El documental sobre el asesino en serie que aterrorizó a la Nueva York gay y que arrasa en HBO Max

Un depredador se movió durante casi una década por la noche gay de Nueva York sin que nadie lo detuviera. La docuserie que reconstruye el caso lleva semanas entre lo más visto de Max y tiene una explicación muy concreta.

En Max hay un documental que no necesita efectos especiales para ponerte los pelos de punta: solo hechos reales, testimonios directos y un asesino que operó durante casi una década sin levantar sospechas. Se llama Última llamada: el asesino en serie de la Nueva York queer y, aunque se estrenó hace un tiempo, ha vuelto a colarse entre lo más comentado de la plataforma.

La razón no es casual. El true crime lleva años siendo el género que más engancha en streaming, pero pocas producciones logran combinar el suspense de una investigación policial con una radiografía social tan incómoda como necesaria. Esta lo consigue.

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Max desentierra un caso que la policía casi dejó morir

La serie recupera el caso del llamado «asesino de la última llamada», que entre 1991 y 1993 atacó a hombres homosexuales en Nueva York, Nueva Jersey y Pensilvania. Su método era tan meticuloso como escalofriante: elegía a sus víctimas en bares de piano de Manhattan, las asesinaba, las descuartizaba y distribuía los restos en bolsas de basura a lo largo de autopistas.

Lo más perturbador no es solo la crueldad del crimen, sino la lentitud de la respuesta institucional. Durante años, la investigación avanzó a paso de tortuga mientras la comunidad gay de la ciudad enterraba a sus muertos casi en silencio.

Por qué nadie detuvo al asesino durante años

Youtube video

En Max se puede rastrear un patrón que se repite en varias producciones de true crime de la plataforma: casos que quedaron sin resolver durante décadas por prejuicios institucionales. Aquí el contexto histórico es clave, porque los asesinatos coincidieron con el momento más duro de la crisis del sida y con un clima de homofobia que desincentivaba a las víctimas y testigos a acudir a la policía.

La docuserie conecta ese silencio con el trabajo de organizaciones como ACT UP, el grupo de activismo fundado en 1987 en Nueva York que presionó a instituciones y medios para visibilizar tanto la epidemia como los crímenes de odio contra la comunidad LGTB. Sin esa presión social, apuntan varios entrevistados, el caso probablemente habría quedado enterrado para siempre.

La tecnología forense que resolvió el caso una década después

El giro llega en el año 2001, cuando un avance en técnicas forenses permite identificar huellas dactilares en las bolsas de plástico usadas para envolver a las víctimas. Ese hallazgo, ocho años después del último crimen conocido, conduce directamente al arresto de Richard Rogers, enfermero de profesión y sospechoso desde hacía tiempo.

La reconstrucción del proceso judicial es uno de los puntos fuertes de la serie. No dramatiza en exceso ni recurre a recreaciones baratas; se apoya en documentación real, entrevistas a investigadores y, sobre todo, en las voces de quienes conocieron a las víctimas.

Un true crime que pone a las víctimas en el centro

La mayoría de los documentales de crímenes reales caen en la tentación de convertir al asesino en protagonista absoluto. Aquí ocurre justo lo contrario: el foco está en quiénes eran las víctimas, en sus vidas antes del crimen y en el vacío que dejaron.

Ese enfoque explica en buena parte por qué la crítica especializada la ha recibido tan bien, con menciones destacadas a su tratamiento respetuoso del contexto histórico y su negativa a explotar la violencia con fines morbosos.

Entre los elementos que la distinguen de otros true crime del catálogo destacan:

  • Cuatro episodios de ritmo ajustado, sin relleno innecesario.
  • Entrevistas con investigadores originales del caso y periodistas que lo cubrieron en su momento.
  • Contexto histórico riguroso sobre la crisis del sida y la homofobia institucional de los noventa.
  • Un tratamiento que evita la revictimización y prioriza la memoria de los fallecidos.

Por qué este tipo de true crime seguirá triunfando en 2026

El género de crímenes reales no da señales de agotamiento, y Max sigue apostando fuerte por este formato porque conecta con una audiencia que busca algo más que sustos fáciles. La combinación de rigor periodístico, contexto social y ritmo televisivo parece ser la fórmula que mejor funciona ahora mismo.

Si te enganchó esta docuserie, lo más probable es que el catálogo te tenga preparadas más sorpresas similares, casos que combinan investigación policial con relatos sobre comunidades que tuvieron que luchar el doble para que se les hiciera justicia. Una tendencia que, todo indica, seguirá creciendo en los próximos meses.


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