He seguido con atención la sesión asiática de este viernes 24 de julio: el crudo Brent ha tocado los 100 dólares por barril, el yen se ha acercado peligrosamente a las 164 unidades por dólar y el Sensex indio se ha desplomado más de 700 puntos. La tensión en Oriente Medio está desatando una tormenta perfecta que ya está recalibrando tanto los mercados de divisas como las expectativas de inflación en Europa.
El Brent en 100 dólares y el yen en 164: las cifras que agitan Asia
La escalada del crudo se ha precipitado por los enfrentamientos renovados en la región del Golfo Pérsico y el temor a interrupciones en el estrecho de Hormuz. El Brent ha superado la barrera psicológica de los 100 dólares por primera vez desde el pico inflacionista de 2024, mientras que el West Texas Intermediate (WTI) cotiza en torno a los 97 dólares.
En Tokio, la debilidad del yen se ha agravado: el dólar ha llegado a cambiarse a 163,80 yenes en la sesión matinal, una depreciación del 0,6% que acerca la divisa a niveles no vistos en cuatro décadas. La combinación de unos tipos de interés japoneses todavía ultrarrápidos — el Banco de Japón mantiene la tasa de referencia en el 0,25% — y el aumento en los precios del petróleo está incrementando la factura de las importaciones niponas. De hecho, Japón se ha convertido en importador neto de petroquímicos por primera vez en años, un lastre adicional para la balanza comercial.
Los datos clave de la sesión son elocuentes:
- Brent: 100,20 dólares por barril al cierre provisional asiático, un 2,7% más que ayer.
- USD/JPY: 163,85, con el yen habiendo cedido más de un 8% en lo que va de año.
- Sensex: caída de 715 puntos (1,2%), arrastrado por el temor a que el encarecimiento del crudo dispare los costes de producción y reduzca los márgenes empresariales en India.
- Rentabilidad del bono japonés a 10 años: asciende al 0,90%, su nivel más alto desde 2013, en respuesta a las presiones inflacionistas importadas.
Los mercados asiáticos han cerrado con un tono generalizado de aversión al riesgo. El Nikkei 225 ha perdido un 0,8%, mientras que el Hang Seng de Hong Kong ha restado un 1,3% y el KOSPI surcoreano ha cedido un 0,6%. El detonante no es solo el petróleo: la inminente entrada en vigor de nuevos aranceles estadounidenses — los llamados “forced labor duties” que sustituyen a las tarifas temporales del 10% — ha añadido más incertidumbre a las cadenas de suministro globales.
No es la primera vez que el yen y el petróleo se alían para poner contra las cuerdas a la economía japonesa: en 2014 el debilitamiento de la moneda frente a un crudo en máximos obligó al Banco de Japón a ampliar su programa de estímulo para contrarrestar el impacto. Esta vez, sin embargo, la inflación ya está por encima del objetivo y cualquier intervención cambiaría elevaría el riesgo de una espiral de tipos que el país no puede asumir.
Además, los nuevos aranceles estadounidenses contra productos fabricados con trabajo forzoso entran en vigor justo hoy, reemplazando las tarifas temporales del 10%. Varias marcas europeas de textil y electrónica que dependen de proveedores en Asia se verán obligadas a reconfigurar sus cadenas de suministro o a asumir sobrecostes que podrían trasladarse al consumidor final en plena campaña de rebajas.
Análisis: un cóctel inflacionista que trasciende fronteras
Lo que observo en esta secuencia es un círculo vicioso con varios frentes abiertos. El petróleo a 100 dólares ya no es solo una llamada de atención: es un acelerador de la inflación en economías fuertemente dependientes de la energía importada, tanto en Asia como en Europa. Japón, con su política monetaria aún expansiva, ve cómo el yen se deprecia justo cuando más caro le sale el barril, una combinación que eleva los precios internos y pone en un aprieto al gobernador Kazuo Ueda. Si el yen perfora las 164 unidades con convicción, la presión para una intervención del Ministerio de Finanzas será casi insoslayable.
En paralelo, el desplome del Sensex no es un episodio aislado: India es un gran consumidor de crudo y sus empresas ven erosionarse los márgenes. La Reserva Federal y el BCE, que ya lidian con la persistencia de la inflación subyacente, encontrarán en el barril caro un argumento para posponer los recortes de tipos. De hecho, los futuros de los fondos federales ya descuentan solo una bajada en lo que queda de 2026, y el Euríbor a un año podría repuntar algunas décimas si la escalada del crudo se traslada a las expectativas de inflación.
Hay una contradicción que los datos no resuelven: si la demanda china de petróleo sigue débil, ¿podrá el Brent mantenerse por encima de los 100 dólares sin que los recortes de la OPEP+ sean más drásticos? Por ahora, la prima de riesgo geopolítico está cubriendo ese bache, pero cualquier enfriamiento en Oriente Medio podría desinflar el precio con la misma rapidez con la que ha subido.
🌐 El efecto dominó en Occidente
Para la economía española y la eurozona, el impacto más inmediato se dejará sentir en los surtidores y en la factura de calefacción el próximo invierno. Cada subida de 10 dólares en el crudo añade, según estimaciones del Banco de España, alrededor de 0,2 puntos porcentuales al IPC general. Si el Brent se estabiliza en la cota de los 100 dólares, la inflación española podría superar el 3% a cierre de año, complicando la senda de desescalada de tipos que el BCE venía esbozando.
Las empresas europeas con alta intensidad energética, como las químicas y las siderúrgicas, verán presión en sus márgenes, y el propio Eurostoxx 50 podría abrir a la baja este viernes arrastrado por los fabricantes de automóviles expuestos a los aranceles. Para el Euríbor, la lectura es clara: un repunte de las expectativas inflacionistas retrasará los recortes del BCE y mantendrá las hipotecas variables más tiempo en la zona alta.
Las españolas Repsol y Cepsa podrían beneficiarse de los altos márgenes de refino, pero las gasolineras verán una demanda más cauta. Mientras, los fabricantes de componentes para automóviles, como Gestamp, sufrirán si el temor arancelario enfría las exportaciones a Estados Unidos. En definitiva, Asia nos envía hoy un mensaje incómodo: la calma de los precios se ha terminado y toca prepararse para un otoño caliente.




