Cuatro años después de la invasión rusa de Ucrania, la Unión Europea sigue penalizando fiscalmente la energía limpia mientras el consumo de electricidad apenas araña el 23% de la energía total. Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), lo ha calificado de ‘grave error’ y ha instado a emular a potencias asiáticas que superan el 30%.
La advertencia de la AIE: un retroceso competitivo
El diagnóstico de Birol es contundente. Que la UE comparta una tasa de electrificación similar a la de Estados Unidos, un gran productor de hidrocarburos, demuestra una contradicción estratégica. Mientras China, Japón y Corea del Sur avanzan, Europa sigue encadenando su industria y su calefacción al gas y al petróleo importados. El nuevo comisario europeo de Energía, Dan Jørgensen, admite el estancamiento: la reducción del 20% en el consumo de gas tras el corte de los gasoductos rusos no se ha traducido en una descarbonización estructural, sino en una dependencia renovada de otros proveedores.
Las turbulencias geopolíticas en Oriente Medio han vuelto a exponer esa fragilidad. Birol lo resume con crudeza: ‘Habría esperado una mejor respuesta a esta crisis’. La competitividad europea está en juego.
El plan de Bruselas: rebajar impuestos para que la electricidad no ahogue a la industria
La Comisión Europea presentará la próxima semana un plan de choque normativo que ataca la raíz fiscal del problema. El documento revela una brecha de precios escandalosa: solo en Suecia y Finlandia el coste de la luz para la industria no llega a duplicar el del gas. En el extremo opuesto, países como Grecia, Italia, Hungría e Irlanda inflan el recibo con tasas de red y cargos gubernamentales directos.
El objetivo de Bruselas es forzar por ley a los gobiernos a abaratar la electricidad. La meta para 2030 establece que el precio eléctrico no supere 2,5 veces el del gas en los hogares y se limite a un máximo de 2 veces en el sector industrial. Se trata de convencer económicamente a los ciudadanos de adoptar bombas de calor y coches eléctricos. Sin un diferencial claro, el consumidor no moverá ficha.
La lentitud en la electrificación ya no es solo un problema climático: es un factor directo de pérdida de soberanía y competitividad.

Y mientras, los 600 GW que nadie conecta
El verdadero cuello de botella no está solo en los impuestos. Birol advirtió de un atasco monumental en las redes. En un año récord, se instalaron 85 GW de potencia renovable en la UE, pero 600 gigavatios de proyectos limpios ya construidos permanecen inactivos a la espera de conexión. La infraestructura de transporte no absorbe la generación disponible y las inversiones en redes avanzan a un ritmo muy inferior al que exige la transición.
Esa desconexión entre generación y red convierte los ambiciosos planes fiscales de Bruselas en papel mojado. Abaratar la luz mediante impuestos tiene sentido si las renovables pueden llegar al consumidor. De lo contrario, el descuento fiscal enmascara una incapacidad técnica que seguirá empujando a la industria hacia el gas por pura fiabilidad.
El plan de la Comisión incluye medidas para agilizar las inversiones en redes, pero las cifras de la AIE muestran que el déficit es acumulativo: cada año que se pierde, otros 85 GW se suman a la cola. El riesgo es que la reforma fiscal llegue tarde a una red que ya debería haber sido modernizada.
La electrificación europea se juega en dos frentes simultáneos. El primero, político: convencer a los Estados de renunciar a ingresos fiscales que sostienen sus presupuestos. El segundo, técnico: desbloquear 600 GW de energía limpia que ya existen. Sin resolver el segundo, el primero se convierte en un brindis al sol que Fatih Birol ya ha dejado claro que la UE no se puede permitir.




