A casi una década de impago, Venezuela no se rinde. El gobierno chavista insiste en reestructurar su deuda externa —un pasivo que algunos calculan en hasta 240.000 millones de dólares— mientras el país intenta recomponerse del doble terremoto que dejó más de 4.000 muertos y un paisaje desolador. Una decisión que, a primera vista, parece tan audaz como desconectada de la realidad de las calles.
Confieso que la aparente desconexión me recordó una máxima del periodismo económico: cuando un gobierno habla de deuda en medio de una tragedia, suele ser porque el tiempo y la geopolítica aprietan más que las desgracias naturales.
Petróleo, la prioridad que ignora los escombros
La portavoz gubernamental, Delci Rodríguez, aseguró este lunes que la producción de crudo no ha sufrido alteraciones y se mantiene en torno a los 1,2 millones de barriles diarios. “Mantendremos el plan de crecimiento”, afirmó sin detallar el monto exacto de la deuda, aunque las cifras que se manejan oscilan entre los 170.000 millones oficiales y los 240.000 millones estimados por el Financial Times.
El anuncio chocó con las imágenes que llegaban desde la costa norte del país: más de 4.000 fallecidos y 50.000 desaparecidos tras el doble terremoto. La paradoja de un Estado que intenta mostrar determinación financiera mientras atiende una emergencia humanitaria de enorme magnitud no pasó desapercibida.
Sin cambio de régimen, la reestructuración es un espejismo
En el programa Economía de DW Español, el economista Jorge Pedraita, gestor del fondo Copernico Venezuela Fund, fue tajante: los mercados no pierden de vista a Venezuela porque la deuda es gigantesca, pero las condiciones para reestructurarla sencillamente no se han dado. Las sanciones de Washington son un freno evidente, pero el verdadero nudo, a su juicio, es político.
“El chavismo solo administró durante estos años el colapso de ese país, no construyó absolutamente nada positivo y tuvimos un deterioro institucional y económico sin precedentes”.
— Jorge Pedraita
Para Pedraita, sin un gobierno legitimado en las urnas que lidere la refundación del Estado, cualquier negociación sería estéril. “No veo la forma de hacer una reestructuración sin una auditoría integral, reconciliación nacional y estadísticas confiables”, insistió, rechazando la vía rápida.
El inversor se mostró especialmente crítico con la posibilidad de segmentar el proceso: una reestructuracion (sic) en dos carriles —bonos soberanos primero y el resto después— le parece “relativamente caótica”. Su hoja de ruta es otra: esperar a 2027 o 2028, cuando la recuperación económica permita sentarse a la mesa con cierto orden. Lo prioritario ahora, repetió, es sanar la economía.
El intrincado tablero geopolítico
La periodista Juliana González recordó durante la emisión que la deuda venezolana no es un asunto exclusivamente bilateral. Las sanciones estadounidenses, el papel de China y Rusia como acreedores estratégicos y los intereses de otros actores convierten cualquier posible reestructuración en una partida de ajedrez geopolítica. Pedraita coincidió: sin un acuerdo amplio que incluya auditorías y acceso a datos fidedignos, cualquier intento parcial está condenado al fracaso.
Mientras tanto, la economía venezolana sigue sostenida por el petróleo. Que los temblores no hayan afectado los pozos es una noticia que el chavismo explota a fondo, pero los analistas consultados por DW Español insisten en que eso no basta para generar la confianza que exige un canje de bonos de semejante calibre.
Qué significa esto para los inversores y para el país
Desde la óptica de un fondo como Copernico, mantener posiciones en deuda venezolana es una apuesta de altísimo riesgo que solo se justifica si se confía en un horizonte de cinco a diez años. Las declaraciones de Pedraita, aun siendo las de un inversor privado, reflejan una certeza compartida en muchos despachos financieros: sin una transición política real, la reestructuración seguirá siendo una quimera.
El doble terremoto ha añadido dramatismo a una crisis que ya era superlativo. Con la producción petrolera intacta, el Gobierno de facto tiene un salvavidas, pero carece de la legitimidad que reclaman acreedores y mercados. La incógnita es si el tiempo jugará a favor de una solución negociada o si, como teme el propio Pedraita, cualquier movimiento precipitado solo aumentará el caos.
El episodio de este lunes deja una enseñanza nítida: en Venezuela, la geología y las finanzas bailan al mismo son, pero la partitura la siguen escribiendo la política interna y los grandes tableros internacionales.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de DW Español:





