El rendimiento de la deuda pública estadounidense a 30 años alcanzó ayer sus maximos de dos décadas, escalando hasta el 5,22%. Juan Ramón Rallo analiza las causas de esta subida y advierte de que puede convertirse en un serio lastre para el crecimiento económico.
Los inversores llevan meses viendo cómo la curva de rendimientos se empina. Pero lo ocurrido ayer fue una señal inequívoca. El bono del Tesoro a tres décadas escaló hasta el 5,22%, una cota que no veíamos desde 2007, justo antes del estallido de la crisis financiera. La sesión fue una especie de reacción alérgica a las palabras del nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Wars, quien, según Rallo, no convenció al mercado sobre su determinación para combatir la inflación.
Un movimiento aparentemente paradójico
Durante su intervención, la Fed decidió mantener los tipos de interés sin cambios, pero lo que realmente inquietó fue la ambigüedad de Wars sobre futuras subidas. Rallo explica que, de inmediato, el mercado ejecutó una operativa aparentemente contradictoria: se desplomó el tipo de los bonos a dos años —al no esperarse endurecimiento monetario inminente—, mientras que el de los bonos a 30 años se disparó. ¿La razón? El mercado interpretó que, si la Reserva Federal se mostraba laxa con la inflación, la compensación exigida para invertir a largo plazo debía ser mayor. Es decir, subió la prima por riesgo inflacionario en el largo plazo.
La inflación no es la gran culpable
Parece una explicación impecable, sobre todo en un contexto en el que la guerra de Irán sigue presionando los precios energéticos. Sin embargo, Rallo advierte en su último vídeo que cometeríamos un error si atribuimos el encarecimiento de la deuda a treinta años principalmente a la inflación esperada. Para demostrarlo, acude al diferencial entre los bonos nominales y los indexados a la inflación (TIPS). Si las expectativas de inflación se hubieran disparado, esa brecha se habría ensanchado. Pero los datos muestran que la expectativa de inflación a 30 años está hoy al mismo nivel que a principios de 2026. Las oscilaciones han sido mínimas, y desde luego no explican el persistente incremento del tipo nominal.
El déficit desbocado y la sed de la IA
Si no es la inflación, ¿qué está pasando? Rallo identifica dos grandes fuerzas que confluyen en una demanda insaciable de financiación a largo plazo. Por un lado, el Tesoro estadounidense continúa emitiendo deuda de forma masiva para cubrir unos déficits que describe como monstruosos, sin que se vislumbre intención alguna de disciplina fiscal. Por otro, el sector privado está protagonizando un auténtico boom de inversión real: laboratorios de inteligencia artificial, centros de datos e infraestructura eléctrica. Todo ello ha disparado el CAPEX en la economía de EE.UU. y, con él, las necesidades de apalancamiento a largo plazo.
Pero además, Rallo apunta a un mecanismo indirecto. La presión política de Donald Trump para que la Fed mantenga los tipos bajos no solo aplana el tramo corto de la curva, sino que reduce los incentivos del Tesoro para sanear sus cuentas. Si refinanciarse a corto plazo resulta barato, el ajuste fiscal se pospone, y esa erosión de la solvencia a largo plazo se termina reflejando en tipos de interés reales —después de inflación— más altos.
Si Wars mantiene los tipos a corto plazo bajos, el Tesoro tiene menos incentivos para recortar el déficit, y esa pérdida de solvencia a largo plazo se paga con tipos reales más altos.
— Juan Ramón Rallo
El ‘efecto expulsión’ y el riesgo para el motor del crecimiento
Esta dinámica, sostiene el economista, puede terminar pasando factura a la propia economía a través del clásico efecto expulsión. Las empresas que están detrás del auge inversor —desde los desarrolladores de modelos de IA hasta las compañías que levantan centros de datos— necesitan crédito abundante y barato. Pero si el Tesoro compite ferozmente por esos mismos fondos prestables, el coste de financiación se encarece para todos. Y con el bono a 30 años por encima del 5,2%, muchos proyectos que antes parecían rentables pueden quedarse en el limbo. Rallo subraya que la industria de la inteligencia artificial, hasta ahora uno de los pilares del crecimiento estadounidense, podría ser la primera en resentirse si las condiciones financieras siguen endureciéndose en el tramo largo.
Una señal que los inversores harían bien en no ignorar
Más allá del dato puntual, la situación dibuja un escenario en el que la política fiscal expansiva y la revolución tecnológica compiten por los ahorros del mundo. Y lo hacen justo cuando un banco central tibio con la inflación añade más incertidumbre a la ecuación. Para el inversor particular, el mensaje de Rallo es claro: vigilar la parte larga de la curva porque está mandando alertas que ni la Reserva Federal ni el Tesoro pueden seguir ignorando sin consecuencias. El propio analista recuerda en su vídeo que, en este entorno, los productos que permiten cerrar rentabilidades atractivas a distintos plazos cobran especial protagonismo, aunque esa es una conversación que cada cual debe llevar a su terreno.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Juan Ramón Rallo:





