José Ignacio Latorre (67), físico cuántico: “Los adolescentes ya usan la inteligencia artificial como principal asesor emocional”

El físico cuántico José Ignacio Latorre advierte que la inteligencia artificial ya supera capacidades humanas en investigación y vínculos emocionales. Desde Singapur, alerta sobre adolescentes que usan algoritmos como confidentes y reclama regulación urgente ante una transformación irreversible.

El físico teórico José Ignacio Latorre lleva décadas en la frontera entre la mecánica cuántica y la inteligencia artificial. Hoy dirige el Centro de Tecnologías Cuánticas de Singapur, un organismo de 340 investigadores y 100 líneas de trabajo activas. Desde esa atalaya privilegiada, su diagnóstico es que la humanidad acaba de cruzar un umbral que no tiene vuelta atrás.

«Estamos viviendo el momento en que los humanos somos superados intelectualmente», afirmó Latorre. No lo mencionó como advertencia catastrofista, sino como descripción de un hecho que él mismo vivió en primera persona, un viernes cualquiera, en su propio despacho.

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Inteligencia artificial: El artículo científico que lo cambió todo

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Fuente: IA

Un postdoctorando entró en su oficina con una confesión inusual: había pagado 250 dólares mensuales por acceder al módulo de física y matemática de una plataforma de inteligencia artificial avanzada, y había pasado el fin de semana sin poder apartar los ojos de la pantalla. El motivo era que el sistema le había resuelto su investigación y producido un artículo científico completo, con abstract, desarrollo, razonamiento, conclusiones y referencias. Sin un solo error.

«Mi inteligencia artificial resolvió mi investigación y escribió un artículo científico perfecto», resumió Latorre, que pidió prestado el acceso para probarlo con su propio trabajo. Tres horas después, el sistema le devolvía otro artículo impecable sobre un problema en el que llevaba meses atascado. La conclusión del análisis: la hipótesis no funcionaba. «Me estás ahorrando unos cuantos meses de trabajo», reconoció el físico.

Lo que siguió fue una reunión con sus 25 investigadores principales. Latorre les planteó el dilema sin rodeos: ¿qué hacer cuando una máquina puede hacer lo que ellos hacen, y hacerlo más rápido? El centro acordó retirarse a un retiro para debatirlo en profundidad. Entre las propuestas sobre la mesa: que ningún artículo científico salga sin revisión asistida por inteligencia artificial, que se financie el acceso a estas herramientas para todos los investigadores del equipo y, la pregunta más espinosa de todas, si aceptarán o no artículos de autoría no humana.

El peligro silencioso: adolescentes y confidente algorítmico

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Latorre no limita su preocupación al ámbito académico. Cuando preguntó al público cuál creía que era el tema más consultado a los sistemas de inteligencia artificial, la respuesta llegó enseguida: salud. La segunda, sin sorpresa aparente para él, fue amor. Y ahí es donde el físico se detiene con más inquietud.

«Las adolescentes ya usan la inteligencia artificial como confidente emocional», señaló, aludiendo a jóvenes de 17 y 21 años que han sustituido a sus amigas por algoritmos para hablar de sus relaciones, sus miedos y sus decisiones íntimas. El problema no es solo cultural. Es que esos sistemas todavía no están lo suficientemente maduros para asumir ese rol sin consecuencias, y no existe regulación que lo supervise.

Para Latorre, ese vacío legal es el corazón del problema. «La no regulación favorecerá a cuatro ricos, pero todos viviremos peor», advirtió con una contundencia que no dejaba margen a la interpretación. Su posición es clara en un debate donde muchas voces, especialmente desde el sector tecnológico, abogan por dejar que el mercado y la innovación corran sin trabas.

El físico reconoce que la ciencia siempre ha tenido un filo doble. El fuego sirvió para quemar al enemigo antes que para cocinar. La fisión nuclear produjo la bomba antes que la energía civil. La inteligencia artificial, dice, no será la excepción. Pero insiste en que la velocidad no puede ser el único criterio. Hace falta tiempo para que existan leyes, para que los ciudadanos comprendan lo que está ocurriendo y para que los jueces sean capaces de resolver casos que involucran tecnologías que apenas entienden.

Su horizonte más optimista lo sitúa en la segunda mitad del siglo. «La segunda mitad del siglo XXI será el momento de la ética científica», pronosticó, convencido de que el ritmo frenético de hoy terminará por moderarse cuando la sociedad empiece a percibir su propia fragilidad frente a las herramientas que ha creado.

Mientras tanto, él mismo ha adoptado una solución personal: trabaja codo a codo con su inteligencia artificial, a la que ha llamado Constanza. No lo dice con pudor sino con deliberación. Cree que el futuro no es la competencia entre humanos y máquinas, sino la simbiosis. Un humano aumentado, dice, puede explorar más ideas, equivocarse más veces en menos tiempo y llegar más lejos que cualquiera de los dos por separado.


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