La izquierda se despereza en materia mediática con un proyecto ilusionante y tardío, La Séptima

Hay una conocida reflexión atribuida al pastor Martin Niemöller que resume como pocas el precio de la indiferencia: primero fueron a por unos, luego a por otros y, cuando llegaron a por ti, ya no quedaba nadie para defenderte. Salvando todas las distancias históricas, la izquierda institucional española parece haber descubierto demasiado tarde, véase el saludable nacimiento de una televisión privada progresista, La Séptima, que la batalla mediática también existe y que ignorarla tiene consecuencias políticas.
Durante años, cuando Podemos denunciaba un ecosistema mediático hostil, cuando dirigentes del independentismo catalán hablaban de una justicia politizada o de un Estado profundo alineado con posiciones conservadoras, el PSOE optó por disfrazarse de partido de Estado. Prefirió la moderación discursiva, desmarcarse de esas denuncias y confiar en que la fortaleza institucional bastaría para neutralizar cualquier ofensiva informativa.
Mientras tanto, el panorama audiovisual seguía concentrando una enorme capacidad de influencia en unos pocos actores privados, capaces de marcar la agenda diaria, decidir qué asuntos ocupaban horas de tertulia y cuáles desaparecían sin dejar rastro. El PSOE gobernaba, pero los focos no siempre iluminaban donde le interesaba. Durante demasiado tiempo pareció asumir que esos focos eran neutrales o, al menos, inevitables.
Solo cuando el deterioro del debate público ha alcanzado cotas difíciles de ignorar, con una creciente polarización, campañas permanentes de deslegitimación del adversario político y una lógica de confrontación constante, el socialismo entendió que había descuidado un frente esencial. Descubrió que buena parte de los flashes que iluminaban a la izquierda pertenecían, en realidad, a otros, véanse Joseph Oughourlian o el Grupo Planeta.
La reacción de Pedro Sánchez ha llegado por dos vías. Una, discutible. Otra, probablemente necesaria. La primera ha sido la creciente utilización de RTVE como espacio de combate político. Resulta paradójico que un partido que prometió regenerar profundamente la radiotelevisión pública haya terminado recurriendo, ocho años después, a una lógica que muchos identifican con el reparto de cuotas de influencia.
RTVE necesita independencia, credibilidad y estabilidad institucional con valores progresistas y plurinacionales, no convertirse en un terreno partidista donde cada mayoría parlamentaria intente compensar sus debilidades mediáticas. Convertir la televisión pública en sustituto de una estrategia comunicativa propia es un error, aunque su eficacia no esté puesta en duda.

El acierto de La Séptima

La segunda respuesta parece bastante más inteligente pero más débil: construir un ecosistema propio. Ahí aparece La Séptima. Llega tarde, muy tarde, pero llega. Si el proyecto logra consolidarse, puede convertirse en un espacio de referencia para una parte del electorado progresista que durante años ha consumido información elaborada, en gran medida, desde marcos narrativos poco favorables a la izquierda. Los nombres que orbitan alrededor del proyecto —José Miguel Contreras o Javier Ruiz, y quizá en el futuro otros perfiles como José Pablo López, Silvia Intxaurrondo o Jesús Cintora— apuntan a la voluntad de levantar un canal competitivo antes que un simple instrumento propagandístico.
La septima
La septima, la nueva cadena de televisión en España. Fuente: Agencias
Porque ese es el verdadero reto. Un medio no puede limitarse a confirmar las convicciones de quienes ya piensan igual. Si La Séptimaquiere sobrevivir deberá hacer periodismo reconocible, atraer talento, generar exclusivas y construir credibilidad. La audiencia no permanece mucho tiempo donde solo encuentra consignas.
Mientras tanto, más a la izquierda del PSOE persiste una paradoja llamativa. El espacio político heredero del PCE continúa mostrando una histórica miopía respecto a la importancia de los medios de comunicación. Desde que Mundo Obrero y la Pirenaica dejaron de ser clandestinos, y por lo tanto influyentes, mundo nunca volvió a construir herramientas comunicativas con verdadera capacidad de influencia.
La excepción ha sido Podemos. Con todos sus errores y el personalismo de su eterno líder, la formación morada fue probablemente la única organización que comprendió que la izquierda abertzale llevaba décadas construyendo su propio entramado comunicativo y que el independentismo catalán también disponía de una red de medios, públicos y privados, capaz de fijar marcos propios. Frente a ello, la izquierda española dependía casi exclusivamente de medios ajenos para explicar sus posiciones.
De esa intuición nacieron proyectos como el irregular La Última Hora y posteriormente Canal Red. Han tenido aciertos y también limitaciones evidentes. En ocasiones, el tono excesivamente militante ha reducido su capacidad de ampliar audiencias más allá del convencido. Otras veces ha faltado músculo empresarial, financiación suficiente o una red de prescriptores capaces de convertir determinados contenidos en conversación nacional. Y sin presencia en la TDT estatal y sin las instituciones públicas del PP o del PSOE regando con dinero público resulta difícil competir en igualdad de condiciones.
La izquierda empieza a pensar en el paisaje mediático que puede encontrarse a partir de 2027. Si cambia el ciclo político, la necesidad de disponer de espacios propios será aún mayor. En ese ecosistema apenas existen actores consolidados. eldiario.es, bajo la dirección de Nacho Escolar, ha demostrado que es posible construir un medio digital rentable sin renunciar a una línea editorial progresista. Su éxito empresarial constituye una de las mejores noticias para el pluralismo informativo español. Junto a él conviven cabeceras como el militante El Plural, proyectos cooperativos como El Salto o espacios radiofónicos independientes como Carne Cruda.
Ninguno de ellos, sin embargo, sustituye la influencia que todavía conserva una gran televisión generalista o la red de periódicos digitales que soplan en favor del PP mientras se declaran independientes mientras gozan, ellos tan liberales, de grandes cantidades de dinero público.

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