Hace diez años, el Reino Unido votó a favor de abandonar la Unión Europea. La mañana del 24 de junio de 2016, los mercados vivieron una sacudida histórica. Hoy, la economía británica no se ha derrumbado, pero ha acumulado un lastre silencioso que los estudios más rigurosos ya empiezan a cuantificar. El debate ya no gira en torno a si el Brexit tuvo un coste; la cuestión es cuánto y quién lo ha pagado.
El coste económico del Brexit se mide en puntos de Producto Interior Bruto, inversión empresarial evaporada y exportaciones perdidas. La Oficina de Responsabilidad Presupuestaria (OBR) calcula que la productividad a largo plazo se reducirá en torno a un 4 %. Un estudio elaborado por economistas del King’s College de Londres, la Universidad de Stanford, el Banco de Inglaterra y la Universidad de Nottingham —publicado por la National Bureau of Economic Research— va más allá: estima que, en 2025, el PIB británico era entre un 6 % y un 8 % inferior al que habría alcanzado de haber permanecido en la UE. El mismo equipo cifra la caída de la inversión empresarial entre un 12 % y un 18 %.
Los números del divorcio
He repasado los distintos estudios disponibles y las cifras, aunque divergentes en precisión, apuntan todas en la misma dirección. La economía británica es más pequeña, comercia menos y atrae menos capital del que habría captado como miembro del mercado único. La divergencia entre la realidad y el escenario contrafactual no es una catástrofe repentina, sino un drag acumulativo.
- PIB: entre un 6 % y un 8 % por debajo del potencial.
- Inversión empresarial: entre un 12 % y un 18 % menor.
- Productividad a largo plazo: 4 % inferior, según la OBR.
- Exportaciones de bienes: entre un 10 % y un 15 % por debajo de lo esperable, según Portes.
Jonathan Portes, profesor de Economía y Políticas Públicas del King’s College, lo resume así:
“El Brexit ha hecho que la economía británica sea más pequeña de lo que habría sido en otras circunstancias. El efecto no ha sido un colapso repentino, sino un lastre gradual y acumulativo sobre el comercio, la inversión y la productividad”.
El lastre comercial y la inversión
El Acuerdo de Comercio y Cooperación entre Londres y Bruselas evitó aranceles, pero levantó una muralla de controles aduaneros, certificados sanitarios y requisitos regulatorios. La mitad del comercio de bienes británico sigue teniendo como destino los países comunitarios; cualquier fricción administrativa tiene, por tanto, un impacto amplificado. Las pequeñas y medianas empresas han sido las grandes perdedoras. Mientras las multinacionales han absorbido los costes extra, muchos pequeños exportadores han reducido o directamente abandonado sus operaciones en Europa.
David Miliband, exministro de Exteriores laborista, calcula que permanecer fuera de la unión aduanera cuesta a la economía británica entre 15.000 y 30.000 millones de libras anuales, el equivalente a entre el 0,5 % y el 1 % del PIB. La prometida revolución comercial que compensaría la pérdida de integración con Europa tampoco se ha materializado. La inmensa mayoría de los acuerdos firmados por Londres tras el divorcio son meras réplicas de los que ya disfrutaba como socio comunitario. El propio Gobierno admite que la adhesión al bloque transpacífico CPTPP apenas añadirá un 0,08 % adicional al PIB a largo plazo. Jeremy Warner, comentarista económico del Daily Telegraph, reconoce que “la inmensa mayoría de los acuerdos comerciales firmados posteriormente con otros países no son más que copias de los pactos que ya existían a través de la UE”.
El coste real: un análisis acumulativo
No todos los economistas cargan todo el déficit de crecimiento sobre la factura del Brexit. Peder Beck-Friis, vicepresidente sénior y economista de PIMCO en Londres, advierte de que aislar su efecto es muy complejo, porque la pandemia, la crisis energética y la desaceleración global han golpeado simultáneamente a otras economías avanzadas. “Es muy complicado aislar el efecto del Brexit porque se han producido muchos otros shocks al mismo tiempo”, me ha explicado en una conversación reciente. Sin embargo, Beck-Friis coincide en que el principal daño se observa en las exportaciones de bienes, mientras que los servicios —el verdadero motor británico— han mostrado una resistencia mayor.
Lo que veo en este balance de década es una economía que, sin llegar al colapso, ha perdido dinamismo de forma permanente. El Brexit no ha quebrado el modelo británico, pero sí ha reducido su capacidad de atraer inversión en un momento en el que la competencia global por el capital es feroz. La incertidumbre regulatoria y los costes burocráticos han erosionado una ventaja clave: la del Reino Unido como puerta de entrada al mercado único. Cualquier mejora en las relaciones con Bruselas —y el Gobierno laborista de Keir Starmer ya está negociando alivios en el comercio agroalimentario y la movilidad profesional— puede mitigar el daño, pero difícilmente revertirá la pérdida de integración que suponía pertenecer a la UE.
🌍 El impacto en España y Europa
Para la economía española, el debilitamiento del Reino Unido tiene consecuencias concretas. El país sigue siendo un socio comercial de primer orden para las empresas españolas. Las exportaciones de bienes —desde automóviles y componentes hasta productos agroalimentarios— se topan ahora con barreras no arancelarias que encarecen el acceso al mercado británico. Las pymes españolas, en particular, sufren una desventaja competitiva respecto a las que operan dentro del mercado único. Un Reino Unido más pequeño y menos inversor también reduce las oportunidades de negocio para las empresas del IBEX con intereses en el país. Aunque el impacto directo sobre el Euríbor es indirecto, una menor demanda británica frena la recuperación de la eurozona y, por tanto, reduce la presión al alza sobre los tipos de interés. A largo plazo, la lección para Bruselas y para Madrid es que la fragmentación económica tiene un coste real, medible y que tarda años en manifestarse por completo.



