Mario Alonso Puig, médico cirujano español, reconvertido en uno de los conferenciantes más convocados del mundo hispano, aseguró que los grandes males de salud mental de hoy tienen raíces en decisiones cotidianas que la sociedad normaliza con demasiada facilidad. La alimentación, el sedentarismo, el insomnio y la pérdida de vínculos reales son, según él, el caldo de cultivo de una pandemia silenciosa.
Alonso Puig lleva más de dos décadas traduciendo neurociencia y humanismo en palabras que la gente común puede usar. Lo hizo 26 años desde los quirófanos, y lleva aún más desde los escenarios. Cuando habla de sufrimiento, lo hace con la autoridad de quien lo ha visto de cerca.
Una medicina que mira al ser humano completo
Para Alonso Puig, el problema parte de un concepto demasiado estrecho de lo que es curar. «La medicina no puede ver solo enfermedades, tiene que ver seres humanos sufriendo, su cuerpo, mente y espíritu», afirma. Esa convicción, que fue madurando durante sus años como cirujano especializado en aparato digestivo, lo llevó a abandonar los hospitales para dedicarse a divulgar lo que los padres de la medicina occidental ya sabían: que el cuerpo no enferma en el vacío.
En ese marco, la alimentación ocupa un lugar central que, dice, la psiquiatría y la psicología convencional han tardado en reconocer. Algunos profesionales de la salud mental empiezan a proponer cambios nutricionales antes que medicación, y los resultados, según él, son notables. La razón es fisiológica: una alimentación descuidada no solo daña las células, sino que produce inflamación cerebral, y esa inflamación está documentalmente asociada a la ansiedad y la depresión. El consumo masivo de azúcar, presente en gran parte de lo que se ingiere a diario, aparece como uno de los factores más directos.
Pero la alimentación no actúa sola. El sedentarismo, el insomnio y el aislamiento emocional completan un cuadro que Alonso Puig describe como sistémico. Una sociedad que presume de hiperconectividad produce, paradójicamente, personas que no tienen con quién realmente conectar. Japón, dice, ya creó un ministerio de la soledad. Esa imagen resume lo que él ve en sus giras por el mundo.
Ruido mental, generaciones y el peso de la alimentación

Uno de los errores más extendidos, insiste Alonso Puig, es intentar controlar el pensamiento compulsivo por la fuerza. «Querer controlar el ruido mental es favorecer que se intensifique», sostiene. La clave no es el control sino el entrenamiento de la atención, algo que la meditación permite desarrollar y que él mismo aplicó en diagnósticos clínicos de alta complejidad.
En el plano cultural, señala una narrativa que considera tan peligrosa como la mala alimentación: la que le dice a los jóvenes que el esfuerzo está pasado de moda. «Les dicen que el esfuerzo es de tontos y que los listos se hacen ricos de repente», resume con una crudeza que no disimula. Cuando desaparecen del horizonte valores como la voluntad, la pasión o la generosidad, lo que queda es un vacío que alimenta la ansiedad y erosiona la autoestima.
Frente a esa narrativa, rechaza con energía la etiqueta de «generación de cristal» que suele aplicarse a los jóvenes de hoy. «Es una mentira que sean la generación de cristal; son una generación de acero», afirma. Ha visto demasiada resiliencia en personas jóvenes para aceptar ese diagnóstico fácil.
La inteligencia emocional, concepto que popularizó Daniel Goleman a partir de las investigaciones de Peter Salovey y Howard Gardner, aparece en su relato como la pieza que la educación sigue ignorando. El éxito en la vida, recuerda, no depende solo del coeficiente intelectual. «El éxito global en la vida tiene tanto que ver con la emoción como con la cognición», dice, y en esa frase cabe casi toda la crítica a un sistema que sigue midiendo el talento con una sola vara.





