La ansiedad se ha convertido en uno de los diagnósticos más frecuentes de nuestra época, pero también en uno de los peor comprendidos. Anabel González, psiquiatra coruñesa, lleva años intentando explicar por qué la forma en que solemos tratar el miedo y la ansiedad a menudo los alimenta en lugar de apagarlos.
González asegura que el miedo no es el problema. «El miedo es parte de nuestro pack básico de supervivencia; sin él, nos hubiéramos extinguido hace mucho tiempo», recuerda. El organismo lo usa como señal de alarma, como un motor que arranca cuando detecta peligro. El problema llega cuando ese motor se queda encendido sin razón, o cuando empieza a encenderse ante cosas que no tienen nada de amenazador.
Cómo el cerebro convierte el miedo en ansiedad

Para González, entender la ansiedad exige entender cómo aprende el cerebro. Cuando algo nos asusta, el cerebro no archiva solo ese susto: guarda también todo lo que había alrededor en ese momento. Un perro que muerde deja una huella que con el tiempo puede extenderse a los parques, a los árboles, al olor del lugar. El miedo original se va pegando a elementos cada vez más neutros. «La ansiedad sería el miedo que se te queda pegado a lo que hay alrededor de lo peligroso», explica la psiquiatra. Cuando ese proceso se desboca, aparecen los pensamientos catastróficos, la sensación de que lo peor es inevitable y, al final, el pánico.
Lo que complica aún más el cuadro es la respuesta habitual ante esa incomodidad: evitar lo que genera miedo. La lógica parece razonable, pero el efecto es el contrario. El miedo crece en el terreno que dejamos de pisar. Quien evita coger el coche después de un accidente, y busca mil alternativas para no hacerlo, un día se descubre incapaz de ponerse al volante aunque quiera. La ansiedad ha ganado terreno mientras uno miraba hacia otro lado.
Las terapias que trabajan con este mecanismo, como la exposición gradual o el EMDR, van en sentido opuesto: proponen desandar el camino. «A veces, para salir de un laberinto, el mejor camino de salida es desandar el camino que hemos hecho», dice González. No es un proceso sencillo. Requiere volver a situaciones que generan ansiedad, sostenerlas el tiempo suficiente para que bajen de intensidad y, en el caso del EMDR, rastrear las raíces de ese miedo hasta sus primeras apariciones en la historia de cada persona.
Por qué «cálmate» no funciona y qué hacer en su lugar
Uno de los errores más extendidos en el manejo de la ansiedad es la respuesta que reciben quienes la sufren. Familiares, amigos y a veces los propios pacientes se dicen unos a otros que hay que tranquilizarse, que no es para tanto, que basta con relajarse. González es contundente al respecto: «Decirle a alguien con ansiedad ‘estate tranquilo’ es exactamente lo mismo que decirle a alguien con una herida ‘no sangres'». La persona que sufre ansiedad no elige estar así. Decirle que se calme no solo no ayuda, también confirma que nadie entiende lo que le pasa.
Lo que sí funciona, según la psiquiatra, es construir algo más duradero que la calma puntual. La calma es pasajera por definición. Lo que protege de verdad ante el miedo y la ansiedad es la seguridad, una cualidad que no tiene nada que ver con la certeza ni con el control. «La seguridad nace de la reflexión, de la capacidad de establecer relaciones con los demás y de la confianza», apunta González. Crece despacio, a través de la experiencia, del contacto con lo desconocido y de aprender que se puede atravesar lo difícil sin derrumbarse.
El control, advierte, no es un sustituto válido. Las personas que organizan su vida para que nada salga del guion quedan desarmadas cuando la vida hace lo que suele hacer: sorprender. La ansiedad prospera precisamente en ese espacio entre lo que esperamos y lo que ocurre.
La buena noticia es que la seguridad se puede aprender a cualquier edad. No requiere haber tenido una infancia perfecta ni una historia sin heridas. Requiere reflexión, disposición a confiar y, sobre todo, voluntad de dejar de evitar lo que da miedo. Porque en ese movimiento hacia lo incómodo, y no en la huida, es donde la ansiedad empieza a perder fuerza.






