La frágil tregua entre Estados Unidos e Irán se ha quebrado con estruendo. Los bombardeos estadounidenses sobre más de 300 objetivos iraníes y el cierre fulminante del estrecho de Ormuz por parte de la Guardia Revolucionaria han devuelto a la región al escenario de guerra abierta que parecía superado. En su último análisis, Juan Ramón Rallo desmenuza los cinco obstáculos que, según sostiene, impiden un acuerdo de paz sostenible.
El detonante inmediato fue la decisión de Donald Trump de dar por finalizada la tregua. La respuesta iraní no se hizo esperar: no solo se cerró el paso de una quinta parte del petróleo mundial, sino que Teherán bombardeó un portacontenedores e instalaciones en cinco países vecinos. Con el crudo disparándose, la pregunta es inevitable: ¿por qué resulta tan difícil consolidar la paz en el estrecho?
La soberanía del corredor marítimo: quien manda mientras se negocia
El primer escollo es tan elemental como explosivo. El memorándum del 17 de junio, diseñado para sentar las bases del acuerdo definitivo, dejó en el aire la cuestión de quién controla el tránsito durante la prórroga. Rallo advierte que esta ambigüedad fue el precio que ambas partes pagaron para vender a sus públicos internos una victoria provisional, y ahora es la mecha que reaviva el conflicto.
Irán interpreta que los barcos deben navegar pegados a su costa, bajo la supervisión directa de la Guardia Revolucionaria y con la posibilidad de cobrar tarifas en el futuro. Se trata, según el economista, de una ruta que consagra la soberanía de facto de Teherán sobre el estrecho. Estados Unidos, por el contrario, ha promovido un corredor alternativo junto a Omán, protegido por cobertura aérea y sin peajes.
Juan Ramón Rallo lo resume con contundencia: la ruta iraní es la única palanca negociadora que le queda al régimen tras haber perdido defensas antiaéreas, buena parte del programa nuclear, la flota convencional e incluso a su líder supremo. La ruta omaní, simplemente, la aniquila. De ahí los repetidos ataques a buques que transitaban por aguas omaníes: no buscaban romper el pacto, sino forzar su interpretación.
‘La ruta iraní conserva la única palanca negociadora que le queda a Teherán; la ruta omaní la destruye.’
Juan Ramón Rallo
El orden de las concesiones: economía contra geopolitica
El segundo obstáculo es la secuencia de los intercambios. Washington exige la apertura plena del estrecho de inmediato y pospone las contrapartidas económicas; Irán reclama justo lo contrario: un alivio sancionador sustancial antes de renunciar a su control. El memorándum intentó salvar la brecha con una cesión parcial —tránsito sin peajes a cambio de levantar el bloqueo naval y permitir la venta de petróleo iraní en dólares—, pero esta semana el Tesoro estadounidense revocó esa exención en represalia por los ataques.
Rallo subraya que la situación se ha envenenado con una exigencia adicional: altos funcionarios de Trump esperan que Irán anuncie públicamente que dejará de disparar contra los barcos. No basta con cesar los ataques; hay que proclamarlo ante el mundo sin haber recibido casi nada a cambio. El círculo vicioso es evidente: se confisca el premio y, a la vez, se pide una humillación televisada.
Desminado y verificación: una tarea imposible
El tercer gran escollo es técnico y diplomático a la vez. El acuerdo obligaba a Irán a desminar el estrecho en 30 días, pero medios consultados por el analista sugieren que el régimen ha perdido el rastro de gran parte de las minas sembradas durante la guerra. Aunque existiera voluntad, completar la limpieza sería casi imposible.
El verdadero problema, explica Rallo, es la verificación. Cuando destructores estadounidenses entraron en el estrecho para colaborar en el desminado, Teherán lo denunció como una violación del alto el fuego y amenazó con atacarlos. Irán no puede o no quiere desminar del todo, pero tampoco permite que lo haga Estados Unidos, ya que considera esa presencia naval la antesala de una ocupación permanente. El desbloqueo se convierte así en un callejón sin salida.
El alcance del acuerdo final: un abismo de expectativas
El cuarto obstáculo reside en la propia naturaleza del pacto definitivo. Según Juan Ramón Rallo, Estados Unidos aspira a un acuerdo casi quirúrgico: libertad de navegación garantizada y desmantelamiento o limitación verificable del programa nuclear iraní. Todo lo demás es accesorio. Irán, en cambio, busca un tratado omnicomprensivo que desmonte toda la arquitectura sancionadora e incluya garantías de seguridad y el reconocimiento como potencia regional.
La disparidad de perímetros envenena la mesa: cada parte acusa a la otra de colar asuntos que no tocan. Además, la cuestión de quién queda vinculado por el pacto resulta explosiva. Tres días después de la firma del memorándum, Israel atacó posiciones de Hezbolá en el sur de Líbano e Irán cerró el estrecho alegando que ese acto violaba el acuerdo, pese a que Israel nunca lo suscribió. Como concluye el economista, mientras actores externos puedan hacer descarrilar el proceso con un bombardeo ajeno a la negociación, la paz será siempre frágil.
Las presiones políticas internas: el talón de Aquiles de la paz
La quinta barrera es el motor que impide resolver las otras cuatro. Ninguno de los dos gobiernos puede permitirse las concesiones necesarias ante sus respectivas audiencias. Trump afronta las elecciones de medio término con una crisis energética a cuestas y los halcones republicanos le acusan de apaciguamiento si tolera un solo ataque iraní. El resultado, apunta Rallo, es un desdoblamiento casi esquizofrénico: el presidente proclamó el viernes que el alto el fuego está muerto y, en la misma comparecencia, aceptó que las conversaciones continúan.
Enfrente, un régimen iraní decapitado tras el asesinato de Jamenei atraviesa una transición interna donde ningún dirigente puede firmar la entrega del estrecho sin quedar retratado como traidor. La exigencia estadounidense de una declaración pública renunciando a los ataques se convierte así en una humillación televisada que pone en riesgo la supervivencia del propio régimen. Para Irán, entregar el control del estrecho no es solo perder una baza negociadora: es admitir la derrota ante su población.
Rallo cierra su análisis con una reflexión sobre el nudo gordiano que enreda todos estos problemas. La desconfianza sobre la secuencia endurece la pelea por las rutas; los ataques activan las presiones internas, y estas dinamitan las contrapartidas que podrían desbloquear la verificación. Así se alimenta un ciclo en el que declaraciones de paz y rupturas se suceden sin que ninguna de las partes quiera un conflicto permanente, pero sin que ninguna logre construir una paz duradera.
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