Todos, sin importar el estrato social al que pertenezcamos, vivimos en la era de la prisa y del estímulo constante de la droga digital. En nuestra sociedad hiperconectada, donde los contenidos se reproducen a velocidad aumentada para ahorrar un tiempo que luego no se sabe en qué emplear, la mente humana experimenta un cambio de paradigma sin precedentes.
La velocidad se ha convertido en la norma y el silencio en una anomalía difícil de sobrellevar. Como advierte la reconocida psiquiatra y escritora Marian Rojas Estapé, “cuando le metes la aceleración a la vida, ya no frenas, ya no reflexionas y te pierdes los detalles”.
¿Nueva droga? La pantalla como nueva vía de consumo

Rojas Estapé no habla de TikTok ni de la pornografía en línea como simples distracciones modernas. Los trata como lo que, a su juicio, son: sustancias adictivas con un canal de entrega diferente. «Históricamente las drogas las hemos ingerido por la boca, la nariz y las venas; ahora la droga entra por los ojos», afirma, y la frase no es retórica. Está anclada en neurociencia.
El mecanismo que describe parte de la dopamina, el neurotransmisor del placer y la supervivencia. Durante milenios, el cerebro lo liberó ante dos estímulos básicos: la alimentación y el sexo, ambos imprescindibles para continuar la especie. El problema, explica la psiquiatra, llegó cuando la industria tecnológica —y antes la farmacéutica del ocio— aprendió a hackear ese sistema con una precisión milimétrica.
Las apps de contenido breve, los videojuegos de recompensa variable y el porno en streaming producen picos de dopamina comparables a los de ciertas drogas, con una ventaja competitiva letal: están disponibles las veinticuatro horas, caben en el bolsillo y son gratuitos. El cerebro, incapaz de distinguir la amenaza real de la imaginaria, tampoco distingue entre un placer que nutre y uno que destruye. Solo registra el pico y pide repetición.
Ante ese exceso, el organismo se protege: esconde receptores, reduce la producción propia de dopamina y exige dosis cada vez mayores para lograr el mismo efecto. Es la tolerancia. Y cuando la droga —sea química o digital— no llega, aparece su reverso inevitable: el dolor, la ansiedad, la incapacidad de soportar el aburrimiento o la espera. «La sociedad adicta al placer y a la dopamina es una sociedad que cada vez gestiona peor el dolor», resume Rojas Estapé.
El vacío que se llena con sensaciones
La psiquiatra traza una línea directa entre la incapacidad de tolerar el malestar y la pérdida de sentido vital. Cuando la vida no tiene un propósito claro, la mente no se queda en blanco: lo sustituye con estímulos. Alcohol, comida compulsiva, redes sociales, pornografía, videojuegos. No porque sean placeres en sí mismos, sino porque tapan un hueco que debería llenarse con otra cosa.
Ese vacío, señala, no distingue edad ni nivel educativo. Lo vio en las niñas que rescató de redes de prostitución en Camboya —de donde trajo además la técnica EMDR que usa hoy en consulta—, lo ve en directivos con síndrome de burnout y lo ve en adolescentes incapaces de aguardar dos minutos en la cola del supermercado. El punto de partida siempre es el mismo: un cerebro sobreestimulado que ha perdido la habilidad de estar quieto.
«Cuando tu vida no tiene sentido, tu mente no es capaz de vivir en el vacío y lo sustituye por sensaciones», explica Marian. La solución que propone no es tecnofóbica ni moralista. Pasa por entender el mecanismo —porque, insiste, quien no comprende no cambia— y por introducir pequeñas interrupciones conscientes: quince minutos diarios sin móvil, gratitud, movimiento físico, alimentación antiinflamatoria. Ajustes modestos que, acumulados, reorganizan las carreteras dopaminérgicas.
Sin embargo, más allá de las recomendaciones y los consejos, sobre TikTok es tajante al afirmar que lo regularía con fuerza y lo prohibiría a menores de doce años. No por moralismo, sino porque un cerebro infantil en pleno desarrollo neurológico no tiene todavía las herramientas para gestionar una droga de esa potencia. Y en esto, la metáfora deja de ser metáfora: los mecanismos de dependencia son los mismos, solo cambia el nombre del producto.






