La gran banca española ha empezado a mover ficha antes de que el algoritmo dicte sentencia. Mientras el sector financiero mira a la inteligencia artificial como la palanca definitiva de eficiencia, los departamentos de recursos humanos ya están diseñando la salida ordenada de miles de empleados. La cifra que circula entre los equipos negociadores es un recorte de hasta el 30% de las plantillas en la próxima década, un tijeretazo que las entidades quieren pactar con los sindicatos antes de que la automatización convierta la reducción en inevitable.
La urgencia no es casual. La media de edad de los trabajadores de banca en España ronda los 45 años, un perfil que, sin ser mayoritario en las mesas de prejubilación, sí resulta incómodo cuando los perfiles que demanda el negocio son ingenieros de datos, expertos en ciberseguridad o desarrolladores de modelos de lenguaje. Las fuentes sindicales consultadas confirman que las conversaciones se han intensificado en las últimas semanas, con propuestas concretas sobre prejubilaciones a partir de los 55 años y bajas incentivadas para quienes no encajen en el nuevo molde tecnológico.
Algunas entidades, según los datos que maneja el sector, ya han presentado a los representantes de los trabajadores planes que afectarían a entre el 15% y el 20% de su fuerza laboral en los próximos dos años. La intención es despejar el camino antes de que la consultora o el regulador ponga sobre la mesa la cifra real que la inteligencia artificial puede sustituir. Y esa cifra, en los escenarios más agresivos que barajan think tanks financieros, llega a los 25.000 empleos en el conjunto del sistema bancario español.
La paradoja es que la banca no puede permitirse el lujo de prescindir de todo su personal sin más. Los clientes de 60 años siguen exigiendo atención presencial y el asesoramiento patrimonial complejo necesita aún el calor humano que las aplicaciones no replican del todo. Por eso, los recortes se centran en las áreas de back office, cumplimiento normativo y análisis de riesgos básico, donde la automatización encuentra menos resistencia.
Mientras, los sindicatos tratan de que la salida sea lo menos dolorosa posible. Saben que una negociación bien conducida puede convertir la reconversión en una oportunidad para rejuvenecer las plantillas sin pasar por un ERE traumático. Las prejubilaciones se dibujan como la herramienta preferida, aunque el coste para las entidades será elevado: según estimaciones internas, el desembolso por cada salida pactada podría rondar los 150.000 euros entre indemnización y cotizaciones al convenio especial con la Seguridad Social.
Los perfiles que sobreviven al algoritmo
No todo son malas noticias para quien quiera seguir en el sector. Los bancos están contratando científicos de datos, arquitectos de cloud y especialistas en experiencia de usuario a un ritmo que triplica al de 2022. La demanda es tal que algunas entidades han empezado a financiar másteres para reciclar a parte de su plantilla, siempre que el empleado muestre aptitudes digitales y esté dispuesto a abandonar la sucursal para instalarse frente a una pantalla de visualización de datos.
El llamado ‘asesor aumentado’, un concepto que gana tracción en los foros de banca privada, sería el prototipo del banquero del futuro: un profesional que no compite con la IA, sino que la utiliza para ofrecer una cartera hiperpersonalizada y detectar oportunidades que el ojo humano tardaría semanas en encontrar. Este perfil híbrido exige conocimientos financieros sólidos y una agilidad tecnológica que muchos veteranos no poseen.
La IA no va a sustituir al banquero, pero sí va a jubilar al que no sepa dialogar con ella.
Una reconversión silenciosa que anticipa la próxima década
Lo que está ocurriendo en los despachos de recursos humanos es más profundo que una simple reestructuración. Se trata de un cambio de modelo laboral que la banca, acostumbrada a digerir fusiones y ajustes sin demasiado ruido, quiere pilotar con discreción para evitar que el debate público se encienda justo cuando los beneficios récord del sector están todavía frescos en la memoria de los contribuyentes.
La Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) y el Banco de España han empezado a pedir información sobre los planes de digitalización y su impacto en el empleo, aunque de momento se limitan a requerimientos genéricos. Ningún supervisor quiere que un ajuste masivo sin diálogo con los representantes de los trabajadores derive en una crisis de reputación para un sistema que todavía está devolviendo las ayudas públicas de la crisis de 2008.
El uso de la inteligencia artificial en la banca no es una novedad, pero sí lo es la velocidad con la que los grandes modelos de lenguaje han irrumpido en un sector donde la cautela siempre fue norma. Ahora, la misma tecnología que puede procesar un contrato de hipoteca en segundos es la que amenaza con hacer innecesaria la revisión manual de un analista junior. Y eso cambia las reglas del juego.
Cabe preguntarse si los sindicatos conseguirán que la factura de la reconversión la paguen realmente las entidades o si, como ocurrió en otros episodios de automatización, la carga acabará cayendo sobre el erario público en forma de prestaciones por desempleo y cotizaciones perdidas. La respuesta, en buena medida, la darán las mesas de negociación que están a punto de abrirse en los próximos meses. Si el acuerdo llega antes de que la IA marque el ritmo, será un ajuste pactado. Si no, será un ajuste a golpe de algoritmo. Y entonces sí que nadie podrá decir que no lo vio venir.




