The Economist alerta: el acuerdo Trump-Cuba enfrenta obstáculos insalvables

The Economist debate si Trump puede arrancar un acuerdo con el régimen cubano a pesar de los obstáculos: el escepticismo sobre su capacidad de seguimiento y el riesgo del favoritismo empresarial chocan con la oportunidad histórica de desmantelar un sistema fallido.

The Economist acaba de publicar un análisis en vídeo que aborda la posibilidad de que Donald Trump logre un acuerdo con Cuba. La respuesta, tras escuchar a los expertos que participan en el debate, es un sí plagado de condiciones: un pacto probablemente imperfecto, pero quizá lo único capaz de resquebrajar seis décadas de estancamiento.

Los términos del posible acuerdo: entre la presión económica y un plan electoral creíble

Chris, el conductor de la conversación, pide a sus interlocutores que desgranen los elementos que podrían integrar ese hipotético trato. La clave, según se desprende del intercambio, sería que Cuba aceptara celebrar elecciones libres y multipartidistas en un horizonte indefinido. No obstante, los analistas de The Economist admiten que esa promesa puede posponerse sine die mientras se negocia. Lo realmente factible, apuntan, es una flexibilización de la presión económica: levantar el embargo petrolero, aliviar el bloqueo, o incluso abrir espacio a algún tipo de cambio de liderazgo. Todo quedaría condicionado a que el plan resultara creíble para que Marco Rubio —y, con él, la comunidad cubanoamericana— pudiera venderlo como un avance, aunque no se consiguiera todo lo aspirado.

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Durante la charla, se recuerda que Trump ya intentó una fórmula similar con Venezuela, sin llegar a materializarla del todo. La diferencia ahora es que Cuba parece estar, por su asfixia económica, en un momento de mayor debilidad negociadora.

Florida ya no es un estado bisagra: el peso del voto cubano

Una de las bazas que explica por qué cualquier acercamiento a la isla resulta tan complejo es el peso electoral de los cubanoamericanos. El debate de The Economist evoca la época en que Florida era un swing state y los 1.2 millones de votantes de origen cubano inclinaban la balanza. Ambos partidos temían parecer blandos con el régimen, lo que blindó durante décadas leyes draconianas que ataban las manos del presidente para levantar el embargo sin la venia del Congreso. Hoy Florida es un estado sólidamente republicano, pero la dinámica interna de esa comunidad ha cambiado: cuando Obama relajó las sanciones en 2014, las encuestas mostraban que los cubanoamericanos más jóvenes eran mucho más receptivos a una liberalización. Sin embargo, la reinposición de la línea dura por Trump a partir de 2017 hizo que el péndulo volviera al maximalismo.

El factor que podría alterar ese equilibrio, subraya el análisis de The Economist, es la credibilidad que Donald Trump y Marco Rubio tienen entre los votantes de origen cubano. Si estos dos actores presentan un plan, incluso uno que no satisfaga todas las reivindicaciones históricas, es probable que la comunidad lo acepte porque, en palabras del ex congresista demócrata Joe Garcia —entrevistado para el reportaje—, «la mayoría está en la nómina de esta administración».

Si encuentran a un socio dispuesto al otro lado, no importa cómo luzca el trato; los cubanoamericanos se lo tragarán porque la mayoría está en la nómina de esta administración.

— Joe Garcia, ex congresista demócrata, en The Economist

El capitalismo de amiguetes y la falta de seguimiento: los argumentos escépticos

Pese a ese optimismo, los expertos consultados por The Economist destilan dudas sustanciales. Christopher, uno de los analistas, advierte de que el problema de Trump no es que sea un capitalista, sino que es «un cronista», y que su estilo de capitalismo de amiguetes no se presta a una reconstrucción seria de Cuba. A su juicio, un eventual acuerdo correría el riesgo de convertirse en una excusa para extender contratos a los allegados del presidente, en lugar de abrir la economía cubana de forma gradual y transparente.

Sarah, otra de las voces del panel, añade una segunda rémora: la incapacidad de Trump para mantener la atención sobre un plan que exigiría un seguimiento constante durante meses, si no años. «Se le da bien cerrar el trato, tomarse la foto con las cámaras y pasar a otra cosa», ironiza. La complejidad de una transición política monitorizada choca frontalmente con la atención cortoplacista que caracteriza al mandatario, lo que hace temer que cualquier avance se disuelva a las pocas semanas.

¿Puede un mal acuerdo ser mejor que sesenta años de miseria?

Frente a ese escepticismo, el propio conductor del debate se muestra llamativamente optimista. Reconoce que el pacto podría ser «chapucero», pero sostiene que, si logra barrer un régimen terco e ignorante, merecerá la pena intentarlo. Recuerda que Estados Unidos es el país que más invierte en el futuro de la isla por pura cercanía —apenas 90 millas— y que ningún otro actor tiene el incentivo ni la capacidad para impulsar un cambio real.

La lectura editorial que surge de este vídeo es incómoda pero necesaria. Después de seis décadas de políticas fallidas —entre el embargo absoluto y las tímidas aperturas—, la idea de darle una oportunidad al pragmatismo empresarial de Trump, con todos sus vicios, no parece descabellada. El régimen cubano está exhausto y cualquier movimiento que alivie la presión sin ceder el poder total podría encontrar un socio inesperado en Washington. El riesgo, sin embargo, es que la falta de planificación y el favoritismo reproduzcan un esquema extractivo que apenas beneficie a unos pocos, dejando a la población cubana igual de atrapada. No es una apuesta limpia, pero quizá la alternativa —perpetuar otros sesenta años de miseria ideológica— sea aún peor.

El vídeo de The Economist deja todas las cartas sobre la mesa y, con ellas, una pregunta abierta que merece ser discutida: ¿Es la lógica del deal-making la única vía que le queda a la política exterior estadounidense hacia Cuba? Solo el tiempo —y la capacidad de Rubio y Trump para aguantar el pulso— dictará sentencia.

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de The Economist:


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