Hay una cámara acorazada a 35 metros bajo el suelo de Madrid que guarda la mayor concentración de valor por metro cuadrado de toda España. No está bajo La Cibeles, como cree la mitad de los madrileños, sino bajo el Patio de Operaciones del Banco de España, en la esquina de Alcalá con Paseo del Prado. La construyeron entre 1932 y 1935 con 260 obreros que extrajeron 22.000 metros cúbicos de tierra, la protegieron con una puerta acorazada de 16 toneladas que se inunda de agua si alguien intenta forzarla, y le pusieron dentro lo que en este momento vale, solo en oro físico, más de 22.000 millones de euros.
En MERCA2 lo describimos en detalle hace unos años. Vale la pena releerle. Pero desde entonces ha pasado algo que cambia radicalmente la perspectiva del relato: el oro se ha disparado un 65% solo en 2025, hasta rozar los 4.350 dólares la onza, y en los primeros meses de 2026 ha seguido subiendo. Lo que en 2021 valía algo menos de 10.000 millones de euros vale hoy más del doble. Y lo que Zapatero vendió en 2007 diciendo que «ya no era una inversión rentable» valdría hoy entre 25.000 y 35.000 millones de euros dependiendo del momento en que se calcule.
Pero vayamos por partes, porque la historia del oro español tiene más capas que un relato de intriga internacional. Porque en realidad lo es.
Lo que hay ahí abajo: un Museo del Prado con activos de reserva
La cámara del Banco de España no guarda solo oro. Guarda 9,054 millones de onzas troy de oro fino —equivalentes a unas 281 toneladas— que el World Gold Council sitúa en el puesto 18 del ranking mundial de tenencias de bancos centrales. Para que te hagas una idea de la escala: España tiene menos oro que Kazajistán, menos que Portugal, y mucho menos que la India. Eso no es un accidente de la historia. Es el resultado de decisiones políticas documentadas que analizaremos más adelante.
Pero el oro es solo la mitad de la historia. El Banco de España cerró 2025 con reservas totales —oro más divisas— valoradas en más de 94.000 millones de euros. El mayor registro de la serie histórica que publica el supervisor desde 1999. Y eso sin haber comprado ni un gramo adicional de oro en años: el aumento de valor es puramente consecuencia del rally del metal precioso en los mercados internacionales.
Lo que hay físicamente en esa cámara de 2.500 metros cuadrados, además de los lingotes, es algo que haría palidecer al director de cualquier museo nacional. Ocho cuadros de Francisco de Goya, algunos encargados directamente al pintor por el propio Banco. El retrato de Francisco de Cabarrús, el de Carlos III, el del Conde de Altamira, el del Conde de Floridablanca: cada uno podría alcanzar los seis millones de euros en subasta. Hay también un Sorolla, un Zuloaga, varios Picasso, Tàpies y Antonio Saura. Y más de medio millón de monedas que conforman una colección numismática que compite con las mejores del mundo, construida sobre los restos de lo que quedó —muy poco— después de que la República enviara el grueso del tesoro nacional a Rusia en 1936.
Las 13 arras de la boda de los actuales Reyes de España salieron de esa colección. Entre ellas, una moneda de dos escudos de Carlos IV de 1794 valorada en hasta 1.800 euros, y un excelente de los Reyes Católicos acuñado en Toledo en 1497 que puede valer 1.500. Pequeñas joyas de una historia muy grande.
Y hay, como detalle que merece su propio párrafo, 250 billetes falsos guardados en custodia. Porque la colección de billetes españoles es tan minuciosa que incluye las falsificaciones como testimonio histórico. Algunos de los billetes originales del siglo XVIII llevaban inscrita una advertencia que resume perfectamente la filosofía de la institución: «Pena de muerte al falsificador.» Ninguno acabó en el garrote. El mensaje intimidatorio era, al parecer, tan efectivo como decorativo.

