El almacenamiento de energía en Europa: la UE ultima un plan para triplicarlo en 2030

La Comisión Europea trabaja contrarreloj para cerrar un reglamento que multiplique por tres la capacidad actual de baterías y bombeo. La dependencia de crisis energéticas recurrentes acelera la búsqueda de una red más resiliente.

Europa atraviesa su tercera crisis energética en cuatro años. La dependencia de potencias externas, los picos de precios en el gas y la intermitencia de las renovables han dejado al descubierto un talón de Aquiles estructural: la falta de almacenamiento a escala continental. Ahora, la Unión Europea ultima un plan para cerrar esa brecha. Según un borrador al que ha tenido acceso OilPrice.com, el objetivo es triplicar la capacidad instalada de almacenamiento de energía para 2030. El movimiento es, en esencia, una declaración de principios: sin baterías, bombeo y otras tecnologías de respaldo, la transición energética no tiene cimientos.

La urgencia no es nueva. Ya en 2022 la Agencia Internacional de la Energía (AIE) advirtió de que el mundo necesitaría multiplicar por seis la capacidad global de almacenamiento para finales de la década si quería cumplir con los objetivos de cero emisiones netas. Pero la realidad ha ido por delante de los avisos. Una ola de calor en 2024 dejó a varios países del sur sin suficiente capacidad de bombeo para las horas punta; un año después, la desconexión abrupta de la nuclear francesa por mantenimiento obligó a importar electricidad desde Alemania y Polonia, mientras los precios mayoristas se disparaban.

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“Juramos que aprenderíamos. Prometimos que las cosas cambiarían, pero aquí estamos”, aseguró un diplomático europeo —bajo anonimato— a la BBC el pasado mes de marzo. La frase resuena entre los pasillos de Bruselas, donde cada vez más voces defienden que el almacenamiento debe dejar de ser una política complementaria para convertirse en un eje de la seguridad energética comunitaria.

El plan que maneja la Comisión Europea apunta a aumentar la capacidad de almacenamiento desde los aproximadamente 60 GW actuales hasta cerca de 180 GW en 2030, según las cifras preliminares que circulan en los documentos de trabajo. La cifra combina baterías estacionarias, sistemas de bombeo hidroeléctrico y almacenamiento térmico. Aunque el reparto por tecnologías aún está por definir, el empuje principal recaerá sobre las baterías de ion-litio y las de flujo redox, mientras el bombeo seguirá siendo la columna vertebral en países con orografía favorable como España, Austria o los nórdicos.

Bruselas quiere que el reglamento —aún sin nombre definitivo— vea la luz antes de que termine el año. La idea es que sirva de marco para agilizar permisos, armonizar estándares de conexión a red y movilizar inversión privada a través de subastas específicas. Fuentes comunitarias consultadas por OilPrice.com insisten en que el plan no se limita a fijar objetivos, sino que incluirá mecanismos de financiación mixta, con fondos del programa InvestEU y del Banco Europeo de Inversiones, para reducir el riesgo de los primeros proyectos.

Triplicar el almacenamiento en cinco años es un reto mayúsculo que exigirá tanto músculo industrial como un marco regulatorio que hoy no existe.

Por qué almacenar electricidad ya no es opcional

El almacenamiento es la llave que convierte las renovables intermitentes en electricidad firme y gestionable. Sin él, los momentos de exceso de generación —cada vez más frecuentes en primavera y otoño— se traducen en vertidos o en precios negativos que desincentivan la inversión. Y los momentos de escasez, como las tardes sin viento o las noches sin sol, siguen dependiendo de los ciclos combinados de gas, el recurso de respaldo que la UE quiere abandonar en su camino hacia la neutralidad climática.

España es un buen ejemplo de esa dualidad. Con más del 50% de la generación eléctrica cubierta por fuentes renovables, el sistema peninsular registra cada vez más horas con precios cero en el mercado mayorista, al tiempo que sufre picos de hasta 200 €/MWh cuando la demanda supera a la oferta. La capacidad de almacenamiento actual —unos 8 GW, casi todo en bombeo— resulta insuficiente para absorber las puntas de producción fotovoltaica en los meses centrales del año. De ahí que el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) contemple llegar a los 22 GW de almacenamiento en 2030, un objetivo muy ambicioso que ahora encaja como un guante en la estrategia comunitaria.

A escala europea, el diagnóstico es similar. La Agencia de la Unión Europea para la Cooperación de los Reguladores de la Energía (ACER) estima que, para 2030, harán falta entre 200 y 250 GW de capacidad de almacenamiento solo para mantener la estabilidad de la red, una cifra aún superior a la que baraja el plan actual. La diferencia se explica por las metodologías de cálculo y por el debate —no resuelto— sobre cuánto almacenamiento debe ser estacionario y cuánto puede descansar en baterías de vehículos eléctricos o en la gestión de la demanda.

No obstante, el reto no es exclusivamente tecnológico. Las cadenas de suministro de baterías siguen dominadas por China, que controla más del 70% de la producción mundial de celdas y el 90% de las materias primas refinadas. La UE aspira a reducir esa dependencia a través de alianzas con Australia y Chile para el litio, y con Marruecos para el cobalto, pero los plazos de la geopolítica no siempre coinciden con los del clima.

plan almacenamiento UE

Análisis: ¿llega la UE demasiado tarde al almacenamiento?

El plan de triplicar la capacidad de almacenamiento es, sin duda, necesario. Pero la pregunta que sobrevuela los despachos de Bruselas es si llega con el margen suficiente. China ya ha instalado más de 100 GW de almacenamiento en baterías, según datos de la Administración Nacional de Energía china, y Estados Unidos avanza a buen ritmo gracias a los incentivos de la Ley de Reducción de la Inflación. Europa, mientras, aún discute las definiciones técnicas de “almacenamiento de larga duración” mientras los primeros proyectos se enfrentan a años de trámites.

La paradoja europea es conocida: se ha fijado el objetivo renovable más ambicioso del mundo, pero ha tardado en dotarse de las herramientas de flexibilidad que ese objetivo exige. El reglamento que se ultima intenta corregir ese desfase, pero su impacto dependerá de la velocidad con que los Estados miembros lo transpongan a sus legislaciones nacionales y de la rapidez con que los promotores consigan financiación. Los precedentes no invitan al optimismo: la directiva de energías renovables de 2023 tardó más de un año en aplicarse plenamente en la mayoría de países.

Sin embargo, hay razones para pensar que esta vez es distinto. La crisis de precios de 2022 y los episodios de inestabilidad de red de los últimos años han calado en la opinión pública. El almacenamiento ya no se ve como un capricho ecologista, sino como una solución de seguridad económica y de contención de precios. Grandes grupos industriales —desde siderúrgicas hasta fabricantes de automóviles— están presionando a sus gobiernos para que garanticen un suministro eléctrico estable y barato. Esa presión, más el posible respaldo financiero del BEI, podría acelerar los proyectos.

El verdadero test llegará en los próximos doce meses. Si la UE aprueba el reglamento antes de fin de año y los primeros esquemas de apoyo ven la luz en el primer semestre de 2027, la curva de capacidad instalada podría despegar a tiempo para cumplir los objetivos de 2030. Si, por el contrario, las negociaciones se enquistan y los Estados miembros recortan las ambiciones iniciales, la brecha entre la generación renovable y la capacidad de almacenarla se agrandará aún más. En ese escenario, las crisis energéticas que parecían coyunturales se convertirían en un problema estructural difícil de manejar.


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