La NASA mide por primera vez la temperatura subsuperficial de Ío: gradiente térmico superior a 40°F

El radiómetro de microondas de la sonda Juno ha tomado el pulso térmico de la luna más volcánica del sistema solar a apenas 1.500 kilómetros de su superficie. El hallazgo revela un calor interno que no puede ser explicado solo por el Sol y abre una ventana a los procesos volcánic

La luna Ío hierve. Su superficie, salpicada de cientos de volcanes activos, esconde un infierno subsuperficial que la sonda Juno de la NASA acaba de desvelar. Por primera vez, el radiómetro de microondas (MWR) de la nave ha registrado la temperatura bajo la corteza del satélite más volcánico del sistema solar, revelando un gradiente térmico superior a 40 grados Fahrenheit (22 °C) en los primeros metros. El hallazgo, publicado ayer en la revista Journal of Geophysical Research: Planets, rompe un nuevo límite observacional y arroja luz sobre el motor que alimenta los mundos de fuego y los océanos ocultos de las lunas heladas.

Los datos se recogieron durante dos sobrevuelos cercanos, el 30 de diciembre de 2023 y el 3 de febrero de 2024, cuando la sonda —alimentada por energía solar— pasó a apenas 1.500 kilómetros de la superficie de Ío. El instrumento, diseñado en origen para perforar las nubes de Júpiter, demostró una capacidad inesperada: la de escrutar el subsuelo de una luna rocosa, según explica el equipo en el artículo liderado por Shannon Brown del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL).

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Cómo un instrumento pensado para Júpiter acabó desvelando el interior de Ío

El radiómetro de microondas de Juno fue concebido por Scott Bolton, investigador principal de la misión en el Southwest Research Institute de San Antonio, para estudiar la composición y dinámica de la atmósfera profunda del gigante gaseoso. Sus seis antenas capturan simultáneamente microondas en longitudes de onda que van desde 1,3 hasta 51 centímetros, lo que equivale a sondear capas desde unos pocos centímetros hasta decenas de metros por debajo de la superficie nubosa. Durante la fase extendida de la misión, el equipo se atrevió a apuntar el MWR hacia tres de las lunas galileanas: Ganimedes, Europa e Ío.

En los dos sobrevuelos sobre Ío, el MWR midió la emisión térmica que escapaba del subsuelo a distintas profundidades. “La técnica es novedosa: cada longitud de onda explora diferentes profundidades, lo que nos ofrece una nueva forma de caracterizar las cortezas de mundos helados y rocosos”, apunta Bolton. Lo que encontraron en Ío superó las expectativas: una firma de calor que no podía achacarse únicamente al Sol.

Juno

Un calor que no viene del Sol

Las mediciones revelaron que en todas las regiones observadas la temperatura aumentaba más de 40 °F (22 °C) en los primeros metros bajo el suelo. “Un gradiente mucho más pronunciado de lo que el calentamiento solar por sí solo puede explicar”, resume Brown en el comunicado difundido por la NASA. Los datos apuntan a dos posibles mecanismos.

La primera hipótesis sugiere que el calor asciende de manera constante a través de una corteza conductora. Aunque el flujo local medido —de 1 a 3 vatios por metro cuadrado— equivale a la luz tenue de una lamparilla nocturna bajo cada metro, a escala global la energía liberada por Ío alcanza hasta 30 veces el flujo térmico promedio de la Tierra. La segunda explicación propone que la señal procede de coladas de lava en enfriamiento, selladas bajo entre 9 y 11 metros de corteza solidificada, que cubren alrededor del 10% de la superficie en cualquier momento.

El calor interno de Ío, atrapado en su interior por la danza gravitatoria de Júpiter, escapa a borbotones a través de una corteza porosa que apenas retiene la energía.

Sea cual fuere la causa, el hallazgo confirma que el calentamiento por marea —provocado por el estiramiento y compresión que sufre Ío al recorrer su órbita elíptica en torno a Júpiter— no solo alimenta los volcanes más extremos del sistema solar, sino que deja una huella térmica detectable desde el subsuelo. Bolton, coautor del estudio, lo resume con una imagen poderosa: “Hasta ahora solo podíamos observar el calor que escapaba por la superficie o a través de las erupciones. Ahora podemos caracterizar cómo se mueve desde el interior hacia la superficie”.

Llanuras de ceniza y un interior en ebullición

Más allá de la temperatura, los datos del MWR dibujaron un retrato inesperado de la piel de Ío. Lejos de ser un cuerpo rugoso y caótico, la luna reveló vastas extensiones de terreno extraordinariamente liso, que se prolongan a lo largo de 100 kilómetros o más, salpicadas de montañas emergentes. “Lejos de sus picos, la superficie se asemeja a las Grandes Llanuras de Norteamérica”, ilustra Brown. Y añade: “Aunque Ío es un cuerpo rocoso, el material superficial tiene una densidad muy baja, más parecida a la piedra pómez o a una ceniza volcánica esponjosa que a la roca sólida”.

Esa porosidad explicaría, en parte, cómo el calor interno se transmite con tanta facilidad hacia el exterior. La capa de material suelto actuaría como un aislante imperfecto, permitiendo que el gradiente observado por Juno sea tan acusado. Los investigadores creen que los mismos procesos que dan forma a los volcanes terrestres podrían esconderse bajo esa alfombra de cenizas, y que un instrumento similar al MWR, sobrevolando un volcán activo en la Tierra, podría captar firmas análogas.

El estudio, no obstante, tiene sus limitaciones. Las mediciones del MWR cubren solo las regiones sobrevoladas en dos pasadas, de manera que el mapa global del calor subsuperficial de Ío sigue siendo incompleto. Además, la separación entre las dos hipótesis —flujo de fondo difuso o lava joven en enfriamiento— requerirá más datos y quizás futuras misiones dedicadas. “Ío nos ofrece una ventana única para entender cómo funciona el calentamiento por marea en todo el cosmos, un proceso fundamental que proporciona energía a mundos alejados de su estrella”, concluye Bolton. “Este proceso no solo crea el cuerpo más volcánico del sistema solar, en el caso de Ío, sino que también alimenta los océanos subsuperficiales de lunas como Europa o Ganimedes”.

Por ahora, la imagen térmica captada por Juno es la primera radiografía del infierno que habita bajo los pies de Ío. Un latido interno que, parpadeando cada pocos metros, revela que el fuego de la luna no duerme.

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: La primera medición de la temperatura subsuperficial de Ío, con un gradiente superior a 40 °F (22 °C) en los primeros metros bajo el suelo.
  • Dónde: La luna Ío de Júpiter, sobrevolada por la sonda Juno a 1.500 km de altitud en diciembre de 2023 y febrero de 2024.
  • Institución responsable: NASA/JPL y Southwest Research Institute; estudio liderado por Shannon Brown y publicado en Journal of Geophysical Research: Planets.
  • Cuándo: Anunciado por la NASA el 22 de julio de 2026.
  • Impacto a futuro: Permite estudiar los mecanismos de calentamiento por marea en lunas heladas y volcánicas, y podría aplicarse al estudio de los volcanes terrestres con instrumentos similares.

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