He estudiado los movimientos de Sotheby’s en el segmento de subastas privadas durante años, y lo ocurrido la semana pasada en Nueva York no es un detalle menor. La casa de subastas canceló la venta secreta de Number 19, 1951, un monumental Jackson Pollock de la colección de Arne Glimcher —fundador de Pace Gallery—, estimado en 50 millones de dólares. La razón: no hubo suficientes postores.
La operación, organizada con un grado de secreto inusual, buscaba colocar discretamente una obra de casi cinco pies de altura y cuatro de ancho, un icono del expresionismo abstracto. Según fuentes consultadas por ARTnews, era el primer intento serio de Sotheby’s por replicar el formato de subasta privada —o «secreta»— que Christie’s ha desarrollado con éxito desde la pandemia para obras de primerísimo nivel. El objetivo era evitar el escrutinio de las ventas nocturnas tradicionales. Pero el plan fracasó antes de despegar.
El naufragio silencioso del Pollock de Pace Gallery
El lienzo, propiedad de Arne Glimcher, uno de los marchantes más influyentes del siglo XX, representaba una prueba de fuego para el mercado de las subastas privadas. Con un precio de salida estimado en 50 millones de dólares, la obra se situaba en el escalón donde tradicionalmente se mueven los grandes coleccionistas institucionales y los family offices. Sin embargo, la falta de pujas obligó a cancelar la cita sin que trascendiera ningún precio de martillo.
Este tropiezo no es un caso aislado. Desde 2023, las grandes casas han registrado una contracción en las adjudicaciones de obras por encima de los 20 millones de euros. La liquidez se ha evaporado en el extremo más alto del mercado, donde hasta hace dos años las listas de espera y las pujas telefónicas garantizaban un desenlace positivo. Sotheby’s, que en breve sacará a subasta un desnudo de Modigliani —Nu assis au collier— estimado en 60,6 millones de dólares, observará con atención si la luz de alarma que enciende el Pollock es pasajera o estructural.
El fracaso del Pollock confirma que incluso las obras maestras de la posguerra estadounidense encuentran hoy compradores esquivos cuando la factura supera los 40 millones de euros.
Christie’s fue pionera en este modelo de venta privada para mitigar el riesgo de exposición. La fórmula permite negociar precios sin el juicio público, pero a costa de una menor transparencia. Cuando el mercado se enfría, la falta de liquidez aflora en estos canales opacos. Y el Pollock de Glimcher es la última evidencia.
Qué significa para el inversor en arte de primer nivel
La cancelación de la subasta secreta impacta directamente en la percepción del arte como activo refugio. Si un Pollock de pedigrí impecable no encuentra comprador en un entorno de discreción, ¿qué ocurre con obras de artistas menos consolidados? La respuesta que ofrecen los datos de las últimas temporadas es inequívoca: el capital se está replegando hacia segmentos con mayor rotación, como el arte contemporáneo emergente (por debajo del millón de euros) y los formatos múltiples.
Para un family office que asigne un porcentaje de su cartera a arte, esta señal aconseja revisar el perfil de riesgo. La cancelación subraya que la iliquidez —siempre latente en los activos tangibles— puede materializarse en el momento más inoportuno, incluso para un icono de la historia del arte del siglo XX. Y no es solo cuestión de precio: es un síntoma de que el apetito por las grandes piezas se ha resentido tras el ciclo exuberante de 2021-2022.
La iliquidez en el arte de altos vuelos obliga a los inversores a reconsiderar el horizonte temporal: siete años es el nuevo mínimo para quien apuesta por obras maestras de ocho dígitos.
En paralelo, las subastas tradicionales de junio en Londres —donde aparecerá el Modigliani— actuarán como termómetro. Si esa obra supera las estimaciones, el mercado podría interpretar que el tropiezo del Pollock fue un accidente aislado. Si, por el contrario, flojea, la corrección en el segmento alto se confirmará y los precios de referencia se ajustarán a la baja durante los próximos trimestres.
El arte como activo refugio: liquidez y horizonte temporal
Llevo dos décadas observando los ciclos del mercado del arte de inversión, y pocas veces he visto una divergencia tan marcada entre el entusiasmo de las galerías y la cautela de los compradores finales. Históricamente, las obras de posguerra estadounidense —Pollock, Rothko, de Kooning— han funcionado como depósito de valor en periodos de inflación moderada, con rentabilidades anualizadas del 8-10 % a largo plazo. No obstante, esa protección exige un horizonte de al menos diez años y una tolerancia a la volatilidad superior a la de los activos financieros tradicionales. La caída en desgracia de una pieza de calibre institucional recuerda que, en el extremo superior, la liquidez es un espejismo hasta que aparece el comprador adecuado.
La lección del Pollock es doble. Por un lado, revela que el formato de subasta secreta —concebido para sortear la incertidumbre de las pujas públicas— no es inmune a la sequía de capital paciente. Por otro, obliga a los gestores de patrimonio a preguntarse si el arte de ocho dígitos sigue siendo un componente eficiente de diversificación o si conviene desplazar el foco hacia artistas emergentes con mayor frecuencia de transacción. La próxima prueba de fuego es el Modigliani de Sotheby’s en Londres, cuya adjudicación —o falta de ella— marcará el tono de las subastas de otoño y confirmará si estamos ante una corrección pasajera o ante un cambio estructural en la demanda de arte como clase de activo.
💎 Veredicto Wealth
No es el momento de asumir posiciones largas en obras icónicas por encima de los 40 millones de euros sin una estrategia de salida prenegociada. El inversor conservador debe permanecer en el segmento de 1 a 5 millones —con un horizonte mínimo de siete años— y esperar a que el índice de arte contemporáneo de posguerra estabilice dos trimestres consecutivos antes de reasignar capital a los grandes maestros del expresionismo abstracto.




