El periodista y escritor Lorenzo Ramírez traza un mapa de las estructuras de poder globales, desde los lobbis financieros hasta la fusión entre el complejo militar y la industria tecnológica. Su tesis central es que la democracia no está en crisis, está siendo sustituida.
«En las últimas horas hemos visto cómo cuatro directivos de empresas de inteligencia artificial han sido nombrados tenientes coroneles dentro del Pentágono», advierte Ramírez. Para él, esa noticia no es una simple anécdota, sino la confirmación de un proceso que lleva décadas en marcha.
Inteligencia artificial: Cuando la tecnología se convierte en poder militar

La fusión entre el sector privado de la inteligencia artificial y el aparato de defensa de Estados Unidos es, según Ramírez, el capítulo más reciente de una historia más larga. El complejo militar industrial que describía Eisenhower en su discurso de despedida ha mutado. Ya no es solo acero y contratos de armamento: ahora incluye algoritmos, modelos de lenguaje y sistemas de selección de objetivos.
La revista Time documentó el papel de Palantir en los conflictos de Gaza, Ucrania e Irán. Ramírez lo usa como ejemplo de una tendencia que considera irreversible a corto plazo: las guerras del siglo XXI las decide en buena medida quien controla la inteligencia artificial, no quien tiene más tanques. En ese tablero, China lleva ventaja estratégica sobre Rusia precisamente en ese campo, mientras Estados Unidos acelera la integración entre sus corporaciones tecnológicas y sus estructuras de mando militar.
El problema, sostiene el periodista, es que ese proceso ocurre fuera de cualquier control democrático. Cuando un directivo de una empresa de inteligencia artificial recibe un nombramiento castrense, la cadena de rendición de cuentas se vuelve opaca. No responde a un parlamento ni a un electorado. Responde a una junta directiva y a unos accionistas.
«Se trata de considerar que el otro no es humano para poder eliminarlo y luego crear una nueva humanidad«, afirma Ramírez al hablar de las herramientas de inteligencia artificial que ya operan en zonas de conflicto seleccionando objetivos en función de perfiles sociales. La tecnología, en ese contexto, no es neutral: codifica decisiones que antes requerían una orden firmada.
El enemigo permanente como método de gobierno
Ramírez encuadra todo esto en una lógica más antigua: la necesidad de mantener a la población en estado de alerta continua. Sadam Hussein fue aliado hasta que dejó de serlo. Gadafi también. El islamismo radical fue financiado como contrapeso al comunismo soviético y luego presentado como la amenaza civilizatoria de Occidente. El patrón se repite porque es funcional: un enemigo exterior justifica decisiones que en tiempos de paz resultarían inaceptables.
En ese esquema, la inteligencia artificial cumple un papel doble. Como herramienta militar, permite operaciones que los estados no podrían asumir políticamente de forma abierta. Como herramienta de vigilancia y control social, ofrece capacidades que ningún régimen anterior tuvo a su alcance. Ramírez no plantea que exista una conspiración coordinada desde una sala de reuniones: lo que describe es algo más difuso y por eso más difícil de combatir. Son estructuras de interés que convergen cuando comparten objetivos y compiten cuando divergen.
El periodista cita las memorias de Rockefeller, donde el propio magnate admite sin ambages que los han acusado de querer gobernar el mundo y que se declara culpable de ello. No como prueba de omnipotencia, sino como ilustración de una mentalidad. Las corporaciones que hoy desarrollan inteligencia artificial operan con una lógica similar: no aspiran únicamente a ganar dinero, y eso, dice Ramírez, es lo que las hace genuinamente peligrosas.
«Se quiere destruir el núcleo familiar porque el núcleo familiar es lo que te defiende de las estructuras de poder», señala en un pasaje del libro dedicado al control social. La tesis puede sonar excesiva fuera de contexto, pero Ramírez la apoya en algo concreto: en situaciones de emergencia, real o fabricada, lo primero que se busca es aislar al individuo. Ocurrió durante la pandemia. Ocurre en los conflictos bélicos. Y ocurre, sostiene, en el diseño de plataformas digitales que sustituyen el vínculo social por interacción mediada por algoritmos de inteligencia artificial.
China, concluye, observa ese proceso sin intervenir porque no necesita hacerlo. Cada error occidental se traduce en una oportunidad para Pekín.





