruptivas. Para Hauser, mientras el objetivo de una startup europea sea una salida rápida por 100 millones, difícilmente se creará un gigante de 200.000.

La oportunidad en la nueva ola: cuántica e inteligencia artificial

Pese al diagnóstico sombrío, Hauser se mostró optimista sobre el futuro. Considera que la próxima gran revolución —la computación cuántica y las nuevas arquitecturas de inteligencia artificial— puede reequilibrar la balanza. Europa cuenta con centros de investigación punteros, desde el Max Planck alemán hasta el ecosistema de Cambridge, y la carrera hacia el ordenador cuántico aún no tiene un dueño claro.

Como ejemplo de lo que está por venir, Hauser citó el trabajo de su propia firma de capital riesgo, Amadeus Capital Partners, que ya invierte en startups que exploran chips neuromórficos y algoritmos cuánticos. Si el continente logra canalizar el ahorro europeo hacia este tipo de proyectos, la próxima ARM podría estar gestándose ahora mismo en un laboratorio de Delft o en una spin-off de la ETH de Zúrich.

En definitiva, la historia de ARM demuestra que no es imposible. Pero para que la excepción se convierta en costumbre, Europa necesita un cambio de mentalidad tan profundo como la propia arquitectura de los chips que diseña. La pregunta que deja flotando la charla de CNBC International es si los políticos y los inversores están dispuestos a esperar veinte años para ver los resultados.

Puedes ver el análisis completo a continuación:


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