Pablo Duarte, analista senior en Flossbach von Storch Research Institute, revisa en Merca2 la posible llegada de una recesión a Europa.
El choque petrolero por la guerra en Irán ha venido frenando la economía de la eurozona. El Banco Central Europeo, concentrado en la presión inflacionista del encarecimiento de la energía y con el lastre de haber errado en 2021 y 2022, subió los tipos de interés. Sin embargo, la economía europea ya daba señales de debilidad. ¿Nos acercamos a una recesión? Mirándolo con perspectiva, quizá una crisis económica sea el mejor catalizador para las reformas que Europa necesita.
Los precios de la energía son una desventaja competitiva para la eurozona, especialmente para Alemania, su motor industrial. El bloqueo del estrecho de Ormuz agudizó el problema al encarecer petróleo y gas. Este último sigue siendo importante para la generación de electricidad, sobre todo en invierno. Como importadores netos, pocos dentro de la eurozona se benefician realmente de su encarecimiento.
¿Qué es una recesión y cómo puede el conflicto en Irán meternos en una?
La industria no es la única afectada. Los hogares también sufren. En Alemania, por ejemplo, los hogares destinaban en 2024 alrededor del 5% de su presupuesto a gastos de energía. En Francia e Italia era cerca del 4%. Con unos precios de la energía que han subido cerca del 10% frente a diciembre de 2024, es casi seguro que ese peso en el presupuesto familiar aumentó, pues los ingresos claramente no han crecido en la misma proporción. Sin ayudas fiscales similares a las de 2022, es difícil imaginar que los hogares puedan seguir gastando y ahorrando al mismo ritmo.

Al apretón energético se suma el financiero
Desde que empezó la guerra, el BCE se ha esmerado en dejar claro que no repetirá el error de 2021 y 2022. En aquel entonces apostó por una inflación transitoria y reaccionó cuando ya era demasiado tarde: la inflación rondaba el 10%.
Su disposición a elevar tipos pronto generó las expectativas correspondientes. En algún momento, los mercados de futuros llegaron a descontar subidas de 75 puntos básicos hasta diciembre de este año. Y en los mercados, la expectativa de tipos más altos basta para endurecer las condiciones de financiación incluso antes de que el banco central mueva un dedo.
Los bancos de la eurozona también han restringido el crédito. Según la encuesta bancaria de abril que realiza el BCE, los bancos anticipaban menor demanda y condiciones de crédito más restrictivas para el segundo trimestre del año. Con una inversión que no despega, energía cara y crédito más estrecho, es difícil ver un escenario en el que el crecimiento de la eurozona se recupere.
Europa: reformas y productividad
Lo más probable es un guion conocido. Si aumenta el riesgo de recesión, el BCE podría cambiar de narrativa. El temor a la inflación dejaría paso al temor a la deflación, o al menos al miedo a una contracción más profunda. Entonces vendrían recortes de tipos, programas de apoyo fiscal y una nueva ronda de deuda pública para “salvar” la economía.
El problema es que esa receta no cura los problemas estructurales de la eurozona. El crecimiento mediocre de la última década no se debe a falta de deuda pública ni a escasez de programas fiscales. Se debe, sobre todo, a una productividad estancada. Desde 2012, la productividad medida como PIB por persona empleada ha aumentado apenas alrededor de 3% en la eurozona. En Estados Unidos, el aumento fue cercano al 21%.

¿Qué es la inflación y cómo va a afectar a nuestro bolsillo el conflicto de Irán?
La productividad tampoco aumenta con deuda pública. Aumenta cuando las empresas encuentran formas más eficientes de producir y cuando la regulación no convierte cada innovación en una carrera de obstáculos. La última década mostró que el aumento de la productividad estadounidense vino principalmente de inversiones privadas en investigación y desarrollo de altas tecnologías. En Europa, el enfoque siguió concentrado en tecnologías medias, como el sector automotriz.
La eurozona, sin embargo, todavía parece esperar que el endeudamiento alemán logre por arte de magia elevar la productividad, asustar a Putin y salvar el medio ambiente. Y si alguna de las tres cosas no ocurre, parecería que la conclusión ya está escrita: faltó deuda.
El desarrollo tecnológico y la fase experimental de la inteligencia artificial ofrecen oportunidades de oro. Pero mientras la eurozona no despierte del letargo, reforme su burocracia y reduzca el intervencionismo estatal, los inversores que busquen crecimiento tendrán que seguir mirando hacia otros continentes. Los votantes, mientras tanto, expresarán su malestar en las urnas, para bien o para mal. Ojalá que para bien.




