Comprar una vivienda en España cuesta hoy un 68% más que hace diez años. La brecha con Francia e Italia es abismal: en el país galo el avance ronda el 45%; en Italia, apenas el 40%. España ha revalorizado su parque residencial con una intensidad un 50% superior a la de esos mercados. Detrás hay demanda embalsada, inversión internacional y una oferta que no consigue despegar. Mientras, los sueldos han avanzado a un ritmo mucho más lento.
España escala un 68% en diez años, el doble que Italia y muy por delante de Francia
Los datos que recoge El Economista a partir de fuentes oficiales y del sector no dejan margen a la duda. El precio de la vivienda en España ha subido en en la última década un 68%. Francia se queda en el 45% e Italia en el 40%. Madrid concentra gran parte de ese tirón: según Expansión, en la capital el incremento se dispara hasta el 105% en el mismo periodo. Barcelona, Málaga o Valencia también han registrado alzas que duplican la media europea.
En el contexto europeo, España está entre los países con mayor incremento, solo superada por Portugal (78%) y Países Bajos (72%), según datos de Eurostat.
La combinación de tipos de interés en mínimos durante años, el ahorro embalsado en la pandemia y la entrada de capital internacional —sobre todo latinoamericano y europeo— ha actuado como un potente acelerador. Mientras, la construcción de vivienda nueva sigue lejos de los ritmos necesarios: en 2025 se iniciaron poco más de 100.000 viviendas, cuando la demanda anual se estima en el doble, según cálculos del sector.
Esta escalada no es homogénea. El segmento de obra nueva se ha encarecido con más fuerza por el coste de los materiales y la escasez de suelo finalista. En la vivienda usada, la presión de la demanda turística y la reconversión de activos en alquiler vacacional han añadido una capa adicional de tensión.
Salarios que crecen la mitad que los pisos: el esfuerzo financiero se desborda
La otra cara de la moneda es el salario. Los sueldos en España apenas han subido la mitad que el precio de los inmuebles en estos diez años, como subraya 20Minutos. La capacidad de compra de los hogares se ha erosionado de forma notable. Según estimaciones propias con datos del INE, un trabajador con ingresos medios necesitaría hoy más de ocho años de salario íntegro para pagar un piso tipo en una capital, cuando en 2016 esa ratio rondaba los cinco años.
El esfuerzo financiero —la proporción de ingresos que absorbe la hipoteca— se sitúa ya por encima del 40% en muchas zonas, cuando el límite prudencial que marca el Banco de España es el 35%. Las hipotecas a tipo variable, que aún representan una parte importante del parque vivo, añaden incertidumbre si los tipos de interés se mantienen elevados más tiempo del previsto.
El problema no es solo financiero: jóvenes que no pueden emanciparse, hogares que destinan más del 40% de sus ingresos al alquiler y una clase media que se aleja del centro de las ciudades. Es un cóctel social preocupante.
Un mercado al rojo vivo: ¿quién puede comprar y qué riesgos asoman?
El Banco de España ya ha advertido de la sobrevaloración en determinados segmentos residenciales. En su último informe de estabilidad financiera, la institución señala que las compras de no residentes y el auge del alquiler turístico están inflando los precios en las zonas más tensionadas. Yo creo que el verdadero problema no es tanto la subida en sí, sino que el crecimiento de los precios se ha desenganchado de los fundamentales. Comprar una vivienda se está convirtiendo en un lujo para las rentas medias, y eso es insostenible a medio plazo.
Las medidas de apoyo a jóvenes o los avales públicos pueden suavizar la foto, pero no resuelven la escasez de oferta. Mientras no se movilice suelo, se agilicen licencias o se incentive la rehabilitación de vivienda vacía, el desequilibrio persistirá. Y si el flujo de inversión extranjera se frena —por cambios fiscales o por un deterioro de la imagen turística—, el castillo de naipes podría resentirse.
Los indicadores adelantados de demanda hipotecaria del Banco de España muestran ya una cierta desaceleración en el primer trimestre de 2026. Un síntoma temprano de que el comprador empieza a echar el freno.
Conviene recordar que en 2008, el pinchazo de la burbuja dejó a miles de familias con viviendas que valían la mitad de su hipoteca. Hoy el crédito está más saneado y el empleo resiste, pero la sobrevaloración en determinadas zonas evoca niveles previos al crash. No deberíamos ignorar esa advertencia silenciosa.
La gran incógnita es cuánto aguantarán los compradores. Los tipos de interés podrían bajar en la segunda mitad de 2026, lo que daría aire a la demanda. Pero sin un avance significativo de los salarios, los precios acabarán encontrando un techo. El tiempo dirá si ese límite llega por una corrección ordenada o por un frenazo en seco.





