El coste descontrolado de la nuclear en Reino Unido: un aviso para España ante el plan de cierre

Los sobrecostes de Sizewell C y Hinkley Point C superan ya los 50.000 millones de euros y los plazos se dilatan más de una década. La decisión española de cerrar sus centrales nucleares choca con la realidad técnica y financiera que refleja el caso británico.

Los dos grandes reactores que Reino Unido prometió para esta década siguen siendo un agujero de hormigón y facturas. Sizewell C y Hinkley Point C acumulan retrasos y sobrecostes que nadie vio venir. O, al menos, que nadie quiso reconocer. La experiencia británica se ha convertido en una lección amarga, el tipo de lección que España debería mirar con atención. Porque aquí el plan de cierre nuclear sigue su curso sin que nadie se atreva a cambiarlo.

El gobierno de Londres lleva años apostando por la energía nuclear como pilar de su independencia energética. Pero entre el diseño y la realidad se ha abierto un abismo. Hinkley Point C, el buque insignia, está en obras desde 2017. Se suponía que costaría 18.000 millones de libras. Hoy, los analistas más optimistas sitúan la factura por encima de los 32.000 millones. Los más pesimistas, cerca de los 40.000 millones. Un desastre financiero con consecuencias en la tarifa eléctrica para los consumidores británicos durante décadas.

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La pesadilla financiera de Sizewell C y Hinkley Point C

Sizewell C, en la costa de Suffolk, recibió su aprobación urbanística en 2022 y fue definitivamente autorizado en 2025. Un calendario que ya acumula retrasos de casi tres años sobre las previsiones iniciales. Se espera que entre en funcionamiento a mediados de la década de 2030, pero pocos se atreven a poner fecha. El problema no es solo el dinero: es la pérdida de confianza. Cada año de demora equivale a cientos de millones en intereses, revisiones de ingeniería y costes de financiación que disparan el precio final del megavatio-hora.

Ambos proyectos están siendo financiados con un modelo de RAB (Regulated Asset Base), que traslada el riesgo de construcción al consumidor desde el primer día. Es decir, los británicos pagan en su recibo la construcción de unas centrales que aún no producen un solo kilovatio-hora. Una transferencia de riesgo que ha despertado críticas tanto en la City como en los círculos académicos. «Es un cheque en blanco», dijo hace meses un exdirectivo de la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria del Reino Unido.

La paradoja es dolorosa: Reino Unido necesita esa energía para reducir su dependencia del gas, pero el remedio amenaza con ser más caro que la enfermedad. Las centrales actuales de la flota británica, heredadas de los años 80 y 90, están llegando al final de su vida útil. Sin Sizewell C ni Hinkley Point C, el país podría enfrentarse a apagones selectivos en los próximos inviernos. Y sin embargo, construir nuevas unidades se está demostrando un reto industrial inasumible.

El sector nuclear europeo arrastra problemas parecidos. En Francia, el reactor de Flamanville 3 acumuló doce años de retrasos. En Finlandia, Olkiluoto 3 tardó 17 años en conectar a la red. Todos los grandes proyectos termonucleares de Occidente han sufrido la misma enfermedad: costes desbocados, plazos eternos y una cadena de suministro incapaz de seguir el ritmo.

El plan de cierre español y sus contradicciones

Mientras tanto, España se mantiene firme en su calendario de cierre nuclear. Las centrales de Almaraz, Ascó, Cofrentes, Vandellós II y Trillo deberían apagarse progresivamente entre 2027 y 2035. En total, 7,1 gigavatios de potencia firme que hoy aportan cerca del 20% de la electricidad que consume el país. El Gobierno argumenta que las renovables y el almacenamiento cubrirán ese hueco. Pero la realidad no es tan exacta.

Sizewell C

El argumento oficial es que mantener las nucleares abiertas más allá de los 40 años de vida útil supondría un riesgo de seguridad y una carga económica para el sistema. Pero el coste de sustituirlas por gas durante los momentos de baja generación renovable podría ser mucho mayor. El pasado invierno, cuando el viento casi desapareció durante dos semanas, las centrales nucleares españolas funcionaron al 98% de su capacidad y evitaron que el precio de la luz se disparase a niveles insoportables.

El Reino Unido ha aprendido por las malas que planificar una transición nuclear sin tener lista la alternativa térmica es una temeridad. España, con un mix renovable envidiable, corre el riesgo de repetir ese error si no revisa los plazos de cierre. El problema no es ideológico, sino técnico: la eólica y la fotovoltaica son intermitentes, y el almacenamiento en baterías, aunque avanza rápido, no está maduro para suplir a siete reactores nucleares durante semanas sin viento ni sol.

Construir nuclear desde cero es hoy un agujero financiero que nadie en Europa está logrando cerrar a tiempo. Cerrar las centrales que ya funcionan equivale a un salto al vacío energético.

La nuclear como solución o como riesgo en la transición energética

Yo creo que la respuesta está en alargar la vida de los reactores actuales, tal y como está haciendo Estados Unidos o incluso Bélgica, que dio marcha atrás en su plan de cierre. No es una decisión sencilla. Exige inversiones en seguridad y revisiones periódicas del Consejo de Seguridad Nuclear. Pero el coste de esas prórrogas es infinitamente inferior al de construir nuevas plantas o al de pagar el gas en un ciclo alcista.

El espejo británico nos dice que, si quieres energía nuclear, o la tienes ya construida y funcionando, o te enfrentas a un calvario financiero e industrial. En España, la tenemos. Y apagarla antes de tiempo, cuando el sistema eléctrico aún no tiene un respaldo firme equivalente, es jugar con fuego.

No propongo que se abran nuevos reactores. No tiene sentido en un país con la insolación y el viento de España. Propongo que mantengamos los que funcionan mientras la transición termina de consolidarse. Que no repitamos el error de los británicos: soñar con reactores de última generación y acabar hipotecando a los consumidores con facturas que tardarán décadas en amortizarse.

La transición energética no se hace solo con paneles solares. Se hace con realismo industrial. Y el realismo, en este momento, pasa por conservar lo que ya tenemos hasta que las baterías, los ciclos combinados de hidrógeno o la demanda gestionable nos permitan prescindir de la fisión sin poner en riesgo la estabilidad de la red ni el precio de la luz.


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