He analizado el sondeo que hoy publica el European Council on Foreign Relations (ECFR) y la conclusión es clara: la confianza de los europeos en Estados Unidos se ha derrumbado hasta un mínimo histórico. Solo el 11% de los casi 20.000 encuestados en 15 países considera que Washington sigue siendo un aliado, frente al 22% que lo afirmaba en noviembre de 2025. La vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca, su amenaza de anexionarse Groenlandia, la guerra contra Irán sin estrategia clara y el cuestionamiento constante de la OTAN han fracturado unas relaciones transatlánticas que parecían sólidas.
Los datos que confirman la fractura
El estudio revela un giro de época. Por primera vez, una cuarta parte de los europeos —el 25%— percibe a Estados Unidos como un rival o directamente un enemigo. El hartazgo es particularmente intenso entre el electorado de centro-izquierda, pero incluso los partidos de extrema derecha, que en su día coquetearon con el movimiento Maga, ahora lo ven como un activo tóxico. Las cifras no dejan lugar a dudas:
- El apoyo a la OTAN resiste, pero con matices: solo el 29% cree que desmantelarla sería una buena idea. Sin embargo, una mayoría exige más control europeo sobre la organización, harta de depender del inquilino de la Casa Blanca.
- Siete países negocian ya acuerdos de defensa mutua con Francia, buscando en el paraguas nuclear galo la red de seguridad que ya no ofrece Washington.
- En Bruselas se han realizado simulacros sobre la activación del artículo 42.7 del Tratado de la UE —la cláusula de defensa común de los 27—, señal de que la planificación militar autónoma ha dejado de ser un tabú.
“Europa está sola, empotrada entre dos superpotencias rivales —Estados Unidos y China— y amenazada militarmente por Rusia. Ya no puede confiar en el primo de Washington.”
— European Council on Foreign Relations, informe ‘Sólo en casa’, junio de 2026
El pragmatismo de los europeos: rearme sin austeridad y Ucrania con condiciones
La desconfianza hacia Estados Unidos no se traduce en un pacifismo ingenuo. Los ciudadanos entienden que hay que gastar más en defensa, pero rechazan que los ajustes fiscales recaigan sobre otras partidas. La opción preferida para financiar el rearme es la emisión de deuda común europea, replicando el modelo del fondo post-COVID de 2021. Siete de cada diez encuestados apoyan esta vía, que choca con la resistencia de los países frugales del norte de Europa.
Respecto a Ucrania, los europeos mantienen un apoyo con reservas. La mayoría la considera un socio y aliado, pero la idea de enviar tropas —incluso como fuerzas de paz tras un hipotético acuerdo— es rechazada de plano. Ni siquiera en Francia, Alemania o Polonia, los tres países indispensables en cualquier fuerza futura, hay consenso. La adhesión de Ucrania a la UE tampoco convence en el contexto actual: “más adelante y en paz”, resume la encuesta.
Lo que revela este sondeo sobre el nuevo ciclo geopolítico europeo
Lo que me llama la atención de este informe —bautizado con la metáfora de Sólo en casa— es que la ciudadanía ha comprendido el cambio de época más rápido que sus élites. Mientras algunos líderes aún buscan fórmulas para no molestar a Washington, la calle ya actúa como si Europa estuviera sola y tuviera que construir sus propias trampas de defensa.
En el terreno energético, la paradoja es mayúscula. La guerra de Irán ha disparado los precios y la inflación, pero los europeos no quieren dar marcha atrás en la transición verde. Solo los votantes del AfD alemán y del Reform UK británico apoyan una vuelta atrás. La gran mayoría exige que la prioridad política sea generar energía dentro de Europa, preferiblemente renovable. Una demanda que choca con los discursos de algunos gobiernos que ven la crisis como excusa para frenar la descarbonización.
El calendario electoral añade incertidumbre. De aquí a octubre de 2027, Francia, España, Italia y Polonia celebrarán elecciones generales. En Francia, un candidato de extrema derecha llegará casi seguro a la segunda vuelta; en Italia, a Meloni le crece un rival neofascista por su derecha; en Polonia, Donald Tusk no tiene garantizada la continuidad; y en España, un cambio político pasa por la entrada de VOX en el Gobierno. La fractura transatlántica y la presión por la defensa autónoma pueden reconfigurar el mapa político europeo en los próximos dieciocho meses.
🌍 El impacto en España y Europa
Para España, la desconfianza hacia Washington y la necesidad de una defensa europea aceleran debates ya abiertos. El Gobierno deberá aclarar su postura sobre el envío de tropas a Ucrania —una opción que el sondeo muestra ampliamente rechazada— y sobre la financiación del rearme con deuda común, un mecanismo que Madrid apoya. A nivel doméstico, la polarización y la probable entrada de VOX en el Ejecutivo añaden incertidumbre sobre la alineación española en la nueva arquitectura de seguridad europea.
En el ámbito económico, la crisis energética derivada del conflicto iraní mantiene la inflación alta y exige acelerar la transición a renovables, un terreno donde España tiene ventajas comparativas pero necesita inversión. La fractura transatlántica obliga a repensar las prioridades presupuestarias y la política exterior en un momento en el que el Euríbor, sensible a las tensiones geopolíticas, podría registrar nuevos repuntes si la inestabilidad persiste.




