Juan Ramón Rallo: el plan fiscal de Burnham en Reino Unido amenaza los mercados financieros

El nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, ha pasado de despreciar a los acreedores a abrazar la disciplina fiscal. Juan Ramón Rallo analiza por qué los políticos más radicales siempre terminan 'pasando por el aro' cuando llegan al poder.

Hace apenas unas semanas, el laborista Andy Burnham llegaba a Downing Street con un discurso que encendía todas las alarmas de la City. Criticaba abiertamente la obsesión por el mercado de bonos y coqueteaba con el ala más radical de su partido. Hoy, recién nombrado primer ministro, se ha puesto el traje de la disciplina fiscal. Juan Ramón Rallo analiza en su último vídeo por qué este giro no es una conversión ideológica, sino un baño de realidad que ningún gobierno puede esquivar.

Del desprecio a los mercados al compromiso con las reglas fiscales

Andy Burnham llevaba años siendo una de las voces laboristas más críticas con la disciplina presupuestaria. Según recuerda Rallo, el nuevo primer ministro sostenía que los ejecutivos de su partido no debían mirar de reojo la prima de riesgo ni el tipo de interés de la deuda. Para él, esa vigilancia era una restricción artificial que impedía elevar el gasto público todo lo necesario para reactivar la economía, costara lo que costara en emisiones de deuda.

Publicidad

Tan convencido estaba de su postura que en una entrevista con New Statesman llegó a afirmar que el Gobierno laborista tenía que dejar de preocuparse por «esa cosa de los mercados de bonos». Y, acto seguido, se mostró dispuesto a colaborar con Jeremy Corbyn. Pero, como explica el economista, cuando Burnham olió la posibilidad de sustituir a Starmer, su discurso empezó a rebajarse. Esta misma semana, al asumir el cargo, ha reiterado su compromiso con la disciplina fiscal y ha prometido respetar las reglas que redactó la ministra Rachel Reeves; las mismas que hace un año desdeñaba por sumisas al capital financiero.

La lección de Liz Truss: por qué todos terminan pasando por el aro

Rallo subraya que no hay que buscar conspiraciones ideológicas. Los inversores no tumbaron a la conservadora Liz Truss por su signo político, sino porque sus planes de bajar impuestos sin recortar gasto dispararon la desconfianza sobre la capacidad de pago del Tesoro británico. «Si el Gobierno abandona la disciplina fiscal, los acreedores huyen y el coste de financiación se dispara», sentencia.

Esta dinámica, insiste el analista, no distingue colores. Un Ejecutivo que insinúa que no podrá o no querrá honrar sus compromisos se queda sin financiación, y eso basta para tumbar cualquier proyecto político en cuestión de semanas. Por muy gallito que se ponga un primer ministro, el mercado de bonos tiene la última palabra mientras los ahorradores puedan decidir libremente si compran o no deuda soberana.

No hay ninguna conspiración ideológica; si transmites la impresión de que no vas a pagar, los inversores se espantan y el coste de financiación se dispara.

— Juan Ramón Rallo

El espejismo de la Teoría Monetaria Moderna

Ante la posible objeción de que un país con soberanía monetaria nunca se queda sin dinero, Rallo recuerda las trampas del debate. La Teoría Monetaria Moderna confunde financiación nominal con financiación real. Claro que el Gobierno británico podría tomar el control del Banco de Inglaterra y crear todas las libras que desee; lo que no puede controlar es el poder adquisitivo que ciudadanos y extranjeros le van a aceptar a esas libras creadas sin límite.

Si espantas a los tenedores de bonos, se hunde el precio y se disparan los tipos de interés; si espantas a los tenedores de moneda, se hunde el valor y se genera inflación. Esa realidad, sostiene el economista, es la que obliga a personajes como Burnham a tragarse sus propias palabras en el momento en que tocan poder, porque mientras el Estado necesite financiación voluntaria del mercado, no puede imponer el precio de sus pasivos.

La cuadratura del círculo: gastar más sin tocar los grandes impuestos

El problema de fondo, apunta Rallo, es que Burnham aspira a lo mismo que Truss pero desde la acera opuesta. Quiere aumentar significativamente el gasto público y, al mismo tiempo, ha prometido no subir los grandes impuestos. La promesa de incrementar la fiscalidad sobre la riqueza es, en términos recaudatorios, una filfa simbólica. Si no vas a recaudar más y pretendes gastar mucho más, la única salida es emitir deuda, justo lo que te has comprometido a no hacer sin reservas.

Esa contradicción explica por qué, el mismo día de su nombramiento, Burnham ya advirtió que buscaría «flexibilidad» dentro de las reglas fiscales donde pudiera. En público reitera su compromiso con las cuentas saneadas; en voz baja, le dice a su feligresía que si puede colársela un poquito a los mercados, lo hará. Una cuadratura del círculo que los inversores no van a perder de vista.

Qué significa esta historia para el lector

El episodio deja varias lecturas. La primera es que, pese a la cháchara populista, ningún Gobierno que dependa del ahorro libre puede ignorar impunemente la señal de los mercados de deuda. La segunda, que la repentina conversión de Burnham solo ha tranquilizado temporalmente a los bonistas. Rallo avisa: los inversores saben que el nuevo primer ministro no es de fiar y que, a la primera oportunidad, intentará estirar las costuras del corsé fiscal. En un entorno político tan frágil como el británico, cualquier movimiento extraño puede reavivar la tormenta que ya se llevó por delante a Truss.

Por ahora, la calma reina en el mercado de deuda del Reino Unido. Pero la historia enseña que los políticos que desprecian a sus acreedores acaban descubriendo que la financiación no es un capricho ideológico: es el termómetro de su propia supervivencia. Puedes ver el análisis completo de Juan Ramón Rallo a continuación.


Publicidad