La AIE dispara la inversión energética en 2026: récord de 3,4 billones y la electricidad se lleva el 60%

El gasto en redes, renovables y almacenamiento supera por primera vez los 2 billones de dólares, mientras la inversión en crudo retrocede incluso con el barril disparado por la crisis de Ormuz. Los esfuerzos de los países por garantizar la seguridad energética tras dos crisis en

La inversión energética mundial alcanzará los 3,4 billones de dólares en 2026, una cifra récord que confirma el vuelco histórico hacia la electrificación. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el gasto en electricidad —redes, renovables, almacenamiento, nuclear y eficiencia— sumará 2,2 billones de dólares, casi el 60% del total. Los hidrocarburos, incluidos petróleo, gas y carbón, se reparten los 1,2 billones restantes.

El informe, publicado este miércoles, subraya que el mundo está respondiendo a dos crisis energéticas en menos de cinco años con una estrategia de seguridad basada en kilovatios, no en barriles. “La inversión en electricidad limpia está superando por primera vez de forma estructural a la destinada a combustibles fósiles”, señala la agencia. La apuesta por redes, baterías y fuentes renovables no tiene precedentes.

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El reinado de la electricidad: 2,2 billones para un sistema nuevo

De los 2,2 billones de dólares destinados a electricidad, la mayor parte se dirige a renovables —solar y eólica— y al desarrollo de almacenamiento en baterías, que este año recibirá un 35% más de inversión que en 2025. Las redes eléctricas también absorben una porción creciente: modernizar la infraestructura de transporte y distribución se ha convertido en una prioridad para los países que quieren integrar más capacidad renovable sin colapsar el sistema.

La energía nuclear, aunque con menor peso numérico, vuelve al radar de los inversores en mercados como Francia, Estados Unidos y Japón, mientras la eficiencia energética capta fondos adicionales al calor de las nuevas normativas europeas y norteamericanas. Es la primera vez que el presupuesto eléctrico supera la barrera de los 2 billones de dólares, duplicando la cifra de hace apenas una década.

El crudo se encoge a la sombra de Ormuz

El petróleo no sale bien parado. A pesar de que los precios del barril se mantienen elevados por la crisis del estrecho de Ormuz, la inversión en exploración y producción (upstream) de crudo retrocede respecto a 2025. La AIE ve un descenso específico en el segmento de crudo, mientras el gas natural y el carbón completan la partida de hidrocarburos.

“Es la señal más clara de que los mercados financieros ya no ven el petróleo como un activo de crecimiento estructural a largo plazo”, comento yo desde esta tribuna. Los altos precios no están generando el ciclo inversor clásico: las petroleras prefieren devolver capital a los accionistas o apostar por proyectos de hidrógeno y captura de carbono antes que abrir nuevos pozos en aguas profundas.

La tensión geopolítica en el Golfo Pérsico, donde cerca del 20% del tráfico mundial de crudo transita por Ormuz, ha elevado la prima de riesgo, pero el capital fluye hacia la electricidad. La paradoja es notable: nunca fue tan caro llenar el depósito y, al mismo tiempo, nunca se invirtió tan poco en encontrar más combustible.

Los 2,2 billones en electricidad no son una cifra más: son el certificado de que la seguridad energética ha cambiado de apellido.

AIE inversión

Análisis: ¿Estamos ante el principio del fin de la era del petróleo?

Las cifras de la AIE confirman una tendencia que ya se intuía en los últimos planes estratégicos de las grandes utilities. Si en 2015 el reparto entre electricidad e hidrocarburos era aproximadamente del 50%, hoy la balanza se ha inclinado 60-40. Para 2028, algunos analistas proyectan que la electricidad podría rozar el 70% de la inversión energética global. La mayoría de los analistas coinciden en que el cambio es estructural y no coyuntural.

Europa lidera la carrera inversora con sus ambiciosos objetivos de descarbonización, pero China y Estados Unidos no se quedan atrás. Pekín ha multiplicado por tres su gasto en renovables desde 2020, mientras Washington acelera gracias a los estímulos fiscales heredados de la Inflation Reduction Act. El resultado es un efecto arrastre: cuando los dos mayores emisores compiten en tecnología limpia, la cadena de suministro global se electrifica.

Sin embargo, hay riesgos. La dependencia de minerales críticos como litio, cobalto y cobre sigue concentrada en pocos países, lo que reproduce las vulnerabilidades geopolíticas que el petróleo ya conoce bien. Además, la velocidad de la transición podría generar cuellos de botella en las redes: sin una ampliación masiva de la infraestructura de distribución, el excedente de renovables no encontrará salida y los precios mayoristas pueden hundirse, desincentivando nuevas inversiones.

Personalmente creo que el hito de los 2,2 billones en electricidad es un punto de inflexión comparable a la irrupción del smartphone en 2007: los sectores que no se suban al tren de la electrificación corren el riesgo de quedar obsoletos. Pero también advierto de una euforia excesiva: el gas natural, pese a ser un hidrocarburo, juega un papel clave en la estabilidad de las redes y seguirá atrayendo capital durante años. La transición no es binaria.

La pregunta que queda en el aire no es si la electricidad ganará la partida, sino a qué velocidad y si el sistema financiero está preparado para digerir el abandono progresivo de activos fósiles valorados en billones de dólares. El próximo informe de estabilidad financiera del BCE, previsto para julio, podría darnos la primera pista.


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