Pablo Duarte, analista senior en Flossbach von Storch Research Institute, habla sobre la situación de la economía europea.
Imagine que está viendo un partido de fútbol y su equipo marca el gol del empate en el minuto 90. Todo el estadio estalla de alegría. Es un momento de alivio absoluto. Pero, de repente, interviene el VAR. El árbitro revisa la jugada y anula el gol. En apenas unos segundos se pasa de la euforia a la decepción. Esa es, precisamente, la sensación que está viviendo hoy la economía europea.
El gol de la economía europea llegó en junio, cuando todo parecía apuntar a una recuperación. El índice PMI de gestores de compras se había estabilizado: en la eurozona alcanzó exactamente los 50 puntos y, en Estados Unidos, los 51,9. Como es sabido, una lectura superior a ese umbral suele interpretarse como una expansión de la actividad económica.
Aquel dato fue recibido como una señal de alivio. Tras la breve relajación de las tensiones en el estrecho de Ormuz, parecía que la situación comenzaba por fin a normalizarse. Sin embargo, desde un punto de vista económico, aquel optimismo descansaba sobre bases muy frágiles. Solo fue un breve respiro, y la realidad terminó imponiéndose.
Una crisis económica, ¿es ese el catalizador que Europa necesita?
La nueva escalada militar y el bloqueo del estrecho de Ormuz han provocado que esta ruta estratégica permanezca, de facto, cerrada al tráfico comercial. No se trata únicamente de una crisis diplomática. Hay barcos que no pueden cruzar y las tarifas del transporte marítimo de petróleo se han disparado, situándose incluso por encima de los máximos registrados en 2022.
Sorprende la rapidez con la que los mercados han reaccionado. Podría pensarse que, después de la experiencia de hace apenas tres años, tanto las navieras como los operadores financieros estarían mejor preparados para afrontar una situación de este tipo. Sin embargo, los mercados no operan sobre esperanzas, sino sobre probabilidades.
Y esas probabilidades son hoy extraordinariamente pesimistas. La posibilidad de que el estrecho vuelva a abrir antes de finales de julio apenas ronda el 3 %. En otras palabras, prácticamente todos los participantes del mercado descuentan que el bloqueo continuará, lo que está impulsando nuevamente al alza los precios del gas en Europa.

El VAR y la vulnerabilidad energética europea
Siguiendo con la comparación futbolística, no solo nos han anulado el gol. Es como si, además, se hubieran apagado los focos del estadio en pleno partido. Sin energía, la economía simplemente deja de funcionar con normalidad.
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Sin embargo, cuando observamos la evolución de Estados Unidos, parece que ambos bloques económicos estuvieran jugando partidos completamente distintos. La economía estadounidense continúa mostrando una fortaleza notable. Las ventas minoristas crecieron recientemente un 7,5 %, lo que vuelve a poner de manifiesto una diferencia estructural que trasciende este episodio geopolítico. La explicación reside, precisamente, en esa estructura económica.
Estados Unidos produce una parte muy significativa del petróleo y del gas que consume. Es cierto que el encarecimiento de la energía también repercute en el bolsillo de los consumidores estadounidenses, pero al mismo tiempo beneficia a su industria energética, compensando buena parte del impacto sobre la economía.
La situación es muy distinta en la eurozona. Europa depende casi por completo de las importaciones de energía. Cada dólar adicional que aumenta el precio del petróleo o del gas supone una salida de renta hacia el exterior. Para economías como la alemana o la francesa, este shock actúa, en la práctica, como un impuesto adicional cuyos ingresos terminan fuera de sus fronteras.
Las consecuencias empiezan a hacerse visibles en los beneficios corporativos. El aumento de los costes energéticos está ejerciendo una fuerte presión sobre los márgenes de la industria europea. Muchas compañías no pueden trasladar íntegramente ese incremento de costes a los consumidores sin poner en riesgo la demanda, lo que termina erosionando su rentabilidad y limita su capacidad de inversión.
Se genera así un círculo vicioso. Mientras Estados Unidos mantiene el dinamismo del consumo gracias a una mayor autosuficiencia energética, Europa afronta un deterioro simultáneo de la competitividad industrial y del poder adquisitivo de los hogares. La consecuencia es que ambas economías continúan desacoplándose.
La brecha entre Europa y Estados Unidos no deja de ampliarse, y este episodio vuelve a poner de manifiesto una realidad incómoda: la vulnerabilidad energética sigue siendo una de las principales debilidades estructurales de la economía europea. Mientras esa dependencia persista, cualquier interrupción del suministro o cualquier tensión geopolítica relevante seguirá teniendo un impacto mucho más severo sobre el crecimiento europeo que sobre el estadounidense.
Más allá del desenlace del conflicto en Oriente Próximo, esa es probablemente la lección económica más importante que deja esta crisis. Porque los mercados pueden equivocarse al valorar la duración de un conflicto, pero rara vez se equivocan al identificar las vulnerabilidades estructurales de una economía. Europa vuelve a comprobar que, sin resolverlas, cada nueva crisis geopolítica tiene el potencial de convertirse en un nuevo VAR que anule cualquier atisbo de recuperación.