El oro que fue a Moscú: la historia que LATAM cuenta mal
Aquí está el equívoco histórico más persistente del relato del oro español. Cada cierto tiempo, desde México a Bolivia, algún político latinoamericano saca pecho exigiendo la devolución del «oro que España se llevó» durante la colonización. Es un argumento electoralmente rentable y históricamente impreciso en casi todo.
El oro colonial español —el de los galeones, el de Potosí, el de las minas del Nuevo Mundo— lleva tres o cuatro siglos disperso por el sistema financiero europeo. Buena parte se gastó en las guerras de los Habsburgo contra ingleses, holandeses y franceses. Otra parte acabó en los bolsillos de los banqueros genoveses que financiaban a la Corona. Lo que quedó en España fue relativamente poco, y lo que quedó poco llegó al siglo XX en las cajas del Banco de España. Los latinoamericanos que exigen su oro no lo están buscando en Madrid. Lo están buscando en Londres, Ámsterdam y Génova. Y llegaron tarde por unos cuatrocientos años.
El episodio que realmente tiene que ver con Rusia es otro. En octubre de 1936, con la Guerra Civil en marcha y el Gobierno republicano necesitado urgentemente de armas y suministros para resistir el alzamiento militar, el ministro de Hacienda Juan Negrín firmó un decreto —avalado por el presidente Manuel Azaña— por el que 510 toneladas de oro salían del depósito de la Algameca, en Cartagena, con destino al puerto soviético de Odesa. El cargamento iba en 7.800 cajas. «15.571 talegas con monedas de oro de diferentes valores y acuñaciones de diversos países, 64 lingotes de oro y cuatro paquetes de oro en virutas», según el documento de entrega.
La URSS recibió el oro, lo vendió, y entregó armas, instructores militares y material de guerra. No fue un robo. Fue un pago. Los historiadores Ángel Luis Viñas y Pablo Martín Aceña llevan décadas documentando que el oro fue efectivamente gastado en lo que se compró con él, y que no hay ninguna cantidad pendiente de devolución porque no hay ninguna cantidad que la URSS —ni Rusia después— deba. Esas 510 toneladas al precio actual equivaldrían a más de 65.000 millones de euros. Se esfumaron para financiar una guerra que se perdió de todas formas. Ningún Gobierno español ha conseguido ni un lingote de vuelta. Y muy pocos lo han intentado en serio.
La gran venta de Zapatero: «El oro ya no es rentable»
Aquí llegamos a la parte que, con la perspectiva de 2026, resulta casi imposible de narrar sin que duela. No porque sea un escándalo en el sentido penal —fue una decisión legal, transparente y autorizada— sino porque el timing fue tan catastrófico que resulta difícil de explicar sin recurrir al humor negro.
Entre 2004 y 2007, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, con Pedro Solbes como ministro de Economía, vendió aproximadamente 241-244 toneladas de oro de las reservas del Banco de España. Lo hizo en dos tandas. La primera, entre agosto de 2005 y julio de 2006: unas 106 toneladas por las que ingresó 1.507 millones de euros. La segunda, entre marzo y julio de 2007: 133 toneladas adicionales por las que obtuvo algo más de 2.180 millones. Total: alrededor de 3.700 millones de euros ingresados. Total de oro vendido: casi la mitad de las reservas nacionales.
El precio de la onza en aquellas fechas oscilaba entre los 600 y los 1.000 dólares.
Hoy, la onza cotiza por encima de los 4.300 dólares. En algunos momentos de 2026 ha tocado los 4.600 y se ha hablado de niveles de 5.500 en la primera mitad del año.
Las 241 toneladas vendidas valdrían hoy, con precio conservador, entre 25.000 y 35.000 millones de euros. España las vendió por 3.700 millones. La diferencia, dependiendo del precio que uses para el cálculo, es de entre 14.000 y 32.000 millones de euros. Suficiente para duplicar la inversión anual en vivienda pública durante quince años. Suficiente para eliminar la brecha de financiación sanitaria de varias comunidades autónomas. Suficiente para no tener que discutir con nadie sobre quién paga qué en los presupuestos del Estado.
Solbes dijo en su momento: «El objetivo es vender el oro, un activo que jugó un papel fundamental como elemento de reserva pero que está desapareciendo, ya que no es un activo rentable.» El mismo Solbes que meses después diría que la burbuja inmobiliaria no iba a pinchar y que los efectos de la crisis hipotecaria estadounidense tendrían un «impacto relativamente pequeño en la economía española». El hombre que no vio venir la mayor crisis económica española del siglo XXI tampoco vio venir el mayor rally del oro de la historia moderna. Hay que reconocerle una consistencia analítica notable.
España pasó de tener más de 525 toneladas de oro —las cuartas reservas del mundo en su día— a tener 281, por debajo de Portugal, por debajo de Polonia y muy lejos de cualquier economía comparable de la zona euro. Las ventas se realizaron en el marco del Central Bank Gold Agreement, un pacto europeo para coordinar ventas de bancos centrales y evitar perturbaciones de mercado. Alemania no vendió. Francia no vendió. Italia no vendió. España vendió casi la mitad de lo que tenía.
Lo que queda: el oro que no se vendió y vale el doble
La buena noticia, si es que puede llamarse así al hecho de no haber rematado lo que quedaba, es que las 281 toneladas actuales se han revalorizado de forma espectacular. El Banco de España cerró 2024 con la partida de «tenencias de oro y derechos de oro» valorada en 22.734 millones de euros. A los precios de principios de 2026, con la onza por encima de los 4.300 dólares, esa partida supera claramente los 30.000 millones.
Zapatero vendió 241 toneladas de oro por 3.700 millones, Hoy valdrían entre 25.000 y 35.000 millones de euros
El oro físico sigue repartido entre cuatro custodios. La mayor parte está en Madrid, en esa cámara de 2.500 metros cuadrados que abrió en 1935. Una parte se custodia en la Reserva Federal de Nueva York. Otra en el Banco de Inglaterra en Londres. Y una cantidad en el Banco de Pagos Internacionales en Basilea. La diversificación geográfica responde a la lección aprendida en 1936: cuando el metal está todo en un mismo lugar y la situación política se complica, es muy fácil que alguien decida que hay razones urgentes para moverlo.
El Banco de España no ha comprado ni un gramo de oro adicional desde 2007. El aumento de valor de las reservas es cien por cien precio de mercado, cero por cien decisión de inversión. Lo cual, irónicamente, significa que el Banco de España ha sido más rentable con su oro en los últimos dos años que durante los veinte anteriores sin hacer absolutamente nada.
La gran pregunta que nadie responde
Hay algo que los libros de historia, los informes del Banco de España y los artículos sobre el tesoro de la cámara acorazada tienden a omitir. Cuando los Gobiernos —el republicano en 1936, el socialista en 2007— deciden qué hacer con las reservas de oro del Estado, lo hacen con dinero que pertenece colectivamente a todos los ciudadanos. No es el capital personal de nadie. Es la garantía última de la economía nacional.
Y sin embargo, las decisiones se toman sin referéndum, sin debate parlamentario sustancial, sin que los ciudadanos tengan siquiera la posibilidad de formarse una opinión informada sobre lo que está ocurriendo. La República envió 510 toneladas a Moscú en 1936. Zapatero vendió la mitad de lo que quedaba en 2007. En ambos casos, la prensa tardó en contar la historia completa. En ambos casos, la rendición de cuentas fue mínima. En ambos casos, las consecuencias las pagó el contribuyente durante décadas.
Bajo La Cibeles —o más exactamente, bajo el Patio de Operaciones del Banco de España— hay hoy 22.000 millones en oro, ocho Goyas, medio millón de monedas y 250 billetes falsos en custodia. Es un tesoro extraordinario que ningún español puede visitar y del que ningún Gobierno ha rendido cuentas reales en mucho tiempo.
El país que lo custodia es el mismo que vendió la mitad de su oro al precio mínimo histórico porque alguien creyó que ya no era rentable.
Para entonces, los chinos ya llevaban años comprando todo el oro que encontraban.




