Tres números me han bastado para entender lo que le ocurre al G7, y no los olvido: 70, 55, 44. Son las cuotas del PIB mundial que ese puñado de países ha ido soltando como quien pierde monedas por un agujero en el bolsillo. Esta semana se reúnen en Évian, con el lago Leman de testigo mudo, y Marc Vidal lo cuenta con la crudeza de quien ha visto la foto de familia demasiadas veces. En su último análisis, sostiene que la cumbre ya no decide el mundo; solo posa mientras el poder se escurre por otras rendijas.
El peso menguante del G7
En 1975, el grupo concentraba el 70% de la riqueza producida en el planeta. Medio siglo después, apenas roza el 44% del PIB mundial. Vidal recuerda que el club nació en el castillo de Rambouillet para gestionar la crisis del petróleo y que durante años sumó a Rusia como octavo socio. Aquella foto de 2003, con Putin estrechando la mano de Bush y Blair, hoy parece de otro universo. La expulsión de Moscú en 2014 redujo el G8 al actual G7, pero el problema no es aritmético: es que la tarta se la comen otros.
Mientras el G7 menguaba, el bloque de los BRICS pasó del 9% al 27% del PIB global. Vidal lo explica sin paños calientes: la riqueza ha migrado del Atlántico Norte a otras latitudes a una velocidad que ningún comunicado oficial ha logrado frenar. La foto de familia en la terraza del hotel Royal, con los Alpes al fondo, se repite, pero cada vez sostienen un trozo más pequeño del mundo.
Dentro del club, un socio pesa más que los otros seis juntos
El dato interno desmonta cualquier apariencia de alianza entre iguales. Estados Unidos acapara el 59% del PIB del grupo; los otros seis se reparten el 40% restante. Para Marc Vidal, esa cifra convierte la cumbre en un ejercicio de gestión de dependencias: todo gira en torno a un solo hombre. La prensa que cubre el evento lo admite sin pudor: ya no se persigue el consenso, sino “reducir la brecha con Trump”.
El espejismo de Évian 2003 y la cruda realidad de 2026
Vidal nos transporta a la misma terraza veintitrés años atrás. Entonces Putin era un socio de pleno derecho, sonriente entre líderes occidentales. Ahora, en el mismo hotel, el presidente ucraniano participa en una sesión rogando que no se le aparte del foco. El decorado es idéntico, pero el poder se ha desvanecido. “Lo que no se mueve, pierde”, sentencia el analista.
‘El poder se ha marchado por dos puertas distintas: la de un socio que ya no necesita a los demás y la de unas empresas que ya no necesitan a ningún estado.’
— Marc Vidal
Y esas dos puertas aparecen en la cumbre de 2026 con una claridad aplastante. Macron organiza un almuerzo con líderes tecnológicos y allí se sienta Sam Altman, el director de OpenAI. Para Vidal, la imagen es una confesión implícita: los gobiernos ya no dictan las reglas a quienes fabrican la inteligencia artificial. La tímida línea sobre restricciones a los asistentes de IA que aparece en la agenda es papel mojado; el verdadero poder ha migrado a las mesas de esas empresas.
El historiador Gramsci escribió que el viejo mundo muere mientras el nuevo tarda en nacer, y en ese claroscuro afloran los monstruos. Marc Vidal aplica el diagnóstico a estos “tecno señores feudales” que escapan al control democrático. La inteligencia artificial definirá el siglo, y los estados apenas aciertan a invitar a comer a quien la maneja.
Trump e Irán: el verdadero dueño del tempo
La segunda puerta la abre Estados Unidos por sí solo. En vísperas de la cumbre, Washington cerró un principio de alto el fuego con Irán sin consultar al G7. Trump llegó a Évian con el asunto medio resuelto y dejó a sus socios el papel de aplaudir lo que no habían decidido. Para Marc Vidal, este gesto resume la nueva jerarquía: el socio más fuerte hace lo que puede, y los demás aceptan lo que deben.
Saberlo no da poder, pero quita ingenuidad
Lo que se discute —o se omite— en esa cumbre toca nuestro sueldo, nuestros ahorros, la energía que pagamos. Las decisiones migran de las urnas a despachos sin control democrático. Vidal no nos promete soluciones, pero sí una certeza inquieta: dentro de diez años nadie recordará esta reunión, aunque viviremos en el mundo que se guisó en ella y, sobre todo, en su almuerzo paralelo.
Así que la próxima vez que vea la foto de familia junto al lago, me preguntaré quién resolvió el asunto antes de llegar y quién comía fuera del encuadre. Ahí, en lo que la imagen no enseña, está casi todo. Como subraya Marc Vidal, fuera del encuadre está casi todo.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original:






