He seguido de cerca los litigios que envuelven a grandes colecciones de arte, y el caso de Tracey Amon contra el art advisor Sandy Heller es uno de los más reveladores sobre el poder que estos asesores ejercen en los patrimonios UHNWI.
Tracey Amon presentó el pasado 25 de julio una solicitud en el Tribunal de Distrito de los Estados Unidos para el Distrito Sur de Nueva York para citar a Sanford “Sandy” Heller. Heller, considerado posiblemente el mayor art advisor del mundo, asesora a figuras como Roman Abramovich y Steve Cohen. La petición busca que Heller entregue todos los documentos relacionados con la valoración de la colección de su difunto marido, Maurice Alain Amon, heredero de la empresa SIPCA —fabricante de tintas para imprimir moneda—, fallecido en 2019 en Saint Tropez con un patrimonio estimado en unos 600 millones de dólares en activos y participaciones empresariales.
La pareja se casó en Hong Kong en 2008 sin contrato matrimonial. Maurice solicitó el divorcio en 2015 sin informarle, según la demanda, y trasladó de forma secreta una veintena de obras valoradas en 25 millones de dólares desde su residencia en Nueva York. Tras años de litigios en Mónaco —donde Tracey obtuvo una pensión de unos 123.000 dólares mensuales y una suma global de 1,3 millones—, la batalla legal se desplazó a Suiza. Allí, el administrador del caudal hereditario, Olivier Weniger, elaboró un inventario en diciembre de 2025 con un informe de KPMG sobre la valoración de las obras de Artmon, la sociedad instrumental registrada en las Islas Vírgenes Británicas que las albergaba.
La revelación más impactante de la petición judicial es la valoración realizada por Heller. Según la solicitud, el asesor reportó pérdidas de capital de 33,4 millones de euros y plusvalías latentes de 7,5 millones de euros, lo que arroja una minusvalía neta de unos 26 millones de euros (aproximadamente 29,6 millones de dólares) en 2019. El documento oficial subraya con énfasis que “no existe una lista de las obras que Heller examinó, no se aporta metodología alguna ni se informa de cuándo realizó la evaluación”.
La opacidad de esa cifra es el núcleo del caso. Tracey Amon exige ahora el informe completo de valoración, la lista de obras analizadas, los comparables considerados, la metodología empleada y toda la correspondencia relevante. También reclama cualquier documentación sobre ventas, compras, consignaciones, inventarios y facturas que Heller hubiera gestionado para Artmon o para la herencia de Maurice Amon. El tribunal aún no ha respondido.
La valoración de una colección de arte no es un ejercicio técnico: es el instrumento que determina quién hereda cuánto.
La valoración opaca, un riesgo sistémico para las grandes fortunas
El litigio Amon trasciende lo personal. Pone en evidencia que los asesores de arte pueden convertirse en los árbitros silenciosos del valor de herencias que superan los 500 millones de dólares. Cuando no existe una metodología contrastable, el margen para minusvalorar —o sobrevalorar— una colección con fines de planificación fiscal o sucesoria es inmenso. En el ámbito del art advisory de altísimo nivel, donde se manejan clientes con patrimonios de nueve y diez dígitos, una diferencia de 30 millones de dólares puede redefinir por completo el reparto de un caudal hereditario. Los abogados de Tracey Amon insisten en que la minusvalía de 30 millones de dólares es sospechosa y que, sin acceso a los comparables y al listado de obras, resulta imposible contrastarla.
El problema se agrava por la ausencia de un regulador específico. A diferencia de los gestores de activos financieros, los art advisors no están sujetos a estándares fiduciarios uniformes ni a obligaciones de divulgación pública. Su trabajo, basado en relaciones personales y confianza, se vuelve una caja negra precisamente en el momento en que más transparencia se necesita: el litigio sucesorio. La petición de Tracey Amon es, en esencia, una demanda de rendición de cuentas que pocas veces llega a los tribunales.
El rol del art advisor como divisor de fortunas
Llevo años observando cómo los grandes patrimonios integran el arte en su planificación patrimonial, y la figura del asesor suele presentarse como un aliado imprescindible. En el caso de Maurice Amon, esa alianza se fraguó en 2013, cuando Heller empezó a asesorarle. La confianza depositada en él fue tan alta que su valoración se convirtió en la base de un informe de KPMG que determinó la pérdida de valor de las obras. Sin un escrutinio independiente, el asesor pasa de ser un facilitador de mercado a un verdadero partícipe en la definición de la cuota hereditaria.
El precedente que establezca el tribunal de Nueva York será seguido de cerca por family offices y abogados especializados. Si se ordena la entrega de la documentación, se podría sentar un estándar de facto sobre la exigibilidad de informes de valoración auditables en litigios con arte. De lo contrario, los asesores seguirán operando en un entorno de opacidad que, como demuestra este caso, puede costar decenas de millones.
💎 Veredicto Wealth
Para los grandes patrimonios con exposiciones relevantes en arte, la transparencia en la valoración es un activo de preservación de capital tan importante como la propia obra. Exija a su asesor metodologías documentadas y revisables; si su colección forma parte de la planificación sucesoria, la auditoría externa no es un lujo.




