Cuando los laboristas aterrizaron en Downing Street en 2024, pocos imaginaban que apenas 717 días después su líder se marcharía con la voz quebrada. Este lunes, Keir Starmer anunció su dimisión, sumándose de golpe a una lista fatídica: siete primeros ministros en diez años, exactamente los mismos que han pasado desde que los británicos votaron el Brexit. VisualPolitik, en su último análisis, desgrana las razones de este enésimo hundimiento y advierte de una maldición económica que va mucho más allá de las peleas partidistas.
El detonante: una rebelión desde dentro del partido
Según explica el canal, la dimisión de Starmer no fue una sorpresa caída del cielo, sino el resultado de un motín parlamentario. La gota que colmó el vaso fue la decisión de los diputados laboristas de que no volvería a ser su candidato para las próximas elecciones. Le acompañó un ultimátum de sus propios ministros: o fijaba un calendario de salida o dimitirían en bloque. Con apenas un puñado de leales, el primer ministro aceptó el veredicto de su partido y se limitó a anunciar que continuará en funciones hasta septiembre, mientras los laboristas eligen a su sucesor en julio.
VisualPolitik subraya la brutal paradoja de este desenlace. Starmer había obrado en 2024 un vuelco electoral histórico, llevando a los laboristas de 202 escaños en 2019 a 411, una mayoría aplastante que pulverizó 14 años de hegemonía conservadora. Pero aquella victoria, recuerda el análisis, escondía una realidad muy amarga.
Del triunfo aplastante al vacío de entusiasmo
Porque lo cierto es que, en votos, el apoyo a los laboristas se desplomó de 12,9 millones en 2019 a solo 9,2 millones en 2024. ganaron más por hartazgo que por adhesión. El electorado no abrazó a Starmer, simplemente castigó a unos conservadores desgastados por las fiestas de Boris Johnson o las polémicas de Rishi Sunak. Esa brecha entre escaños y respaldo popular —la mayor en la historia de posguerra del Reino Unido— dejó un gobierno sin capital político de origen, frágil como un castillo de naipes.
A ello se sumó, apunta VisualPolitik, que Starmer había construido su candidatura sobre un discurso moderado y deliberadamente abstracto: mano dura con la inmigración, rechazo a subir impuestos, moderación heredada de un Tony Blair adaptado a los tiempos. El objetivo era no dar munición a los conservadores. Pero al llegar al 10 de Downing Street, la realidad destapó la carencia de un programa claro.
Los tres golpes que desangraron al gobierno laborista
El primer golpe, letal, fue la subida de cotizaciones a los trabajadores y el recorte de subsidios de calefacción a los pensionistas en un momento de inflación galopante. Una medida que dinamitó cualquier atisbo de confianza ciudadana. “La popularidad del primer ministro se desplomó más rápido que la de casi cualquier otro líder contemporáneo”, recuerda el medio. Metérsela a los jubilados, insiste, es una de las pocas cosas que un gobierno con escaso arraigo popular no puede permitirse.
‘Los líderes enérgicos del centro-izquierda en todo el mundo tienen posturas políticas muy diferentes, pero es fundamental saber comunicar una visión y explicar por qué se actúa así. Starmer no pudo hacerlo.’
— VisualPolitik
El segundo motivo, y quizá el más devastador, ha sido la parálisis. VisualPolitik sostiene que Starmer y su equipo jamás trazaron una hoja de ruta definida. Concentraron toda su energía en no parecerse a Corbyn y en no dar argumentos a la oposición, pero descuidaron por completo la construcción de una agenda transformadora. El resultado: dos años de gobierno en los que solo pueden apuntarse mejoras menores —la migración neta bajó de 600.000 a poco más de 200.000, las listas de espera quirúrgica mejoraron levemente y se contrataron 13.000 policías— pero sin un relato que ilusionara a nadie. Ni siquiera en política exterior, presunta fortaleza de Starmer, se logró lidiar con Trump ni avanzar en nuevos acuerdos comerciales.
La estocada final llegó el pasado 7 de mayo, en las elecciones municipales. Reform UK, el partido de Nigel Farage, arrasó con más del 26 % de los votos, mientras los laboristas se hundían. La humillación dejó a Starmer sin ninguna coartada y aceleró, según el canal, la revuelta de sus propios diputados. Fue el empujón definitivo hacia la dimisión.
La enfermedad de fondo: un país atrapado en su propia madeja
Pero la crisis no se explica sólo con errores de gobierno. VisualPolitik traza una radiografía mucho más profunda que arranca hace casi veinte años. Desde la crisis financiera de 2008, el PIB real per cápita del Reino Unido está estancado. Mientras, el gasto público no ha dejado de crecer, empujado por la sanidad y las pensiones. Los sucesivos ejecutivos han respondido elevando los impuestos y la carga regulatoria, lo que ha asfixiado la competitividad del país. El círculo vicioso está servido.
A ello hay que añadir una política energética que el medio califica de “disparate”: una legislación muy dura en emisiones y transición acelerada ha provocado que la generación eléctrica caiga desde 2007 y que los precios se hayan disparado hasta convertir al Reino Unido en uno de los países con la electricidad más cara del mundo. Esto, unido a una normativa que hace casi imposible construir —ya sean proyectos públicos o privados—, ha provocado una segunda ola de desindustrialización y una escasez crónica de vivienda. Las empresas británicas, simplemente, no pueden competir.
El Brexit, lejos de ser la causa única, actuó como un acelerante de todas estas vulnerabilidades. VisualPolitik recuerda que los políticos prometieron construir un “Singapur en el Támesis”, pero hicieron lo contrario: más regulación, más trabas, más impuestos. El resultado es un país con la menor tasa de inversión y ahorro de toda la OCDE, una productividad estancada y, por primera vez en décadas, unos costes de financiación que compiten con los más altos del mundo desarrollado. La libra tiembla cada vez que los mercados perciben que nadie tiene un plan.
Qué esperar y por qué debería importarle al inversor
Con Starmer de salida, los laboristas elegirán nuevo líder en julio y, si todo sigue el guion, en septiembre habrá un nuevo inquilino en Downing Street. Pero la rotación por sí sola no resolverá nada. El análisis de VisualPolitik deja claro que el Reino Unido lleva 20 años sin rumbo económico, y que ningún gobierno ha osado abordar las reformas de fondo que el país necesita: liberalizar el suelo, abaratar la energía, contener el gasto estructural y, sobre todo, decidir si quiere ser un Singapur competitivo o una economía regulada que arrastra las cadenas del estancamiento.
Para el inversor, la inestabilidad política crónica es una señal de alerta: sin certidumbre regulatoria, los proyectos se posponen, el capital busca otros destinos y la libra lo paga. Sin embargo, hay un dato que conviene no perder de vista: a pesar de todo, la mayoría de los británicos sigue defendiendo la salida de la Unión Europea. El problema no es el Brexit, sino que nadie se ha atrevido a gestionarlo con valentía. Y sin eso, el próximo primer ministro, sea quien sea, se enfrentará al mismo precipicio que engulló a sus seis predecesores.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de VisualPolitik:




