La frontera entre la bondad y la fragilidad suele ser más difusa de lo que aparenta. En una sociedad que premia la complacencia, el filósofo Jorge Muñoz Parral advierte sobre el peligro de habitar bajo una máscara de falsa virtud que, en realidad, esconde profundas inseguridades. Según el especialista, muchas personas confunden el ser «buena persona» con la incapacidad de confrontar la realidad por temor al rechazo o al conflicto.
“El miedo te acerca aquello que tanto miedo tienes”, explica Muñoz Parral, quien propone una ruptura radical con los patrones de pensamiento que nos mantienen cautivos. Para el filósofo, la clave no reside en evitar la confrontación, sino en entender que la mayoría de nuestras angustias son proyecciones mentales sin sustento fáctico.
El miedo como mecanismo de atracción inversa

Muñoz Parral no habla del miedo como un obstáculo que hay que rodear. Lo describe como un imán que atrae exactamente aquello que se teme. «El miedo te acerca aquello que tanto miedo tienes», afirma. Quien más teme quedarse sin dinero vive pendiente de esa posibilidad y, al hacerlo, orienta toda su energía hacia ella. Quien teme la soledad la proyecta en cada interacción. El miedo, dice, es un gran manifestador, solo que en la dirección equivocada.
Lo primero que propone para romper ese ciclo es mirarlo de frente. La técnica que describe es deliberadamente sencilla: nombrar el miedo en voz alta, decirle que se le ve, no huir de él. El miedo se alimenta de la evasión. Cuando se le confronta, pierde buena parte de su fuerza. Y hay un dato que Muñoz Parral cita con frecuencia para respaldar esa intuición: estudios realizados en Estados Unidos han mostrado que el 90% de los escenarios que las personas temen nunca llegan a producirse. La mente exagera, siempre. Las cosas nunca son tan graves como parecen antes de que ocurran.
El antídoto, según él, no es el valor entendido como ausencia de miedo sino la pasión. Cuando alguien está profundamente comprometido con algo, el miedo retrocede. No desaparece de golpe pero deja de dictar el comportamiento. La historia de Moisés frente a la zarza ardiente le sirve para ilustrarlo: ese fuego que no se consume es el símbolo de un deseo que viene del alma, no del ego. Se reconoce, dice, porque hace olvidar el hambre y el sueño. «Solo puedes ser exitoso en lo que realmente te apasiona», sostiene, y lo respalda con su propia trayectoria: diez años trabajando en cocina sin que eso le perteneciera, hasta que encontró el camino que sí le ardía por dentro.
Crear desde la abundancia, no desde la carencia
La segunda parte del pensamiento de Muñoz Parral toca un nudo que reconoce en casi todas las personas con las que trabaja: pedir desde la necesidad. Rezar, desear o buscar desde la urgencia de que algo falte produce, según él, el efecto contrario al buscado. El alma no vibra en necesidad. Los mundos superiores, en su lenguaje cabalístico, no responden a la carencia sino a la afinidad.
La frase que repite como principio organizador de todo lo demás es esta: «Cuando no deseas nada, lo atraes todo». No se trata de indiferencia ni de resignación. Se trata de actuar desde la suficiencia, de saber que si algo no llega no es el fin, de no convertir el deseo en dependencia. Las personas que proyectan necesidad, explica, alejan lo que buscan porque la necesidad misma comunica falta de valor. Las que actúan desde la seguridad de quiénes son generan otro tipo de magnetismo.
El proceso que propone para manifestar lo que se quiere tiene cuatro pasos que toma de la tradición cabalística: visualización, refinamiento del deseo, trabajo emocional y acción. El primero es enamorarse del potencial de lo que se quiere lograr, sin limitaciones. El segundo es preguntarse en qué hay que convertirse para merecerlo. El tercero es el más difícil: desactivar el miedo, las heridas y los bloqueos que sabotean desde dentro. Y el cuarto es actuar, porque en la tradición bíblica que Muñoz Parral estudia no hay personajes contemplativos. Todos trabajan, todos se mueven, todos crean.





