He seguido de cerca la evolución de las relaciones transatlánticas y la creciente búsqueda de autonomía estratégica por parte de la Unión Europea. En el marco del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos, el distanciamiento entre Bruselas y Washington alcanza su punto más bajo en décadas. La constatación más cruda la pronunció el presidente del Consejo Europeo, António Costa, cuando en diciembre de 2025 admitió que “Europa y Estados Unidos no comparten la misma visión del orden internacional”.
“Europa y Estados Unidos no comparten la misma visión del orden internacional.” — António Costa, presidente del Consejo Europeo, diciembre de 2025
Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca para un segundo mandato, las tensiones se han multiplicado: amenazas de aranceles, presiones sobre Groenlandia, diferencias en Ucrania y Gaza, y la publicación de una Estrategia Nacional de Seguridad que cuestiona la calidad democrática de la UE y respalda a partidos de extrema derecha. La cumbre del G7 de junio de 2026 ofreció un breve respiro, con un Trump inesperadamente conciliador hacia los socios europeos, pero la dinámica general es de impredecibilidad y dureza.
Una relación transatlántica bajo mínimos
Los Veintisiete manejan dos vías: de puertas afuera, apaciguamiento, evitando responder a amenazas mientras se insiste en el valor del vínculo transatlántico; de puertas adentro, crece la sensación de impotencia. No hubo unanimidad para condenar la amenaza de invasión a Groenlandia, y ni siquiera todos apoyaron usar el instrumento anticoerción —pensado originalmente para China— contra prácticas comerciales coercitivas de Estados Unidos. Que esa herramienta haya estado sobre la mesa es sintomático del deterioro.
La paradoja es evidente: muchos líderes, incluida la primera ministra italiana Giorgia Meloni, que creían tener buena sintonía con Trump, han sufrido desplantes. Mientras, Dinamarca ya considera formalmente a Washington un adversario potencial por las amenazas a su territorio.
La paradoja del apaciguamiento: ¿seguir o plantar cara?
Lo que he observado tras analizar las declaraciones de actores clave es una fractura en la forma de abordar la dependencia. “Las relaciones UE-EEUU atraviesan uno de sus periodos más difíciles, en gran medida debido al enfoque a menudo confrontativo y agresivo del presidente Trump”, me confirma Brando Benifei, presidente de la delegación del Parlamento Europeo para las relaciones con Estados Unidos. El socialista italiano defiende mantener el diálogo, pero exige “líneas rojas” en defensa de la soberanía regulatoria, especialmente tras la amenaza de aranceles del 100% a países que graven a las grandes tecnológicas estadounidenses.
“Las relaciones UE-EEUU atraviesan uno de sus periodos más difíciles, en gran medida debido al enfoque a menudo confrontativo y agresivo del presidente Trump y su Administración.” — Brando Benifei, presidente de la delegación del Parlamento Europeo para las relaciones con EEUU, julio de 2026
La eurodiputada de Esquerra Republicana, Diana Riba, va más lejos al afirmar en conversación con este diario que “los años de buenas relaciones nos han hecho dependientes de Estados Unidos” y que esa dependencia es ahora un arma. Para ella, la UE ha “vendido” su soberanía alimentaria a Mercosur, la energética a Rusia y la de defensa a Estados Unidos. Su receta: usar el poder del mayor mercado de consumo del mundo como palanca para recuperar soberanía en defensa, energía y tecnología digital.
El investigador del CEPS Scott Marcus advierte de que “Estados Unidos en su forma actual es un rival sistémico en el mismo sentido que China” y que la relación difícil no se revertirá con un simple cambio de gobierno. Ambos expertos coinciden en que la respuesta estructural pasa por reforzar la independencia europea, pero las debilidades institucionales —mercado único fragmentado, falta de unión de capitales, votaciones por unanimidad— limitan la capacidad de reacción.
🌍 El impacto en España y Europa
Para el tejido empresarial español y europeo, la deriva transatlántica no es abstracta. El riesgo más inmediato son los aranceles punitivos. La amenaza de Trump de imponer un gravamen del 100% a quienes establezcan un impuesto a los servicios digitales afecta directamente a países como España, que ya lo han aplicado o discuten su ampliación. Una guerra comercial abierta encarecería los costes para exportadores españoles de bienes de consumo y agroalimentación, al tiempo que introduciría más incertidumbre en las cadenas de suministro globales.
- Euríbor e hipotecas: Aunque el conflicto no altera directamente la política monetaria del BCE, una escalada arancelaria prolongada podría avivar la inflación importada, retrasando eventuales recortes de tipos. El Euríbor a 12 meses, que fluctúa en torno al 3,5%, se mantendría elevado, castigando las hipotecas variables de millones de familias españolas.
- Competitividad empresarial: El impulso de Bruselas por la autonomía estratégica puede traducirse en fondos y ventajas para empresas tecnológicas y de defensa europeas. Compañías españolas del sector aeroespacial o de ciberseguridad podrían beneficiarse de la sustitución de proveedores estadounidenses, pero necesitarán inversión y escala para competir.
- Posición del BCE: La fragmentación política y el riesgo de shocks externos fuerzan al Banco Central Europeo a mantener un colchón de cautela. Cualquier recorte de tipos excesivo en un entorno de tensiones comerciales podría debilitar el euro y agravar la factura energética, todavía sensible a los vaivenes del dólar.
En suma, la búsqueda de soberanía no es una declaración de principios vacía: está forzando una transformación profunda en la arquitectura económica europea. La próxima cumbre informal de líderes de la UE en septiembre será un termómetro para medir si las palabras de autonomía estratégica se traducen en medidas concretas o siguen chocando con los vetos nacionales y la dependencia estructural.




