La tasa de inflación interanual de la eurozona se ha situado en julio en el 2,9%, una décima por encima del registro de junio. Una décima puede parecer poca cosa en un gráfico de líneas, pero ha bastado para cambiar por completo el tono de los analistas. El dato preliminar de Eurostat devuelve al BCE a la casilla de salida y presiona de lleno a la renta fija europea.
El encarecimiento de la energía es el principal culpable. Según la lectura publicada por Eurostat el viernes 31 de julio, el componente energético del IPC se disparó un 10% interanual, frente al 8,5% de junio. Los alimentos frescos moderaron su avance al 2,5%, seis décimas menos que el mes anterior, pero los bienes industriales no energéticos pasaron del 0,7% al 0,9% y los servicios repuntaron una décima, hasta el 3,3%.
La imagen que dibuja la letra pequeña es la de una inflación que se resiste a bajar del 2% de forma estructural. Sin energía, los precios suben al 2,2%, lo mismo que en junio. Y la tasa subyacente, la que excluye energía, alimentos frescos, alcohol y tabaco, escaló al 2,5% desde el 2,4% anterior. Son niveles que no se veían desde el otoño de 2023.
El desglose del IPC de julio: energía y servicios, los culpables
Entre los Veintiuno, Lituania registró la mayor subida interanual (5,6%), seguida de Bulgaria (4,1%) y Chipre (4%). En el otro extremo, Estonia y Malta contuvieron el avance en el 2% y el 2,1%, respectivamente.
España volvió a destacar por el lado negativo. La tasa armonizada se situó en el 3,8%, la más alta entre las grandes economías del euro. Francia se quedó en el 2,4%, Alemania en el 2,8% e Italia en el 2,9%. El diferencial desfavorable para España respecto al promedio de la zona euro se amplió a nueve décimas, una más que en junio.
Este diferencial no es solo estadística. Cada décima adicional que separa el IPC español del alemán encarece el coste relativo de la deuda y presiona la prima de riesgo. En el escenario actual, con el BCE en modo restrictivo, esa brecha importa.
Los analistas anticipan una subida de tipos en septiembre
Bert Colijn, economista de ING Research, advierte de que el dato de julio refleja solo parcialmente el impacto del petróleo. El mes comenzó con el memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán todavía vigente, por lo que el efecto de la escalada bélica fue relativamente moderado. “El dato de inflación de agosto será significativamente mayor si los precios del petróleo se mantienen en torno a sus niveles actuales”, apuntó.
Colijn no se anda con rodeos: “El BCE se mantiene en alerta máxima y, en las condiciones actuales, es probable que vuelva a subir los tipos de interés en septiembre”. La misma línea mantiene Nicola Nobile, de Oxford Economics, para quien la inflación energética, sumada a un PIB del segundo trimestre que creció un 0,4%, hace “cada vez más probable” un alza.
La combinación de IPC al 2,9%, subyacente al 2,5% y PIB resistente deja al BCE sin excusas para no apretar el gatillo en su cita del 15 de septiembre.
La resistencia de la economía complica el dilema del Consejo de Gobierno. La actividad no se enfría lo suficiente como para confiar en que la inflación cederá por sí sola, y la tensión en Oriente Próximo añade una prima de riesgo energética difícil de modelar en las proyecciones trimestrales.

Lectura Merca2: el BCE, entre la espada y la pared
El BCE lleva meses repitiendo que tomará las decisiones “reunión a reunión” y “en función de los datos”. Julio le ha entregado justo la clase de dato que justificaría una pausa si fuera bueno y que obliga a actuar si es malo. Cabe recordar que la inflación subyacente no baja del 2,4% desde abril de 2024. Ese suelo pegajoso, si se consolida, cuestiona de lleno el marco de política monetaria que el BCE dibujó en su última revisión estratégica.
En mi lectura, la clave no está solo en la energía. Los servicios suben al 3,3% y llevan tres meses sin dar tregua. Eso habla de inflación de segunda ronda, de salarios que se trasladan a precios y de márgenes empresariales que no ceden. Es el tipo de dinámica que a Fráncfort le quita el sueño.
España añade un factor diferencial. Con un IPC armonizado en el 3,8%, la economía española pierde competitividad-precio frente a sus socios, mientras la deuda se financia a tipos que el BCE fija para el promedio de la zona euro. El Tesoro, en sus últimas subastas, ya ha notado el encarecimiento. Si el BCE sube tipos en septiembre —y todo apunta a que lo hará—, el coste de financiación de las Letras y los Bonos del Estado escalará otro escalón.
A mi juicio, el BCE no tiene margen para esperar a octubre. Septiembre es la cita. La cuestión es cuánto: 25 puntos básicos parece el movimiento base, pero si el IPC de agosto supera el 3%, no descarto un debate más agresivo sobre 50 puntos básicos. Eso sí, una subida doble pondría contra las cuerdas al Euríbor y, por extensión, a los hipotecados españoles, justo cuando el mercado inmobiliario empezaba a normalizarse.
El riesgo de fondo es que la guerra en Oriente Próximo se cronifique y los precios del crudo no retrocedan. Si el barril de Brent se mantiene por encima de los 100 dólares, la inflación energética se filtrará a todos los componentes en el cuarto trimestre. El BCE, en ese escenario, tendrá que elegir entre enfriar la economía a toda costa o asumir que el 2% no volverá hasta bien entrado 2028.
Veredicto Merca2
Cotización al cierre: El IBEX 35 cerró la última sesión de julio con un descenso moderado, en línea con el resto de plazas europeas. El selectivo español cedió en torno a un 0,3%, lastrado por los bancos, muy sensibles al ciclo de tipos. Las energéticas, en cambio, aguantaron el tipo gracias a la escalada del crudo.
Clave técnica: El bono español a 10 años cerró el viernes en el 3,45%, con la prima de riesgo en 92 puntos básicos. Si el BCE confirma la subida en septiembre, la referencia podría atacar el 3,60% y la prima superar los 100 puntos básicos. Sería el nivel más alto desde mayo de 2026.
Apunte macro: La deuda soberana europea se ha revalorizado a la baja toda la semana. El bund alemán cotiza ya al 2,55%, pero la ampliación de diferenciales periféricos es el dato relevante: Italia paga 3,70% y España 3,45%. La fragmentación financiera, ese viejo fantasma de la eurozona, asoma la cabeza.




